Lección 2 de Infantes - Año A Trimestre 4 - Vivos en Jesús
«PRO FAVOR, SANA A MI HIJO»
«Cree en el Señor Jesús y serás salvo, junto con todos los de tu casa» (Hechos 16:31).
«Creer» - Cuando le crees a alguien, sabes en tu corazón que lo que dice es verdad. Estás seguro de que es así.
La lección de esta semana se basa en Juan 4:46-54 y en El Deseado de todas las gentes, cap. 20.
Noticias emocionantes en Galilea
Ese día luminoso y alegre, el camino de salida de Jerusalén estaba especialmente concurrido. Familiares y amigos iban conversando animadamente en el viaje de vuelta a sus hogares lejanos. Acababan de pasar una semana en Jerusalén celebrando la Pascua. La Pascua era la celebración más importante de todo el año. Era un momento especial para recordar cómo Dios los había salvado.
Pero, este año, la Pascua era aún más especial, porque Jesús había ido a Jerusalén. Las mamás y las tías conversaban intensamente; los niños, corriendo por todas partes, también comentaban en medio de sus juegos; y los padres gesticulaban con los brazos al hablar. Todo el mundo hablaba de Jesús, que había dicho que el templo era la casa de su Padre y había expulsado a las personas codiciosas que lo convertían en un mercado. ¿Era Dios su Padre? La gente pensaba en las cosas asombrosas que Jesús había dicho y hecho, y muchos comenzaron a creer en él.
Junto a los discípulos, Jesús también se fue de Jerusalén después de la Pascua. Partió camino a Galilea. «Cuando llegó a Galilea, los de aquella región lo recibieron bien» (Juan 4:45, DHH). Ya habían oído muchas cosas maravillosas de él y estaban contentos de que hubiera ido a visitar su ciudad.
«Jesús recorrió todas las ciudades y aldeas de esa región, enseñando en las sinagogas y anunciando la Buena Noticia acerca del reino» (Mateo 9:35).
¿Qué más hizo Jesús? Lean el resto de Mateo 9:35.
A Jesús le encantaba pasar tiempo con las personas. Le encantaba sanarlas y ayudarlas. ¡Y aún le sigue encantando sanarte y ayudarte a ti!
Tan cerca…
Junto a las aguas del mar de Galilea, cuyas olas se encrespaban en los días de viento, había un pequeño pueblo llamado Capernaúm. Algunas casas de piedra oscura se apiñaban, no muy lejos del agua.
En una de las casas más grandes vivía un noble; un hombre rico que trabajaba para el rey. Era alto y vestía ropas especiales. Cualquiera que pasara por allí y lo viera, pensaría que todo le iba muy bien; pero en realidad, no le iba nada bien.
¿Qué le pasaba? Lean Juan 4:46.
En su casa de piedra oscura, en una habitación silenciosa, yacía su hijo débil y enfermo. Su pequeño estaba tan enfermo y cansado que apenas podía abrir los ojos. Estaba a punto de morir.
¡El noble no quería que su hijo muriera! ¿Qué podía hacer?
Fue entonces cuando le dieron una noticia emocionante unos amigos que acababan de regresar de Jerusalén. Le hablaron de Jesús. Le dijeron que sanaba a los enfermos y hacía milagros. Y luego le contaron lo mejor de todo: ¡Jesús estaba en Galilea! Se hallaba en Caná, a solo una tarde de camino.
«Jesús está tan cerca…», pensó el noble. Y decidió ir a verlo para pedirle que salvara a su hijo, porque creía que Jesús podía salvarlo.
Jesús siempre está cerca de nosotros; podemos hablar con él cada vez que oramos. Puedes estar seguro de que Jesús también quiere ayudarte a ti. La Biblia dice: «Oh Señor, solo tú eres mi esperanza» (Salmos 71:5).
