Lección 1 de Infantes - Año A Trimestre 4 - Vivos en Jesús
JESÚS CALMA LA TORMENTA
«¡Silencio! ¡Cálmense!» (Marcos 4:39).
«Calma» - Estar en calma es estar tranquilo, en silencio o en paz. Cuando estás en calma, te sientes seguro y relajado.
La lección de esta semana se basa en Mateo 8:23-27; Marcos 4:35-41; Lucas 8:22-25 y en El Deseado de todas las gentes, cap. 35, pp. 305-308.
El mejor contador de historias
¡Cuánta gente había en aquel lugar! Para intentar ver a Jesús, los niños tenían que ponerse de puntillas y estirarse todo lo que podían. Unos codos se iban rozando con otros a medida que las personas se apretaban alrededor de Jesús. ¡Todos querían estar cerca de él!
Con ojos llenos de bondad y amor, Jesús miró a la multitud que se amontonaba junto al lago. Se sentía feliz de hablarles del amor de Dios, pero se daba cuenta de lo difícil que era para los niños pequeños poder verlo, rodeados como estaban de gente. A los adultos del fondo también les resultaba difícil poder escucharlo. Entonces, ¡Jesús tuvo una gran idea! ¿Qué hizo? Lean Marcos 4:1.
Ahora, todos podían ver y escuchar a Jesús contar historias. Les habló de una pequeña semilla que crece hasta convertirse en un gran árbol. Les explicó que, tener apenas un poco de fe en la palabra de Dios, es como una pequeña semilla que puede crecer hasta ser tan grande y fuerte como un árbol (Marcos 4:31-32). «Jesús empleó muchas historias e ilustraciones similares para enseñar a la gente, tanto como pudieran entender» (Marcos 4:33).
Jesús también sanó a muchos enfermos. Le encantaba sanar a las personas y hacerlas felices.
Aun cuando el sol ya empezaba a ocultarse tras las montañas, la gente seguía apiñada escuchando a Jesús. Lo amaban mucho. ¡Era el mejor contador de historias! Nadie quería irse a casa; todos querían escuchar una historia más...
Jesús llevaba muchos días contando historias maravillosas y sanando a la gente. Apenas se había detenido para descansar o para comer algo de pan.
A Jesús también le encanta enseñarnos a nosotros. Podemos aprender de él leyendo en la Biblia las historias que contó.
Un descanso tranquilo
El agua acariciaba suavemente la barca mientras Jesús terminaba de contar la última historia a la multitud. Todos sonreían al oírlo hablar, pues se daban cuenta de lo mucho que los amaba.
Aquel había sido un gran día. También había sido un día muy largo. Ya la luna empezaba a brillar en el cielo cuando Jesús se detuvo y se volvió a sus discípulos. ¿Qué les dijo? Lean Marcos 4:35.
Jesús se veía y sonaba cansado. Los discípulos pensaron que era una buena idea cruzar al otro lado del lago, donde tendrían algo de tranquilidad. Allí no vivía mucha gente, por lo que sería un buen lugar para estar solos y descansar.
Se subieron a la barca con Jesús y la empujaron hacia aguas más profundas. Como algunos de la multitud no querían separarse de Jesús, se subieron a otras barcas y lo siguieron de cerca, así como una mamá pata nada seguida por sus patitos.
Las estrellas titilaban. Una hermosa tranquilidad llenaba los corazones cansados con la paz de Dios.
Jesús buscó un lugar en la parte de atrás de la barca y se recostó, apoyando la cabeza en una almohada mullida. Mecido por el suave balanceo, enseguida se quedó dormido.
Después de un día atareado, tu cuerpo también necesita dormir. Cuando des las buenas noches y apoyes tranquilamente la cabeza en la almohada, puedes agradecer a Jesús porque está contigo mientras duermes. La Biblia dice: «En completa paz me acuesto y me duermo, porque tú, Señor, me haces vivir tranquilo» (Salmos 4:8, PDT).
De la calma al miedo
La luna iluminaba con su luz plateada el tranquilo mar de Galilea. El
pequeño grupo de barcas formaba ondas en el agua mientras las velas se
agitaban con la suave brisa.
Todo estaba en calma.
De repente, un fuerte viento comenzó a soplar. El agua tranquila y ondulante se convirtió de pronto en grandes olas que golpeaban los costados de las barcas. Densas nubes se arremolinaban a baja altura, volviendo la noche aún más oscura.
¡Crac! La luz de un relámpago iluminó el cielo. Enormes olas se estrellaron contra la barca. Los discípulos se preocuparon... Luego se asustaron... Finalmente, sintieron mucho mucho miedo. ¡Aquella era una tormenta muy peligrosa!
Los discípulos de Jesús utilizaron sus grandes músculos para evitar que la
barca se hundiera, pero no eran lo suficientemente fuertes. ¡Aquella
tormenta era demasiado grande! «Olas violentas entraban en la barca, la cual
empezó a llenarse de agua» (Marcos 4:37).
Los discípulos se asustaron mucho.
Cada vez que enfrentamos grandes tormentas o momentos que nos asustan o nos dan miedo, podemos recordar que no estamos solos. ¡Jesús está con nosotros! Jesús puede mantenernos seguros y tranquilos. La Biblia dice: «Cuando tenga miedo, en ti pondré mi confianza» (Salmos 56:3).
Un sueño tranquilo
Los ojos de los discípulos se llenaron de miedo. Todos se agarraban con fuerza a la barca para que las grandes olas no los lanzaran al mar. El agua les llegaba ya hasta los pies. ¡La barca se estaba llenando rápidamente!
