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Lección 5: Del orgullo a la humildad | Daniel

Lección de Escuela Sabática de Adultos 1er Trimestre 2020, Escuela Sabática Adultos 1er Trimestre 2020, Lección 1er Trimestre 2020,
Lección 5: Para el 1º de febrero de 2020

DEL ORGULLO A LA HUMILDAD


Escuela Sabática Adultos 1er trimestre 2020 Daniel

Sábado 25 de enero

LEE PARA EL ESTUDIO DE ESTA SEMANA: Daniel 4:1–33; Proverbios 14:31; 2 Reyes 20:2–5; Jonás 3:10; Daniel 4:34–37; Filipenses 2:1–11.

PARA MEMORIZAR:
“¡Cuán grandes son sus señales, y cuán potentes sus maravillas! Su reino, reino sempiterno, y su señorío de generación en generación” (Dan. 4:3).



Se ha dado en llamar al orgullo el verdadero pecado original. Primero se manifiesta en Lucifer, un ángel en los atrios celestiales. Así dice Dios por medio de Ezequiel: “Se enalteció tu corazón a causa de tu hermosura, corrompiste tu sabiduría a causa de tu esplendor; yo te arrojaré por tierra; delante de los reyes te pondré para que miren en ti” (Eze. 28:17).
El orgullo condujo a la caída de Lucifer, por lo que ahora lo usa para guiar a innumerables personas por el camino de la destrucción. Todos somos seres humanos caídos, que dependemos de Dios para nuestra propia existencia. Todos los dones que tenemos, cualquier cosa que logremos con esos dones, vienen solo de Dios. Por lo tanto, ¿cómo nos atrevemos a ser orgullosos, jactanciosos o arrogantes? La humildad debe dominar todo lo que hacemos.
A Nabucodonosor le llevó mucho tiempo comprender la importancia de la humildad. Incluso la aparición del cuarto hombre en el horno de fuego (ver lección Nº 4) no cambia el curso de su vida. Solo después de que Dios le quita su reino y lo envía a vivir con las bestias del campo, el rey reconoce su verdadero estado.

Notas EGW
Sábado

Cuan pocos tienen en cuenta que el tentador fue una vez un querubín protector, un ser a quien Dios creó para la gloria de su propio nombre. Satanás cayó de su elevada posición por causa de su ensalzamiento egoísta; abusó de la magnífica capacidad con que Dios lo dotó tan ricamente. Cayó por la misma razón por la que miles están cayendo hoy día: debido a la ambición de ser primeros y a la renuencia a estar bajo restricciones. El Señor quiere enseñar al hombre la lección de que aunque esté legalmente unido a la iglesia no está salvado hasta que el sello de Dios sea colocado sobre el…

El Señor tiene una obra para que todos la hagamos; y si la verdad no está arraigada en el corazón, si los rasgos naturales de carácter no son transformados por el Espíritu Santo, nunca podremos ser colaboradores con Jesucristo. Él yo aparecerá constantemente y el carácter de Cristo no se manifestará en nuestras vidas (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 7, p. 980).

Hablando de Satanás, el Señor declara que no había verdad en él. Una vez fue hermoso, resplandeciente de luz; pero la Palabra de Dios declara de él: “Se enalteció tu corazón a causa de tu hermosura”. Satanás instigo a otros a rebelarse, y después de que fueron expulsados del cielo los reunió en una alianza para hacer todo el mal posible al hombre, como el único medio de herir a Dios. Ya excluido del cielo, resolvió vengarse haciendo daño a la hechura de Dios…

El propósito de Satanás ha sido reproducir su propio carácter en los seres humanos. Tan pronto como fue creado el hombre, Satanás resolvió borrar de él la imagen de Dios y colocar su sello donde debiera estar el de Dios. Y ha tenido éxito en instilar en el corazón del hombre el espíritu de envidia, de odio, de ambición. En este mundo ha establecido un reino de oscuridad, del cual él es príncipe, el caudillo de los delitos. Deseaba usurpar el trono de Dios. Como ha fracasado en esto, ha actuado a oscuras en la ilegalidad, en engaño, para usurpar un lugar en los corazones de los hombres. Ha establecido su trono entre Dios y el hombre para apropiarse de la adoración que solo pertenece a Dios (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 6, p. 1119).

La obra de refinamiento y purificación que Dios ejecuta debe proseguir hasta que sus siervos estén tan humillados, tan muertos al yo que, cuando sean llamados al servicio activo, sean sinceros en buscar la gloria de Dios. Entonces él aceptará sus esfuerzos; no obrarán impetuosamente, por impulso; no se apresurarán y pondrán en peligro la causa del Señor, siendo esclavos de tentaciones y pasiones, ni seguirán sus propios ánimos carnales encendidos por Satanás. ¡Oh, cuán terriblemente mancillada queda la causa de Dios por la perversa voluntad del hombre y su genio insumiso! ¡Cuánto sufrimiento trae él sobre sí al seguir sus propias y temerarias pasiones! Dios arroja vez tras vez a los hombres al suelo, y aumenta la presión hasta que la perfecta humildad y una transformación de carácter los pongan en armonía con Cristo y el espíritu del cielo y sean vencedores de sí mismos (Testimonios para la iglesia, t. 4, pp. 89, 90).



Domingo 26 de enero

“¿NO ES ESTA LA GRAN BABILONIA?”

Lee Daniel 4:1 al 33. ¿Qué le sucede al rey y por qué?