Deprisa, deprisa
El noble cabalgaba a toda velocidad, dejando tras sí una nube de polvo. Su colorida túnica ondeaba al viento. Iba muy inclinado hacia adelante y con la mirada fija en el frente. ¡Tenía que darse prisa! Necesitaba que Jesús sanara a su hijo, que estaba muy enfermo. Jesús era su única esperanza.
Él no conocía a Jesús, nunca lo había visto, pero había oído de otros lo amable, gentil y generoso que era. ¡También era poderoso! Jesús había sanado a los enfermos y había devuelto la vista a los ciegos.
El noble pensó que, si pudiera hablar con él en persona, le contaría lo de su hijo enfermo y tal vez Jesús iría a su casa para sanarlo.
Mientras galopaba por el camino, el noble iba pensando en lo que le iba a decir a Jesús. Tenía que asegurarse de que Jesús lo acompañara de vuelta a su casa. Sin Jesús, no tenía ninguna esperanza de que su hijo viviera.
¿Con qué palabras podemos orar cuando realmente necesitamos que Jesús nos ayude? Lean Salmos 39:7. Puedes orar a Jesús con estas palabras, sabiendo que a él le importas.
Las palabras de Jesús
Galopando a toda velocidad, el caballo del noble llegó a Caná. Ni bien entró por las puertas, el noble se bajó rápidamente del animal y preguntó dónde podía encontrar a Jesús.
Una gran multitud rodeaba a Jesús, pero el noble, como no tenía mucho tiempo, se abrió paso a empujones hasta llegar a él. ¡Realmente necesitaba su ayuda!
Inclinándose mucho, el noble «le rogó que se dirigiera a Capernaúm para sanar a su hijo, quien estaba al borde de la muerte» (Juan 4:47).
Tras decidir creer en Jesús, ¿qué dijo el noble? Lean Juan 4:49.
El corazón de Jesús se llenó de compasión porque ya sabía del dolor y la tristeza que el noble y su familia estaban pasando. Conocía al noble incluso antes de haberlo visto y quería ayudarlo. ¡Qué maravilloso y bondadoso es el Salvador!
Jesús le respondió: «Vuelve a tu casa. ¡Tu hijo vivirá!» (Juan 4:50).
De repente, todas las preocupaciones del noble desaparecieron y sintió una inmensa paz.
La Biblia nos dice que «el hombre creyó lo que Jesús le dijo» (Juan 4:50).
Con el corazón rebosante de alegría, el noble le dio las gracias a Jesús. Luego, con una gran sonrisa en el rostro, se alejó, sabiendo que las palabras de Jesús eran verdad.
Las palabras de Jesús siempre son verdaderas. Podemos confiar en la Biblia. Repite el versículo para memorizar y da gracias a Jesús porque su palabra tiene poder.
Milagro a la una de la tarde
A la mañana siguiente, muy temprano, el noble empacó sus cosas, montó en su caballo y, con una canción en el corazón, inició el camino de regreso.
Al acercarse a su casa, vio algo delante de él. Entrecerró los ojos para intentar distinguir qué era. ¿Qué sería? Pronto pudo ver que eran sus sirvientes corriendo hacia él a toda velocidad. Llegaron jadeando y sin aliento, porque tenían una gran noticia que darle: ¡su hijo estaba vivo y se sentía muy bien!
Pero al noble no le sorprendió en lo más mínimo.
«Él les preguntó a qué hora el niño había comenzado a mejorar» (Juan 4:52). Ellos se detuvieron a pensar. Luego «le contestaron: "Ayer, a la una de la tarde, ¡la fiebre de pronto se le fue!"».
Le explicaron cómo el niño, que estaba acostado en la cama pálido y débil, de pronto había abierto los ojos. Al instante, su piel caliente y sudorosa había tomado un aspecto saludable y sus ojos tenían ahora el brillo de la vida.
La sonrisa del noble se iba haciendo cada vez más grande. El milagro se había producido a la una de la tarde, la hora exacta en que Jesús le había dicho al noble: «Vuelve a tu casa. ¡Tu hijo vivirá!» (Juan 4:50).
