Lección 11 de Primarios - Año A - 2º Trimestre - Vivos en Jesús
UNA FAMILIA REUNIDA
«Y este mismo Dios quien me cuida suplirá todo lo que necesiten, de las gloriosas riquezas que nos ha dado por medio de Cristo Jesús» (Filipenses 4:19).
PROVIDENCIA: La guía y el cuidado de Dios para con nosotros, y su sabia preparación para nuestras necesidades futuras. Vemos la providencia de Dios en nuestra vida cuando no sabemos qué necesitamos o cómo se satisfarán nuestras necesidades. Por ejemplo: la providencia de Dios es que un vecino te comparta sus verduras cuando no sabe que casi se te ha acabado la comida.
La lección de esta semana se basa en Génesis 43-50; Patriarcas y profetas, cap. 21, pp. 218-231; el Comentario bíblico adventista, t. 1, pp. 466-499. Lectura adicional: Las bellas historias de la Biblia, t. 2, pp. 65-72.
UNA DECISIÓN DIFÍCIL
Los sacos de grano se iban vaciando rápidamente. La terrible hambruna que
había obligado a los hermanos a buscar comida en Egipto solo había empeorado
desde su regreso a casa. Ahora, ya casi sin alimento, los hermanos sabían
que no podían seguir ignorando su mayor problema: Tenían que llevar a
Benjamín a Egipto para liberar a su hermano Simeón de la cárcel.
«Vuelvan y compren un poco más de alimento», les dijo Jacob a sus hijos
(Génesis 43:2), pero ellos le explicaron una vez más que no podían regresar
sin Benjamín. ¿Acaso su padre aceptaría ahora que la situación era
desesperada?
Judá, el hermano que había sugerido vender a su hermano menor hacía tanto
tiempo, ahora arriesgaba su propia vida por toda la familia. Se llevaría a
Benjamín y se haría totalmente responsable de él. «Si no te lo traigo de
regreso. Entonces cargaré con la culpa para siempre» (Génesis 43:9). Tras
una difícil conversación, el anciano padre finalmente accedió.
Cargaron los burros con regalos para el gobernador y se despidieron con
tristeza. Luego, con lágrimas en los ojos, Jacob oró por sus hijos antes de
que partieran. «Que el Dios Todopoderoso les muestre misericordia cuando
estén delante del hombre, para que ponga a Simeón en libertad y permita que
Benjamín regrese» (Génesis 43:14).
Esta hermosa oración animó a los hermanos mientras regresaban a Egipto.
Realmente no querían enfrentarse de nuevo al severo gobernador egipcio. Con
todo, Dios ya estaba respondiendo a la oración de Jacob. Dios estaba guiando
a los hermanos y preparando algo maravilloso para ellos en Egipto, superior
a cualquier sueño.
A veces no queremos enfrentar desafíos, pero Dios está con nosotros y está
preparando sabiamente cosas buenas para cuando los enfrentemos.
UNA COMIDA SORPRESA
El corazón de José dio un vuelco. Una vez más, sus hermanos estaban frente
a él, pero ahora había uno más. ¡Benjamín estaba allí! José se contuvo para
no correr a abrazarlo. Se dirigió a su mayordomo, su asistente de mayor
confianza, y le ordenó que llevara a los hombres a su casa, ¡para almorzar!
Luego, dio media vuelta y se fue. José corrió a un lugar privado para
llorar. ¡Benjamín, su hermano menor, estaba allí!
Por su parte, los hermanos se quedaron paralizados de miedo. Le contaron al
mayordomo todas sus preocupaciones. ¿Por qué tenían miedo? LEE GÉNESIS
43:18.