Dios le da a Nabucodonosor un segundo sueño. Esta vez, no olvida el sueño. Pero, debido a que los expertos de Babilonia vuelven a fracasar, el rey convoca a Daniel para que le dé la interpretación. En el sueño, el rey ve un gran árbol que se eleva hasta el cielo y un ser celestial que ordena que se corte el árbol. Solo el tocón y las raíces quedarían en la tierra, y se mojarían con el rocío del cielo. Pero, lo que debió haber preocupado a Nabucodonosor fue la parte del sueño en el que el Ser celestial dijo: “Su corazón de hombre sea cambiado, y le sea dado corazón de bestia, y pasen sobre él siete tiempos” (Dan. 4:16). Al reconocer la seriedad del sueño, Daniel expresa cortésmente el deseo de que el sueño se refiera a los enemigos del rey. Sin embargo, fiel al mensaje transmitido por el sueño, Daniel dice que, de hecho, el sueño se refiere al rey mismo.
Los árboles se usan comúnmente en la Biblia como símbolos de reyes, naciones e imperios (Eze. 17; 31; Ose. 14; Zac. 11:1, 2; Luc. 23:31). Entonces, el gran árbol es una representación apropiada de un rey arrogante. Dios le da dominio y poder a Nabucodonosor; sin embargo, persistentemente no es capaz de reconocer que todo lo que posee proviene de Dios.

Concéntrate en Daniel 4:30. ¿Qué dice el rey que muestra que todavía no comprende la advertencia que el Señor le ha dado?



Quizás el peligro del orgullo sea que puede llevarnos a olvidar cuán de-pendientes somos de Dios para todo. Y, una vez que lo olvidamos, estamos en un terreno espiritual peligroso.

■ ¿Qué cosas has logrado en tu vida? ¿Puedes sentirte orgulloso de ellas sin ser engreído? ¿Cómo se logra esto en la práctica?



Notas EGW
Domingo

Nabucodonosor hizo caso omiso del mensaje celestial. Un año después de haber sido advertido, mientras caminaba por su palacio se dijo a sí mismo: “¿No es esta la gran Babilonia que yo edifiqué…?” El Dios del cielo leyó el corazón del rey y escuchó sus murmullos de auto exaltación… “Vino una voz del cielo… El reino ha sido quitado de ti; y de entre los hombres te arrojarán, y con las bestias del campo será tu habitación, y como a los bueyes te apacentarán; y siete tiempos pasarán sobre ti, hasta que reconozcas que el Altísimo tiene el dominio en el reino de los hombres, y lo da a quien él quiere. En la misma hora se cumplió la palabra sobre Nabucodonosor” (Conflicto y valor, p. 253).

No existen cargos que sean tan elevados que Dios no pueda separar de ellos a quienes los ocupan. No existe una humillación tan grande de la cual Dios no pueda elevar a hombres humildes para que disfruten de las bendiciones más abundantes. El Señor obra para humillar el orgullo humano en cualquier persona que lo ostente, para que aprenda a desarrollar un espíritu de verdadera sumisión a su voluntad. No puede trabajar con hombres que contrarrestan sus propósitos. Los que usan sus capacidades perceptivas para crear un orden de cosas que pone de lado los propósitos de Dios, perderán sus facultades, las cuales si se ejercieran debidamente se habrían aumentado y fortalecido. Dios honra a los que lo buscan sinceramente, humillando el yo y exaltándolo a él. Pero cuando no consienten en tomar en cuenta el consejo de Dios, su sabiduría les es quitada. Pierden la capacidad de conocer a Dios y a Jesucristo a quien él envió (El ministerio de publicaciones, p. 149).

La fortaleza de las naciones y los individuos no se funda en las oportunidades ni los elementos que parecen hacerlos invencibles; no se la halla tampoco en su pregonada grandeza; lo único que puede hacerlas grandes o fuertes es el poder y el propósito de Dios. Ellas mismas, mediante su actitud hacia su propósito, deciden su propio destino.

La historia humana relata los logros del hombre, sus victorias en la guerra, su éxito en su propósito de escalar las alturas de la grandeza mundanal. La historia, tal como Dios la ve, presenta al hombre desde el punto de vista del cielo. En los registros divinos todo su mérito consiste en obedecer los requerimientos de Dios. Se anota su desobediencia con toda fidelidad, como merecedora del castigo que seguramente recibirá. A la luz de la eternidad se revelará que Dios trata a los hombres de acuerdo con la cuestión importantísima de la obediencia o la desobediencia (This Day With God, p. 352; parcialmente en Cada día con Dios, p. 350).

Al borracho se le desprecia y se le dice que su pecado le excluirá del cielo, mientras que demasiado a menudo el orgullo, el egoísmo y la codicia no son reprendidos. Sin embargo, son pecados que ofenden en forma especial a Dios, porque contrarían la benevolencia de su carácter, ese amor abnegado que es la misma atmósfera del universo que no ha caído. El que comete alguno de los pecados más groseros puede avergonzarse y sentir su pobreza y necesidad de la gracia de Cristo; pero el orgulloso no siente necesidad alguna y así cierra su corazón a Cristo y se priva de las infinitas bendiciones que él vino a derramar (El camino a Cristo, p. 30).



Lunes 27 de enero

LA ADVERTENCIA DEL PROFETA

Lee Daniel 4:27. Además de advertirle sobre lo que sucederá, ¿qué le dice Daniel al rey que haga y por qué? (Ver además Prov. 14:31.)