Las palabras de Jesús todo lo pueden. Él nos dice en la Biblia: «Se me ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra» (Mateo 28:18). El noble estaba muy agradecido con Jesús, y nosotros también podemos estarlo.
¡Qué maravilloso reencuentro!
El noble corrió a su casa, entró por la puerta a toda velocidad y abrazó con alegría a su hijo sano, dándole gracias a Jesús una y otra vez por la milagrosa curación.
El emocionado noble rápidamente les contó a sus familiares y a sus sirvientes todo lo sucedido con Jesús. Se lo contó al sonriente cocinero; se lo contó al jardinero, afuera en el patio... Les contó a todos los de su casa cómo las palabras de Jesús habían sanado a su hijo. Las palabras de Jesús son poderosas. ¡Las palabras de Jesús son verdaderas!
Todos en la casa miraron al niño, que tenía las mejillas sonrosadas y una gran sonrisa. La Biblia dice que tanto el padre como todos los de su casa «creyeron en Jesús» (Juan 4:53).
Todos vieron el milagro y decidieron creer que Jesús era el Hijo de Dios y su Salvador. Aquel hogar se llenó de alegres alabanzas al Señor que los había salvado.
Si creemos que las palabras de Jesús son verdaderas, también nosotros podemos ser salvos. Nuestro versículo para memorizar dice: «Cree en el Señor Jesús y serás salvo, junto con todos los de tu casa» (Hechos 16:31). ¡Gracias, Jesús!
Jesús sana a Uriel
¿Te gusta correr al aire libre y jugar a las atrapadas con tus amigos? ¿Cuál es tu juego favorito?
Uriel, un niño mexicano, deseaba correr y jugar al balón, pero no podía. Desde pequeñito, había estado muy enfermo. Algo malo le crecía en el cerebro y, además, tenía otros problemas de salud. A medida que se iba haciendo mayor, esos problemas también se hacían más graves. Llegó un punto en que apenas podía caminar.
Cuando Uriel tenía once años, su médico le dijo que iba a intentar curarle el problema del cerebro y las piernas.
La abuela de Uriel creía en Jesús y sabía que la oración tiene poder. Había leído en la Biblia que, cuando Jesús estuvo en la tierra, sanó a niños, como el hijo del noble. Sabía que Jesús podía sanar a Uriel.
La abuela convenció a la mamá de Uriel para que la acompañara a una reunión de oración la noche antes de la cirugía. Esa noche, la mamá y la abuela de Uriel oraron junto a la familia de la iglesia para que el niño se pusiera bien.
A la mañana siguiente, Uriel fue al hospital, donde el médico le hizo una revisión final de las piernas antes de la operación. De pronto, los ojos del doctor se abrieron como platos. Sacudió la cabeza de asombro. No podía creerlo. ¡Las piernas de Uriel estaban completamente sanas! Luego, el médico miró las imágenes del cerebro de Uriel que se veían en una gran máquina. Ya no había nada creciendo en su cerebro. ¡Uriel estaba completamente sano!
Uriel volvió a la escuela y pudo correr por el patio. ¡Incluso pudo dar patadas al balón y jugar al fútbol!
Después de ver el poder de la oración, Uriel y su mamá se dieron cuenta de que Jesús es real. Le entregaron el corazón a Jesús y comenzaron a ir a la iglesia adventista local. Uriel, de once años, estaba tan emocionado por lo que Jesús había hecho por él, que empezó a dar estudios bíblicos y a predicar. Fruto de esos estudios bíblicos, ¡cinco personas decidieron bautizarse!
Jesús no solo sanó el cuerpo de Uriel, sino que, lo que es más importante, salvó a Uriel, a su mamá y a otras personas que le entregaron el corazón.
La Biblia dice: «Cree en el Señor Jesús y serás salvo, junto con todos los de tu casa» (Hechos 16:31).
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