El mayordomo les respondió amablemente: «Paz a ustedes, no teman. El Dios de
sus padres les ha dado un tesoro en sus sacos» (Génesis 43:23). Luego trajo
a su hermano Simeón y los llevó a la gran casa de José. Al ver al gobernador
José, los hermanos se inclinaron hasta el piso, ¡lo más que pudieron! Los
ojos de José se abrieron como platos. Era igual que las gavillas de trigo y
las estrellas centelleantes de su sueño. ¡Los sueños especiales de Dios se
estaban cumpliendo! José se sintió sobrecogido cuando sus hermanos se
levantaron lentamente. Dios lo había llevado a Egipto mucho tiempo antes
para que ahora pudiera mantener a su familia. Era la providencia de Dios.
Pero ¿habían cambiado realmente sus hermanos? Los pondría a prueba de nuevo.
Ordenó a sus siervos que le dieran a Benjamín cinco veces más comida que a
los demás. ¡Su plato se llenaba cada vez más y más! José observaba y
escuchaba. ¿Se pondrían celosos y se comportarían mal?
Ni una mirada de envidia ni una palabra de molestia salieron de sus labios.
Todos comieron juntos con alegría. La sonrisa de José se hacía cada vez más
grande.
UNA PRUEBA FINAL
José estaba casi convencido de que sus hermanos habían cambiado de verdad,
pero decidió ponerlos a prueba una vez más. ¿Qué hizo? LEE GÉNESIS 44:1, 2.
Cuando el sol asomaba por el horizonte, los hermanos, bien alimentados,
salieron de Egipto con sus sacos llenos de grano. Reían y charlaban
alegremente. ¡Qué alivio llevar a Benjamín a casa con su padre, sano y
salvo!
Sin embargo, su felicidad no duró mucho. De repente, se oyó el sonido de
cascos detrás de ellos. En un torbellino de colores, el mayordomo de José
los alcanzó y los detuvo bruscamente. Se bajó de un salto y los acusó de
robar la copa de José. Muy molesto, les preguntó: «¿Por qué han pagado mi
bondad con semejante malicia? [...] ¡Qué maldad tan grande han cometido!»
(Génesis 44:4, 5). Revisó los sacos de los hombres y encontró la copa de
José. Los hermanos, atónitos, rasgaron sus vestiduras para mostrar su dolor;
así que tuvieron que regresar a Egipto. El viaje fue difícil, porque «la
preocupación agobia a la persona» (Proverbios 12:25).
Como castigo, el gobernador José exigió que Benjamín se convirtiera en su
esclavo, mientras que a los demás les concedería la libertad. Fue entonces
cuando Judá intervino. Dios había obrado un hermoso milagro en su corazón,
convirtiendo la crueldad en compasión. Judá suplicó tomar el lugar de
Benjamín. De esa manera, Benjamín podría regresar a casa, pues, ¿cómo podría
su padre Jacob soportar la pérdida de otro hijo predilecto?
Aferrados a sus túnicas rasgadas, los temerosos hermanos esperaron la
respuesta del gobernador. Aún no lo sabían, pero Dios estaba a punto de
convertir esta difícil experiencia en una bendición. Solo Dios conoce el
final desde el principio, por lo que solo él sabía que todo saldría
bien.
¡MIS HERMANOS!
Después del hermoso discurso de Judá, José ya no pudo ocultarles la verdad
a sus hermanos. Sabía, sin dudarlo, que estaban realmente arrepentidos por
haberlo tratado con crueldad, y que Dios había cambiado su corazón
endurecido. Lloró y les dijo: «¡Soy José! [...] ¿Vive mi padre todavía?»
(Génesis 45:3).
¡Los hermanos se quedaron inmóviles por la sorpresa! ¿Podía este hombre, el
gran gobernador de Egipto, ser su hermano menor? Entonces el terror se
apoderó de ellos. Este era el hermano al que habían arrojado a un pozo. Este
era el hermano al que habían vendido a los mercaderes.