Daniel no solo interpreta el sueño, sino además le indica a Nabucodo-nosor una manera de salir de su situación: “Por tanto, oh rey, acepta mi consejo: tus pecados redime con justicia, y tus iniquidades haciendo mise-ricordias para con los oprimidos, pues tal vez será eso una prolongación de tu tranquilidad” (Dan. 4:27).
Nabucodonosor realiza una obra descomunal de edificación en Babilonia. Los jardines, un sistema de canales y cientos de templos y otros proyectos de construcción convierten a la ciudad en una de las maravillas del mundo antiguo. Pero ese esplendor y belleza, al menos en parte, se logra mediante la explotación de la mano de obra esclava y la desatención de los pobres. Además, la riqueza del imperio se utiliza para gratificar los placeres del rey y su entorno. Por lo tanto, el orgullo de Nabucodonosor no solo le impide reconocer a Dios, sino además, como consecuencia, lo hace ajeno a las difi-cultades de los necesitados. Dado el cuidado especial que Dios muestra por los pobres, no es de extrañar que, de los otros posibles pecados que Daniel podría haber resaltado ante el rey, señale el pecado de descuidar a los pobres.
El mensaje para Nabucodonosor no es nuevo en absoluto. Los profetas del Antiguo Testamento a menudo advierten al pueblo de Dios contra la opresión de los pobres. De hecho, entre los pecados que provocan el exilio del rey, se destaca el abandono de los necesitados. Después de todo, la com-pasión por los pobres es la máxima expresión de la caridad cristiana; a la inversa, la explotación y el abandono de los pobres constituye un ataque a Dios mismo. Al cuidar de los necesitados, reconocemos que Dios es dueño de todo; lo que significa que no somos dueños, sino simplemente adminis-tradores de los bienes de Dios.
Al servir a otros con nuestras posesiones, honramos a Dios y recono-cemos su señorío. Es la pertenencia de Dios la que en última instancia debe determinar el valor y la función de las posesiones materiales. Aquí es donde falla Nabucodonosor, y nosotros también nos arriesgamos a fallar, a menos que reconozcamos la soberanía de Dios sobre nuestros logros y manifes-temos nuestro reconocimiento de esta realidad ayudando a los necesitados.



Notas EGW
Lunes

El último sueño que Dios dio a Nabucodonosor y la experiencia del rey en relación con el mismo contienen lecciones de importancia vital para todos aquellos que están relacionados con la obra de Dios. El rey estaba preocupado por su sueño, porque evidentemente era una predicción de adversidad y ninguno de sus sabios podía intentar interpretarlo. El fiel Daniel permaneció delante del rey, no para adular ni para dar una interpretación errónea a fin de asegurarse el favor real. Sobre él descansaba el solemne deber de decir la verdad al rey de Babilonia (Conflicto y valor, p. 253).

El poder ejercido por todo gobernante de la tierra es impartido del Cielo; y del uso que hace de este poder el tal gobernante, depende su éxito. A cada uno de ellos se dirigen estas palabras del Vigía divino: “Yo te ceñiré, aunque tú no me conociste”. Isaías 45:5. Y para cada uno constituyen la lección de la vida las palabras dirigidas a Nabucodonosor: “Redime tus pecados con justicia, y tus iniquidades con misericordias para con los pobres; que tal vez será eso una prolongación de tu tranquilidad”. Daniel 4:27.

Comprender estas cosas, comprender que “la justicia engrandece la nación;” que “con justicia será afirmado el trono” y que este se sustenta “con clemencia”, reconocer el desarrollo de estos principios en la manifestación del poder de aquel que “quita reyes, y pone reyes”, es comprender la filosofía de la historia. Proverbios 14:34; 16:12; 20:28; Daniel 2:21.

Esto se presenta claramente tan solo en la Palabra de Dios. En ella se revela que la fuerza tanto de las naciones como de los individuos no se halla en las oportunidades o los recursos que parecen hacerlos invencibles; no se halla en su jactanciosa grandeza. Se mide por la fidelidad con que cumplen el propósito de Dios (Profetas y reyes, p. 368).

Humilde y misericordioso, tierno y compasivo, andaba haciendo bienes, alimentando al hambriento, levantando a los que estaban postrados, confortando a los tristes. Nadie recurrió a él en procura de ayuda para irse sin alivio. Ni una veta de egoísmo se advierte en el modelo que dejó a sus seguidores. Vivió la vida que deben vivir todos los que creen en él. Su comida y bebida era hacer la voluntad de su Padre. A todos los que acudían a él en procura de ayuda les daba fe, esperanza y vida. Dondequiera que iba llevaba bendiciones.

Los seres humanos caídos y sufrientes despertaban la tierna compasión de nuestro Salvador. Si queréis ser sus seguidores, debéis cultivar las virtudes de la compasión y la simpatía. La indiferencia frente a los pesares humanos debe dar paso a un vivo interés en los sufrimientos ajenos. La viuda y el huérfano, el enfermo y el moribundo siempre necesitarán ayuda. He ahí una oportunidad de proclamar el evangelio, de levantar en alto a Jesús, esperanza y consuelo de todos los hombres. Cuando se haya aliviado el cuerpo enfermo, después de mostrar vivo interés en los afligidos, el corazón se abre, y entonces podéis derramar el bálsamo celestial. Si estáis contemplando a Jesús y de él adquirís ciencia, fortaleza y gracia, podréis impartir su consuelo a los demás, porque el Consolador estará con vosotros (Mi vida hoy, p. 237).



Martes 28 de enero

EL ALTÍSIMO GOBIERNA…

A pesar de que se le dijo que se arrepintiera y buscara el perdón de Dios, el implacable orgullo de Nabucodonosor hace que se ejecute el decreto ce-lestial (Dan. 4:28–33). Mientras el rey se pasea por el palacio y se jacta de lo que ha logrado, sufre una condición mental que fuerza su expulsión del palacio real. Es posible que haya experimentado una patología llamada licantropía clínica, o zoantropía. Esa condición lleva al paciente a actuar como un animal. En los tiempos modernos, esta enfermedad se denomina “disforia de las especies”, la sensación de que el cuerpo de uno es de la especie equivocada y, por lo tanto, el deseo de ser un animal.

Lee 2 Reyes 20:2 al 5; Jonás 3:10; y Jeremías 18:7 y 8. ¿Qué nos dicen estos versículos de la posibilidad que tuvo el rey de evitar el castigo?