En medio de la oscuridad y del ruido del viento, los discípulos habían olvidado algo muy importante: Jesús estaba con ellos en la barca. ¡Y él no le tenía miedo a la oscuridad ni al ruidoso viento! De hecho, estaba tan tranquilo que seguía durmiendo.
Jesús te ama tanto que quiere que tú también te sientas en paz. Si confías en él, puedes estar siempre tranquilo. ¿Qué dice Juan 14:27?
Los discípulos se olvidaron de confiar en Jesús para que les diera paz. También se olvidaron de que Jesús mismo les había dicho: «Crucemos al otro lado del lago» (Marcos 4:35). Si Jesús les había indicado que fueran allá, él se encargaría de que llegaran.
«¡Silencio! ¡Cálmense!»
Un rayo de luz iluminó el cielo. Del susto, los discípulos se quedaron sin aliento. ¡Las olas golpeaban la barca y la estaban llenando de agua! Finalmente, acudieron a Jesús en busca de ayuda.
¿Qué hicieron y qué le dijeron a Jesús? Lean Marcos 4:38.
Jesús se puso de pie y le hizo frente a la furiosa tormenta. Sobre las olas embravecidas levantó sus fuertes manos, esas mismas manos que usaba todos los días para ayudar, sanar y amar a la gente. Con voz firme y serena, ordenó al viento y a las olas: «¡Silencio! ¡Cálmense!» (Marcos 4:39).
El viento escuchó la voz de Jesús y dejó de aullar. Las olas escucharon la voz de Jesús y se quedaron tranquilas.
Todo se quedó en calma.
Las oscuras nubes se disiparon y las titilantes estrellas volvieron a aparecer en el despejado cielo nocturno.
Jesús miró los rostros de sus discípulos y les preguntó: «¿Por qué tienen miedo? ¿Todavía no tienen fe?» (Marcos 4:40).
Jesús quería que tuvieran al menos un poquito de fe, para que pudieran crecer como la semilla y el árbol de la historia que les había contado ese día. Quería que ellos sintieran paz al escuchar su voz.
Tú también puedes confiar en que Jesús te ayuda a sentirte seguro y en paz, y a ser valiente. Escucha cómo, en el versículo para memorizar, te dice que hagas silencio y te sientas en calma. ¡Gracias, Jesús!
Paz en mi corazón
Asombrados, los discípulos miraron a Jesús con los ojos abiertos como platos. ¡Jesús había detenido la tormenta solo con sus palabras! Todos estaban asombrados. Jesús, el bondadoso Maestro y Sanador, también tenía poder para ordenarle a la naturaleza lo que debía hacer.
Ahora que todo estaba tranquilo, se oyeron voces que susurraban: «¿Quién es este hombre? ¡Hasta el viento y las olas lo obedecen!» (Marcos 4:41).
¡Nosotros sabemos la respuesta! Jesús es Dios; él es todopoderoso. Siempre podemos estar seguros de que vendrá en nuestra ayuda y nos llenará el corazón de paz.
Cuando oigas el retumbar de los truenos del otro lado de la ventana y veas la lluvia caer a cántaros, no tengas miedo. Recuerda que Jesús está contigo.
Cuando un amigo te diga palabras feas, o cuando algo te parezca injusto, recuerda que Jesús está contigo. Él te ayuda a estar tranquilo y en calma.
Cuando intentes hacer algo nuevo que te da miedo, recuerda que Jesús está contigo. Él puede darte su paz. Porque «Dios hará vivir en paz a quienes le son fieles y confían en él» (Isaías 26:3, TLA).
Jesús calma la tormenta
Armi levantó la vista al cielo y sonrió. Sí, el clima era perfecto para pescar. Este misionero de veintiún años estaba emocionado, porque era su primera oportunidad de hacer amigos entre una población de las islas Molucas, en Indonesia. Esperaba poder hablarles de Jesús.
Armi, junto con dos hombres de aquel lugar, se adentraron en el mar en un pequeño bote de madera. Pero cuando la embarcación se alejó de la costa, el tiempo cambió rápidamente. Comenzó a soplar un viento muy fuerte y empezó a llover. Grandes olas chocaban contra el pequeño bote.
Armi y sus dos amigos intentaron sacar el agua del bote. Cuando eso no funcionó, echaron fuera las redes de pescar para aligerar el peso y que el bote no se hundiera.
Con la lluvia cayendo y las olas sacudiendo la embarcación, Armi oyó de pronto una voz que le decía: «Ora». Agarrándose a una cuerda, cerró los ojos, respiró hondo y gritó: «¡Señor, ayúdanos! ¡Sálvanos, porque sabemos que tú puedes salvarnos!».
Armi repitió la oración una y otra vez por tres minutos. Luego dijo «amén» y abrió los ojos. En ese momento, la tormenta se calmó. El viento se detuvo y el mar se quedó en calma. Los nubarrones se alejaron y las estrellas brillaron con intensidad. Armi, impresionado, exclamó: «¡Muchas gracias, Señor!».
Sus dos amigos lloraban de alegría mientras dirigían el bote de regreso a la orilla. En el camino, vieron una de las redes de pesca que habían arrojado al mar durante la tormenta y se detuvieron para recuperarla. ¡La red estaba llena de peces!
Cuando el bote llegó a la orilla, los amigos de Armi les contaron a todos cómo Dios había contestado su oración. La gente del lugar no solo quería comprar aquella pesca milagrosa, sino que le pedía a Armi que les contara la historia bíblica de la tormenta en el mar. Y le hacían muchas preguntas sobre Jesús. Cuatro personas se bautizaron y, tres años después, había en el pueblo una iglesia adventista.
Adaptado de «El Amo del mar», de Andrew McChesney, Misión adventista niños, 4.º trimestre de 2018.
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