En un instante, José se dio cuenta de cómo se sentían, así que les dijo:
«Acérquense, [...] soy José, su hermano, a quien ustedes vendieron como
esclavo en Egipto. Pero ahora no se inquieten ni se enojen con ustedes
mismos por haberme vendido. Fue Dios quien me envió a este lugar antes que
ustedes, a fin de preservarles la vida. El hambre que ha azotado la tierra
estos dos últimos años durará otros cinco años más, y no habrá ni siembra ni
siega. Dios me hizo llegar antes que ustedes para salvarles la vida a
ustedes y a sus familias, y preservar la vida de muchos más. Por lo tanto,
fue Dios quien me envió a este lugar, ¡y no ustedes!» (Génesis 45:4-8).
Los hermanos no podían creer lo que oían. ¡José los estaba perdonando! No
solo eso, les estaba diciendo lo maravilloso que era Dios por revertir su
crueltad y usarlo para salvarlos del hambre.
Qué hermoso cuadro de la providencia de Dios. Dios había convertido las
experiencias difíciles de José en bendiciones y le había dado un corazón
para comprender y aceptar la guía de Dios en su vida.
NOTICIAS EMOCIONANTES
Los hermanos miraron a José con los ojos muy abiertos. José, el hermano
menor que habían vendido, ¡los estaba perdonando! Con lágrimas en los ojos,
José les extendió su mano. Todavía tenía más buenas noticias que darles.
Léelas en GÉNESIS 45:9-12.
José corrió hacia Benjamín y lo abrazó con fuerza. Luego abrazó a cada uno
de sus hermanos. Ellos confesaron su pecado y pidieron perdón. Los largos
años de culpa y arrepentimiento habían terminado. ¡Sus rostros se iluminaron
de alegría!
El faraón se reunió con los hermanos y les dijo que tomaran carruajes y
comida para el viaje de regreso a casa. Hasta el rey se emocionó al ver a la
familia de José reunida de nuevo. José les dio ropa hermosa, así como
regalos para su padre. Luego los despidió de prisa. Cuanto antes se fueran,
más pronto vería a su padre.
Los hermanos se apresuraron a volver a casa con la emocionante noticia. Al
principio, el anciano Jacob no podía creer lo que oía; ¿su preciado hijo
José, vivo? Entonces vio la larga caravana de carruajes y los animales
cargados. Convencido, exclamó: «¡Debe ser verdad! ¡Mi hijo José está vivo!
Tengo que ir y verlo antes de morir» (Génesis 45:28).
Antes de partir rumbo a Egipto, los hermanos le confesaron todo a Jacob. Él
perdonó y bendijo a sus hijos arrepentidos, porque podía ver que el bien
había vencido al pecado. Una vez más, se sintieron libres del peso de la
culpa.
Entonces, la enorme caravana partió hacia Egipto. ¿Qué dos cosas hermosas
sucedieron en el trayecto? LEE GÉNESIS 46:1-4.
Qué bendición fue alabar a Dios por la providencia y tener fe plena en que
él los guiaría y protegería. Jacob y su familia podían enfrentar el futuro
con valentía en su corazón y seguros de las promesas que podían reclamar.
Podemos alabar a nuestro Dios maravilloso cuando vemos sus bendiciones, y
aún mientras esperamos verlas; podemos confiarle tranquilamente nuestro
futuro a él, pues sabemos que él suplirá todas nuestras necesidades.
REUNIÓN FAMILIAR
Cuando la caravana llegó a Egipto, José saltó de su carruaje y corrió al
encuentro de su querido padre. Puso sus brazos sobre el cuello de Jacob y
lloró durante mucho tiempo. Sonriendo entre lágrimas de felicidad, Jacob, ya
anciano, dijo: «Ahora estoy listo para morir porque he vuelto a ver tu
rostro y sé que aún vives» (Génesis 46:30).