Lamentablemente, Nabucodonosor tuvo que aprender por las malas. Cuando estaba investido de poder real, Nabucodonosor no tuvo la capacidad de reflexionar sobre su relación con Dios. Por lo tanto, al privar al rey de la autoridad real y enviarlo a vivir con las bestias del campo, Dios le da la oportunidad de reconocer su total dependencia de él. De hecho, la última lección que Dios quiere enseñarle al rey arrogante es que “el cielo gobierna” (Dan. 4:26). Por cierto, el juicio sobre el rey tiene un propósito aún mayor en el plan de Dios, tal como se expresa claramente en el decreto de los seres celestiales: “Para que conozcan los vivientes que el Altísimo gobierna el reino de los hombres, y que a quien él quiere lo da, y constituye sobre él al más bajo de los hombres” (Dan. 4:17).
En otras palabras, la disciplina aplicada a Nabucodonosor debería ser una lección para todos nosotros también. Debido a que pertenecemos al grupo de “los vivientes”, deberíamos prestar más atención a la lección principal que debemos aprender: que “el Altísimo gobierna el reino de los hombres”.

■ ¿Por qué es vital aprender la importantísima lección de que el Altísimo gobierna? Este conocimiento, por ejemplo, ¿cómo debería impactar en nuestra forma de tratar a aquellos sobre quienes ejercemos poder?



Notas EGW
Martes

El rey [Nabucodonozor] contempló su prosperidad, y a causa de ella se enalteció. No obstante las advertencias de Dios, hizo las mismas cosas que el Señor le había dicho que no hiciera. Contemplando su reino con orgullo, declaró: ¿No es esta la gran Babilonia que yo edifiqué para casa real con la fuerza de mi poder, y para gloria de mi majestad!” Daniel 4:30. En el mismo instante que estas palabras fueron proferidas, la sentencia del tribunal fue pronunciada. El rey perdió el juicio. La razón que él había considerado ser tan perfecta, la sabiduría que él se había jactado de tener, le fueron arrebatadas. La mente, joya que eleva al hombre por encima de las bestias, él ya no pudo retener.

El cetro ya no está en manos de un monarca altivo y poderoso. El gran gobernante es un demente. Es apacentado como buey y come hierba como los bueyes. Acompaña a las bestias del campo. Las sienes que una vez lucieron una corona se encuentran desfiguradas por la ausencia de la razón y el intelecto. Ha salido el mandato: “Derribad el árbol, y cortad sus ramas, quitadle el follaje, y dispersad su fruto”. Daniel 4:14.

Así es como el Señor se ensalza a sí mismo como el Dios verdadero y viviente (Testimonios para la iglesia, t. 8, pp. 138, 139).

Cuando Satanás declaró a Cristo: El reino y la gloria del mundo me son entregados, y a quien quiero los doy, dijo algo que era verdad solamente en parte; y lo dijo con fines de engaño. El dominio que ejercía Satanás era el que había arrebatado a Adán, pero Adán era vicegerente del Creador. El suyo no era un dominio independiente. La tierra es de Dios, y él ha confiado todas las cosas a su Hijo. Adán había de reinar sujeto a Cristo. Cuando Adán entregó su soberanía en las manos de Satanás, Cristo continuó siendo aún el Rey legítimo. Por esto el Señor había dicho al rey Nabucodonosor: “El Altísimo se enseñorea del reino de los hombres, y … a quien él quiere lo da”. Satanás puede ejercer su usurpada autoridad únicamente en la medida en que Dios lo permite (El Deseado de todas las gentes, p. 103).

Al ensalzarse los hombres con altivez, el Señor no los sostiene ni evita su caída. Cuando una iglesia se vuelve orgullosa y jactanciosa, y deja de depender de Dios, no exaltando su poder, seguramente el Señor la abandonará y abatirá. Cuando un pueblo se gloría en las riquezas, el intelecto, el conocimiento, o en cualquier cosa que no sea Cristo, pronto será confundido (Testimonios para la iglesia, t. 8, p. 139).




Miércoles 29 de enero

ALZAR LOS OJOS AL CIELO

Lee Daniel 4:34 al 37. ¿Cómo y por qué las cosas cambian para el rey?.



Dios permite que Nabucodonosor se vea afectado por una enfermedad extraña, pero con el tiempo lo restituye fácilmente a un estado mental sano. Curiosamente, todo cambia cuando, al final de los siete años predichos por el profeta, el rey enfermo alza los ojos al Cielo (Dan. 4:34).
“Durante siete años Nabucodonosor fue el asombro de todos sus súbditos; durante siete años fue humillado ante todo el mundo. Al cabo de ese tiempo, la razón le fue devuelta y, mirando con humildad hacia el Dios del cielo, reconoció en su castigo la intervención de la mano divina. En una proclamación pública confesó su culpa y la gran misericordia de Dios al devolverle la razón” (PR 382).
Sin duda, pueden ocurrir grandes cambios cuando elevamos nuestros ojos al Cielo. Tan pronto como recobró la razón, el rey dio testimonio de que aprendió la lección.
Pero, esta historia no tiene tanto que ver con Nabucodonosor como con la misericordia de Dios. El rey había perdido tres oportunidades ante-riores para aceptar al Dios de Israel como el Señor de su vida. Él dispuso de esas ocasiones al reconocer la sabiduría excepcional de los cuatro jóvenes cautivos de Judea (Dan. 1), cuando Daniel interpreta su sueño (Dan. 2) y cuando los tres hebreos son rescatados del horno de fuego (Dan. 3). Al fin y al cabo, si ese rescate no lo humilla, entonces, ¿qué podría hacerlo? A pesar de la obstinación del gobernante, Dios le da una cuarta oportunidad, final-mente conquista el corazón del rey y lo restituye a su cargo real (Dan. 4). Como ilustra el caso de Nabucodonosor, Dios nos da una oportunidad tras otra para restaurarnos a una relación correcta con él. Como Pablo escribe muchos siglos más tarde, el Señor “quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1 Tim. 2:4). En esta historia vemos un poderoso ejemplo de esa verdad.