Jacob estaba tan feliz de ver a José y su corazón estaba tan en paz que
sintió que su vida estaba completa. Pero Jacob no murió de inmediato. Dios
le concedió otros 17 años de paz con su hijo perdido y sus demás hijos
reunidos. Vio prosperar a toda su familia en Egipto y creyó que la promesa
de Dios se estaba cumpliendo: «Yo soy [...] "Dios todopoderoso". [...] De ti
saldrán muchas naciones. ¡Habrá reyes entre tus descendientes!» (Génesis
35:11).
Dios había usado la vida de José, con todos sus altibajos, para mantener
viva la promesa. A través de su providencia, miles de personas se salvaron
de la hambruna y toda una nación aprendió que el Dios del cielo es real y se
puede confiar en él. En los momentos oscuros, José no podía ver el final
feliz de su historia. Aun así, había confiado en Dios durante todo ese
tiempo, y las dificultades se habían convertido en bendiciones.
Al igual que José, es posible que pases por momentos difíciles y no puedas
ver un final feliz para tu historia. Pero confía en él, y él suplirá tus
necesidades. Recuerda siempre: «Este mismo Dios quien me cuida suplirá todo
lo que necesiten, de las gloriosas riquezas que nos ha dado por medio de
Cristo Jesús» (Filipenses 4:19).
¡PERDIDO EN EL MAR!
El día parecía tranquilo y prometedor cuando los tres zarparon en el velero
desde la pequeña localidad de Fairhaven, a orillas de la bahía de Buzzards,
en Massachusetts (EE. UU.). Elena Harmon, su hermana Sara y su amigo, el
señor Gurney, estaban emocionados por visitar a una familia en la cercana
isla de West Island.
Sin embargo, una vez en el océano Atlántico, su estado de ánimo cambió
cuando el cielo comenzó a cambiar rápidamente. Se desató una fuerte
tormenta: Vientos huracanados, relámpagos y truenos, y una lluvia
torrencial. El tiempo parecía haberse detenido mientras intentaban
mantenerse a flote con desesperación. Asustados, se dieron cuenta de que
estaba anocheciendo. ¿Se hundirían en esas olas salvajes? ¡Era imposible
controlar el velero en una tormenta así!
Aferrándose con fuerza, Elena se arrodilló y clamó a Dios para que los
salvara mientras las olas rompían contra el costado del barco, empapándolos
a todos. Justo en medio de la tormenta, Dios le dio una visión a Elena. Le
mostró que estarían a salvo y que Dios secaría hasta la última gota del
océano antes de dejarlos ahogar, porque el trabajo de Elena para Dios
acababa de empezar.
Una gran paz y alegría sustituyeron el miedo de los que iban a bordo del
pequeño velero. Cantaron y alabaron a Dios juntos, mientras los relámpagos
destellaban a su alrededor.
Mientras tanto, al señor Gurney le resultaba muy difícil controlar el barco.
Lanzó el ancla, pero esta solo se arrastraba por el agua mientras el barco
seguía siendo zarandeado por las olas, impulsado por el viento. No tenían ni
idea de dónde estaban, ya que estaba tan oscuro que no podían ver de un
extremo al otro del barco. Por fin, el ancla se agarró al fondo del océano,
lo que indicaba que estaban cerca de tierra.
«¡Socorro! ¡Socorro!», gritaba el señor Gurney una y otra vez, con la
esperanza de que alguien en una de las dos casas de la isla lo oyera a pesar
de la tormenta. Todos dormían, excepto una niña. Por providencia divina,
ella oyó los débiles gritos de auxilio y despertó a su padre.
El hombre remó en la oscuridad, dirigiéndose hacia los gritos de auxilio.
Pronto encontraron el velero y rescataron a los que iban a bordo. Qué
felices se sintieron cuando los remolcaron hasta la orilla en la pequeña
embarcación del amable hombre.
Los agradecidos pasajeros pasaron la mayor parte de la noche dando gracias y
alabando a Dios por su maravillosa bondad y providencia.
Historia adaptada de Primeros escritos de Elena G. de White, © 1982 Review
and Herald® Publishing Association. Usada con permiso.
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