■ ¿De qué formas Dios te ha humillado? ¿Qué aprendiste de la experiencia? ¿Qué cam-bios necesitas hacer, quizá, para evitar tener que aprender la lección nuevamente?



Notas EGW
Miércoles

Durante siete años, Nabucodonosor fue el asombro de todos sus súbditos; durante siete años fue humillado delante de todo el mundo. Al cabo de ese tiempo, la razón le fue devuelta, y mirando con humildad hacia el Dios del cielo, reconoció en su castigo la intervención de la mano divina. En una proclamación pública, confesó su culpa, y la gran misericordia de Dios al devolverle la razón. Dijo: “Mas al fin del tiempo yo Nabucodonosor alcé mis ojos al cielo, y mi sentido me fue vuelto; y bendije al Altísimo, y alabé y glorifiqué al que vive para siempre; porque su señorío es sempiterno, y su reino por todas las edades. Y todos los moradores de la tierra por nada son contados: y en el ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra, hace según su voluntad: ni hay quien estorbe su mano, y le diga: ¿Qué haces?

“En el mismo tiempo mi sentido me fue vuelto, y la majestad de mi reino, mi dignidad y mi grandeza volvieron a mí, y mis gobernadores y mis grandes me buscaron; y fui restituido a mi reino, y mayor grandeza me fue añadida” (Profetas y reyes, p. 382).

Lucifer había pecado en el cielo en la luz de la gloria de Dios. A él como a ningún otro ser creado había sido dada una revelación del amor de Dios. Comprendiendo el carácter de Dios y conociendo su bondad, Satanás decidió seguir su propia voluntad egoísta e independiente. Su elección fue final. No había ya nada que Dios pudiese hacer para salvarle. Pero el hombre fue engañado; su mente fue entenebrecida por el sofisma de Satanás. No conocía la altura y la profundidad del amor de Dios. Para él había esperanza en el conocimiento del amor de Dios. Contemplando su carácter, podía ser atraído de vuelta a Dios.

Mediante Jesús, la misericordia de Dios fue manifestada a los hombres; pero la misericordia no pone a un lado la justicia. La ley revela los atributos del carácter de Dios, y no podía cambiarse una jota o una tilde de ella para ponerla al nivel del hombre en su condición caída. Dios no cambió su ley, pero se sacrificó, en Cristo, por la redención del hombre. “Dios estaba en Cristo reconciliando el mundo a sí. 2 Corintios 5:19 (El Deseado de todas las gentes, p. 710).

Acerca de su pueblo, Dios dice: “Serán como piedras de una diadema, relumbrando sobre su tierra. ¡Porque cuán grande es su bondad! ¡y cuán grande es su hermosura!” La exaltación de los redimidos será un testimonio eterno de la misericordia de Dios…

Por medio de la obra redentora de Cristo, el gobierno de Dios queda justificado. El Omnipotente es dado a conocer como el Dios de amor. Las acusaciones de Satanás quedan refutadas y su carácter desenmascarado. La rebelión no podrá nunca volverse a levantar. El pecado no podrá nunca volver a entrar en el universo. A través de las edades eternas, todos estarán seguros contra la apostasía. Por el sacrificio abnegado del amor, los habitantes de la tierra y del cielo quedarán ligados a su Creador con vínculos de unión indisoluble (El Deseado de todas las gentes, pp. 17, 18).



Jueves 30 de enero

HUMILDE Y AGRADECIDO

El rey, arrepentido, declara: “Todos los habitantes de la tierra son considerados como nada” (Dan. 4:35). Teniendo en cuenta el contexto, ¿qué cuestión importante está planteando?



¿Cómo sabemos que Nabucodonosor realmente aceptó al Dios verda-dero? Encontramos un elemento de prueba importante en el hecho de que Nabucodonosor es el autor de Daniel 4. De hecho, la mayor parte de este capítulo parece ser una transcripción de una carta que el rey distribuye a su vasto reino. En esta carta, habla de su orgullo y su locura, y reconoce con humildad la intervención de Dios en su vida. Los antiguos monarcas rara vez escribían algo despectivo sobre sí mismos. Prácticamente todos los documentos reales antiguos que conocemos glorifican al rey. Por lo tanto, un documento como este, en el que el rey admite su orgullo y su comportamiento bestial, apunta a una conversión auténtica. Además, al escribir una carta en la que relata su experiencia y confiesa con humildad la soberanía de Dios, el rey actúa como misionero. Ya no puede guardarse para sí lo que experimentó y aprendió del Dios verdadero. Por consiguiente, lo que hemos visto en esta oración y alabanza del rey (Dan. 4: 34–37) revela la realidad de su experiencia.
El rey ahora tiene un conjunto de valores diferente y puede reconocer las limitaciones del poder humano. En una profunda oración de acción de gracias, el rey exalta el poder del Dios de Daniel y admite que “todos los habitantes de la tierra son considerados como nada” (Dan. 4:35). Es decir, la humanidad no tiene nada en sí misma de qué jactarse. Por lo tanto, esta última mirada de Nabucodonosor en el libro de Daniel muestra a un rey humilde y agradecido, que entona alabanzas a Dios y nos advierte en contra del orgullo.
Por supuesto, Dios sigue cambiando vidas hoy. No importa cuán orgu-llosas o pecaminosas puedan ser las personas, en Dios hay misericordia y poder para convertir a los pecadores rebeldes en hijos del Dios celestial.

Lee Filipenses 2:1 al 11. ¿Qué encontramos aquí que debería erradicar el orgullo de nuestra vida?



Notas EGW
Jueves

El deseo de glorificar a Dios fue el más poderoso de todos los motivos en la vida de Daniel. Comprendía que cuando estaba en la presencia de hombres influyentes, una falla en reconocer a Dios como el origen de su sabiduría lo hubiera convertido en un mayordomo infiel. Y su constante reconocimiento del Dios del cielo delante de reyes, príncipes y estadistas, no disminuyó su influencia en lo más mínimo. El rey Nabucodonosor, delante de quien Daniel honró con tanta frecuencia el nombre de Dios, finalmente se convirtió plenamente, y aprendió a engrandecer y glorificar “al Rey del cielo”…

El rey que ocupaba el trono de Babilonia se convirtió en un testigo de Dios que dio un testimonio cálido y elocuente, brotaba de un corazón agradecido que estaba participando de la misericordia y la gracia, de la justicia y la paz, de la naturaleza divina (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 4, pp. 1191, 1192).

Todos debemos sentir nuestra responsabilidad individual como miembros de la iglesia visible y trabajadores en la viña del Señor. No debemos esperar que nuestros hermanos, que son tan frágiles como nosotros, nos ayuden; porque nuestro precioso Salvador nos ha invitado a unirnos a él y a unir nuestra debilidad con su fortaleza, nuestra ignorancia con su sabiduría, nuestra indignidad con su mérito. Ninguno de nosotros puede tener una posición neutral; nuestra influencia se ejercerá en pro o en contra de Jesús. Somos agentes activos de Cristo, o del enemigo. O recogemos con Jesús, o dispersamos. La verdadera conversión es un cambio radical. La misma tendencia de la mente y la inclinación del corazón serán desviadas, y la vida llegará a ser nueva en Cristo (Testimonios para la iglesia, t. 4, pp. 20, 21).

Aquellos en quienes se produce una verdadera conversión manifestarán los frutos del Espíritu en su vida. Pluguiese a Dios que aquellos que tienen tan poca vida espiritual comprendieran que la vida eterna no puede otorgarse sino a quienes han llegado a ser participantes de la naturaleza divina, y han huido de la corrupción que reina en el mundo por la concupiscencia.

Solo el poder de Cristo puede obrar, en el corazón y la mente, la transformación que deben experimentar todos los que quieran participar con él de la nueva vida, en el reino de los cielos. “El que no naciere otra vez —dice el Salvador—, no puede ver el reino de Dios”. Juan 3:3. La religión proveniente de Dios es la única que nos puede conducir a él. Para servirle convenientemente, es necesario haber nacido del Espíritu divino. Entonces seremos inducidos a velar. Nuestros corazones serán purificados, nuestras mentes renovadas, y recibiremos nuevas aptitudes para conocer y amar a Dios. Obedeceremos espontáneamente a todos sus requerimientos. En eso consiste el culto verdadero (Testimonios para la iglesia, t. 9, p. 125).

El pueblo de Dios debe adquirir una experiencia más profunda y más vasta en las cosas religiosas. Jesús es nuestro ejemplo. Si, mediante una fe viva y una santificada obediencia a la Palabra de Dios, manifestamos el amor y la gracia de Cristo, si mostramos que tenemos un concepto correcto de las dispensaciones providenciales por cuyo medio Dios dirige su obra, manifestaremos al mundo un poder convincente. No es un puesto destacado lo que nos da valor a los ojos de Dios. El hombre se mide por su consagración y fidelidad en el cumplimiento de la voluntad divina. Si el pueblo remanente de Dios quiere andar en humildad y fe, Dios ejecutará por medio de él su plan eterno, haciéndole capaz de trabajar en armonía, para dar al mundo la verdad tal cual es en Jesús (Testimonios para la iglesia, t. 9, pp. 218, 219).



Viernes 31 de enero

PARA ESTUDIAR Y MEDITAR:

“El que fuera una vez un orgulloso monarca había llegado a ser un hu-milde hijo de Dios; el gobernante tiránico e intolerante, un rey sabio y compa-sivo. El que había desafiado al Dios del cielo y blasfemado contra él reconocía ahora el poder del Altísimo, y procuraba fervorosamente promover el temor de Jehová y la felicidad de sus súbditos. Bajo la reprensión de aquel que es Rey de reyes y Señor de señores, Nabucodonosor había aprendido por fin la lección que necesitan aprender todos los gobernantes: que la verdadera grandeza consiste en ser verdaderamente buenos. Reconoció a Jehová como el Dios viviente, diciendo: ‘Ahora yo Nabucodonosor alabo, engrandezco y glorifico al Rey del cielo, porque todas sus obras son verdaderas, y sus caminos justos; y él puede humillar a los que andan con soberbia’.
“El propósito de Dios, de que el mayor reino del mundo manifestase sus alabanzas, ahora se había cumplido. La proclama pública, en la cual Nabucodonosor reconoció la misericordia, la bondad y la autoridad de Dios, fue el último acto de su vida que registra la historia sagrada” (PR 383, 384).


PREGUNTAS PARA DIALOGAR:

1. “El orgullo conduce a todos los demás vicios: es el estado mental anti Dios en su máxima expresión. ¿Te parece exagerado esto? Si es así, piénsalo bien [...]. Cuanto más orgullo tengamos, más nos disgusta el orgullo en los demás. De hecho, si quieres averiguar cuán orgulloso eres, la manera más fácil es preguntarte: ¿Cuánto me disgusta que los demás me rechacen, o se nieguen a prestar-me atención, o metan la cuchara, o me sermoneen, o presuman? La cuestión es que el orgullo de cada persona compite con el orgullo de los demás. Como yo quería ser el centro de atención en la fies-ta, me molesta mucho que otro lo sea. Dos personas iguales rara vez concuerdan” (C. S. Lewis, Mere Christianity, p. 110). ¿Qué está queriendo decir Lewis con esto que quizá podría ayudarte a ver el orgullo en tu propia vida?



2. Un tema que estudiamos en este capítulo, y en capítulos anteriores, es la soberanía de Dios. ¿Por qué es tan importante que entenda-mos este tema? ¿Qué papel juega el sábado para ayudarnos a en-tender esta verdad fundamental?



Notas EGW
Viernes

Cada dia con Dios, “Estamos en el terreno del enemigo”, p. 307.
Los hechos de los apostoles, “Se escucha el mensaje”, pp. 260-269.


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Dios lo bendiga!!!




 - MATERIAL AUXILIAR PARA EL MAESTRO -
Lección 5

EL SÁBADO ENSEÑARÉ...

Parte I: RESEÑA

Texto clave: Daniel 4:3.

Enfoque del estudio:
Daniel 4:1-33; Proverbios 14:31; 2 Reyes 20:1-5; Jonás 3:10; Daniel 4:34-37; Filipenses 2:1-11.

    Introducción: Nabucodonosor ya había tenido al menos tres oportunidades para entender que debía atribuir todos sus logros al Dios hebreo. Pero, debido a que no aprendió esta lección, Dios le dio una última para ayudarlo a comprender la diferencia entre el orgullo y la humildad, y a tener una vislumbre del carácter de Dios.

Temática de la lección:
    1. El orgullo. Al concentrarse en sus propios logros, Nabucodonosor olvidó al Dios de Daniel, a quien le debía su trono y todo lo demás.

    2. La humildad.Recién después de perder el reino, Nabucodonosor pudo reconocer al Dios de Daniel como la fuente de su poder y como su Sustentador .

    3. La conversión. ¿Hay evidencias de que Nabucodonosor se haya convertido al Dios verdadero?

    Aplicación para la vida: Hay un Nabucodonosor en cada uno de nosotros. Superar el orgullo y humillarnos es un ideal que no podemos alcanzar en términos humanos. La humildad es un objetivo difícil de alcanzar. Tan pronto como creemos que lo alcanzamos, ya lo perdimos. Pero Jesús puede darnos poder para vencer nuestra arrogancia y vivir una vida humilde. Puede cambiar cada “tentación al orgullo en una oportunidad para agradecer” (Wright, Hearing the Message of Daniel: Sustaining Faith in Today’s World, p. 94).


Parte II: COMENTARIO

    1. El orgullo.
Daniel 4 registra un testimonio personal de Nabucodonosor. A medida que se desarrolla la historia, el rey reconoce que el orgullo fue la causa de su caída de la realeza y procede a contar cómo actuó Dios para llevarlo a la humildad. En el apogeo de sus logros (unos treinta años después de los acontecimientos presentados en Dan. 3), el rey soñó con un árbol gigantesco que proporcionaba refugio y sustento a todas las criaturas de la Tierra. Luego, debido a una decisión celestial, el árbol fue cortado. Una vez más, solo Daniel pudo explicarle al rey la verdadera interpretación. Ese árbol exuberante representaba al rey mismo en su arrogancia. De hecho, los árboles y las vides se representan en otras partes de las Escrituras como símbolos de reyes y reinos arrogantes que Dios finalmente derriba (Eze. 17:1-15; 19:10-14; 31:3-12).
Con extrema sensibilidad pastoral, Daniel le explicó que el árbol representaba al rey mismo. Dios lo destituiría del trono a menos que cambiara su actitud hacia sus súbditos (Dan. 4:27). El orgullo, como es habitual, tiene repercusiones en el ámbito social. Pero había llegado el momento de que Nabucodonosor rindiera cuentas por su estilo administrativo altanero. Si deseaba escapar de su terrible destino, no tenía más remedio que reemplazar la opresión con la justicia y así reflejar el carácter de Dios en los asuntos de su reino. Sin embargo, el rey no estaba dispuesto a dejar de lado su arrogancia y cambiar sus actitudes. Un año después, se deleitaba con los logros arquitectónicos, lo cual es una ironía. Al fin y al cabo, “Nabucodonosor probablemente nunca manipuló un ladrillo en toda su vida. Él no construyó Babilonia. La construyó el sudor de los miles de esclavos oprimidos, inmigrantes y otros sectores pobres de la nación, esa clase de multitud abundante cuya mano de obra ha construido todas las civilizaciones de la raza humana caída de la historia” (Wright, p. 101).
En ese mismo momento, el rey se vio afectado por una enfermedad mental, posiblemente un trastorno mental conocido como zoantropía o licantropía, en el que la persona cree que se ha convertido en un animal y se comporta en consecuencia. Durante siete años, Nabucodonosor tuvo que vivir entre las bestias del campo. Por lo tanto, el que se creía un dios se volvió menos que humano. Como dice la Escritura: “Antes del quebrantamiento es la soberbia, y antes de la caída la altivez de espíritu” (Prov. 16:18).
    2. La humildad.
Nabucodonosor aprendió la lección que Dios le dio. Después de siete años de estar entre las bestias, el rey tuvo un cambio radical de actitud: “Yo Nabucodonosor alcé mis ojos al cielo” (Dan. 4:34). Mirar hacia arriba indica un cambio en la mentalidad de Nabucodonosor. Anteriormente, el rey solía mirar hacia abajo desde la altura del orgullo. Y al mirar hacia arriba, de donde viene todo poder y sabiduría, ocurrieron tres cosas importantes: (1) se sanó de su enfermedad mental (“mi razón me fue devuelta”); (2) reconoció que Dios era el Soberano del Universo; y (3) fue restablecido en el trono. Como el rey mismo declaró: “Ahora yo Nabucodonosor alabo, engrandezco y glorifico al Rey del cielo, porque todas sus obras son verdaderas, y sus caminos justos; y él puede humillar a los que andan con soberbia” (4:37). Nadie más que Nabucodonosor podía reconocer la verdad de que Dios humilla a “los que andan con soberbia”.
Pero, el proceso de humillación duró siete tiempos; la palabra original probablemente signifique “años” y aquí debe entenderse en términos de siete años literales. Estos siete años se refieren a un período de tiempo literal durante el cual el rey, retirado del trono y humillado, tuvo que vivir entre las bestias del campo. Por lo tanto, a diferencia de los intervalos de tiempo mencionados en las partes apocalípticas de Daniel, los siete años no deben interpretarse de acuerdo con el principio de día por año. Como se mencionó anteriormente, transcurrieron doce meses entre la jactancia del rey y su período de juicio, que duró siete tiempos. Así, al final de los siete años, el rey fue restablecido en el trono. Por lo tanto, no hay ninguna indicación de que el período mencionado en Daniel 4 no deba interpretarse literalmente.
Fue necesario un terrible juicio de Dios sobre el rey para que su mente despertara plenamente y se diera cuenta de que el Dios de Daniel era el que estaba al frente. ¿Por qué es tan difícil para un ser humano hacerse humilde? Es porque todos estamos contaminados con el deseo de ser servidos y alabados, que no es nada más que el deseo de ser tratados como Dios (ver Gén. 3). Pero, como no podemos convertirnos en Dios, el orgullo produce una frustración amarga. La humildad, sin embargo, trae satisfacción. Siempre podemos encontrar a alguien necesitado a quien servir, y al hacerlo experimentamos el gozo y el cumplimiento de servir a Cristo (ver Thomas, “Downward Mobility”, pp. 34-37).
    3. La conversión.
Un interrogante que a menudo surge en este sentido se refiere a si el rey realmente se convirtió o no. Aunque algunos comentaristas creen que no hay pruebas suficientes para confirmar una conversión auténtica, sí existen indicios suficientes que apuntan en esa dirección. Al observar la esencia de la confesión del rey en Daniel 4:34 y 35, se destacan cuatro elementos:

a) Él confiesa la soberanía de Dios, quien establece un Reino que no tiene fin. Dios “hace según su voluntad en el ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra, y no hay quien detenga su mano, y le diga: ¿Qué haces?” (Dan. 4:35). Hay una insinuación de lo infinito y eterno en las palabras de Nabucodonosor cuando dice: “Su reino por todas las edades” (vers. 34).
b) Nabucodonosor confiesa también la condición como criatura de la humanidad: “Todos los habitantes de la tierra son considerados como nada” (Dan. 4:35). El rey ya no reconoce el poder divino en un nivel meramente teórico. Confiesa que incluso el más grande de los hombres (y él anteriormente se consideraba el más grande, y probablemente sus súbditos también) no es nada ante el majestuoso Señor. Ese reconocimiento siempre es una señal de un corazón sumiso; la condición de ser creado y su dependencia de Dios es evidente. El hombre no es autónomo; es dependiente y un ser creado. Encuentra el verdadero gozo solamente cuando ha llegado a reconocer su verdadera dependencia de la Deidad.
c) Nabucodonosor confiesa la veracidad y la justicia de Dios: “[…] todas sus obras son verdaderas, y sus caminos justos” (Dan. 4:37). Dios lo ha tratado duramente, pero él reconoce que los juicios de Dios han sido verdaderos y justos. Eran apropiados a sus pecados.
d) “Finalmente, llegó a reconocer que Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes (comparar con Prov. 3:34). Su vida fue una representación de la aplicación que Pedro hizo del siguiente principio: ‘Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte cuando fuere tiempo’ (1 Ped. 5:6)” (Ferguson y Ogilvie, The Preacher’s Commentary Series, t. 21, pp. 96, 97). El patrón de la gracia salvífica de Dios siempre descansa sobre este precepto de humildad.

Parte III: APLICACIÓN A LA VIDA

1. ¿De qué forma evalúas tus propios logros en comparación con los de los demás? ¿Cómo percibes la diferencia entre el orgullo y una autoestima elevada?
2. En tu opinión, ¿de qué modo podemos mostrar y experimentar una humildad auténtica? ¿Cuál es la diferencia entre humildad y baja autoestima?
3. ¿Qué lugar le cabe a la humildad entre los líderes de la iglesia? ¿Crees que se puede respetar y seguir a un líder humilde? Explica.
4. ¿De qué manera enseñó Jesús la humildad? ¿En qué ocasión del ministerio de Jesús ejemplificó la humildad de la manera más poderosa? ¿Qué y cómo puedes aprender de él?
5. ¿Cuál crees que es la relación entre la humildad y el perdón? ¿Cuán difícil te resulta perdonar a alguien que te ofendió?
6. La lección de esta semana abre la posibilidad de un autoexamen. Pide a los miembros de la clase que reflexionen sobre lo que sigue. Trata de ponerte en la piel de Nabucodonosor y pregúntate:
7. ¿Tiendo a atribuirme más méritos de los que merezco por ciertos logros? ¿Cómo cuento mis historias personales? ¿Tiendo a mostrarme mejor o más exitoso de lo que realmente soy?
8. ¿Qué medidas debo tomar para alcanzar la humildad?
9. ¿Ha habido situaciones en mi vida en las que fui humillado y eso me ayudó a entender mis limitaciones y, por lo tanto, a honrar a Dios? Si es así, ¿cómo?
10. ¿Con cuánta frecuencia recuerdo darle la gloria a Dios por todo lo que he logrado? ¿Qué me puede ayudar a recordar que siempre debo darle gloria a él?


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Dios lo bendiga!!!

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