Lección 12 de Infantes - Año A - 2º Trimestre - Vivos en Jesús
LUZ EN LUGARES LEJANOS
«Procuren […] que su luz brille delante de la gente, para que […] todos alaben a su Padre que está en el cielo» (Mateo 5:16, DHH).
«Brillar» - La luna brilla en el cielo nocturno. Cuando algo brilla, nos ayuda a ver las cosas que nos rodean. Cuando tenemos el amor de Dios en el corazón, queremos mostrarlo, queremos brillar como luces resplandecientes. Podemos mostrar el amor de Dios a los demás siendo amables, alegres y cariñosos.
La lección de esta semana se basa en Rut 1 y Review and Herald, 9 de mayo de 1900.
Una gran mudanza
En un pequeño pueblo de Canaán llamado Belén, una familia empacaba afanosamente sus pertenencias. Enrollaron la ropa en fardos; llenaron sacos con sus mejores herramientas, ollas, tazones y cucharas; y, finalmente, embalaron hasta la última migaja de comida que aún les quedaba.
Habían pasado muchos, muchos años desde que la familia de José se había mudado de Canaán a Egipto. Y ahora, el pueblo de Dios estaba viviendo otra hambruna en Canaán. El campo se había secado y ya no quedaba nada para comer. ¡Todos pasaban hambre!
Al igual que la familia de Jacob, esta pequeña familia decidió mudarse en busca de alimento. ¿Cómo se llamaban estas personas? Lean Rut 1:2.
Tras despedirse de sus vecinos, la familia partió. Habían oído que había campos llenos de comida en un país lejano llamado Moab. Tenían un camino muy largo por delante hasta llegar allí, pero Dios le había prometido a Jacob: «Yo estoy contigo y te protegeré dondequiera que vayas» (Génesis 28:15). Esta promesa era también para ellos.
Mientras caminaban, pensaban en el pueblo de Moab. Los moabitas no creían en Dios, sino que adoraban ídolos. Elimelec y Noemí les mostrarían a sus nuevos vecinos el amor de Dios, y así tal vez aprenderían ellos también a amar al Señor. La Biblia dice: «Procuren [...] que su luz brille delante de la gente, para que [...] todos alaben a su Padre que está en el cielo» (Mateo 5:16, DHH).
Una luz que brilla
(Canten)
Esta lucecita mía la dejaré brillar.
Esta lucecita mía la dejaré
brillar.
Esta lucecita mía la dejaré brillar.
Brillará,
brillará, brillará.
Elimelec, Noemí y sus hijos tenían el amor de Dios en lo más hondo de su corazón. Ese amor era como una luz resplandeciente que llevaron con ellos hasta Moab. Allí decidieron dejar que esa luz brillara con fuerza para que todos la vieran.
Cada mañana inclinaban el rostro para orar a Dios juntos como familia. Es posible que también cantaran. Luego, con buena disposición, iba cada uno a hacer sus tareas diarias. Trabajaban mucho y ayudaban a sus vecinos. Sus palabras de amor y sus acciones bondadosas reflejaban a Dios.
Pero, un día, sucedió algo. ¿Qué sucedió? Lean Rut 1:3.
¡Oh, no! ¡Qué triste! ¿Qué harían ahora? Rut, Mahlón y Quelión lloraron y se abrazaron con fuerza. Estaban agradecidos porque aún se tenían unos a otros. Estaban muy, muy agradecidos a Dios porque también estaba con ellos. Él les había prometido a cada uno: «Yo estoy contigo y te protegeré dondequiera que vayas» (Génesis 28:15).
Dios también está contigo cuando estás triste. Su amor es como una luz cálida y brillante que te puede ayudar a sentirte más fuerte y mejor. Dios dice en la Biblia: «Yo soy quien te consuela» (Isaías 51:12). ¡Gracias, Dios!
Con hechos y palabras
Noemí sonreía y tarareaba mientras amasaba pan junto al fuego. Todavía echaba de menos a su esposo, pero sabía que Dios estaba con ella.
Dios había vuelto a llenar su hogar de risas. Ahora su familia estaba formada por cinco personas felices, porque los dos hijos de Noemí se casaron con dos jóvenes encantadoras. Uno se casó con Rut y el otro, con Orfa.
Rut se apartó el pelo de los ojos para seguir moliendo cebada en la piedra de moler. Orfa andaba por allí cerca, barriendo y sacudiendo el polvo de las esterillas. Las dos sonreían al escuchar a su suegra, Noemí, cantando cantos de las Escrituras mientras hacía pan. Su hogar siempre estaba lleno de paz y amor.
Cada día, Noemí le mostraba a su familia la bondad de Dios. Sus amables sonrisas, sus palabras gentiles y sus acciones consideradas les mostraban que «Dios es amor» (1 Juan 4:16).
Noemí también contaba maravillosas historias. ¡Historias verdaderas! Les contaba historias sobre la creación, sobre Noé y el diluvio, sobre Abraham, José, Moisés… La Biblia dice que también debemos contarnos unos a otros historias del amor de Dios. ¿Cuándo debemos contárnoslas? Lean Deuteronomio 11:19.
A Noemí también le encantaba orar. Sus nueras, Rut y Orfa, nunca habían oído oraciones tan llenas de paz y agradecimiento. No era así como el pueblo moabita oraba a sus ídolos. Noemí hablaba con su Dios como si fuera su mejor amigo. Allí, en el hogar de Noemí, las dos jóvenes hallaron su lugar. Qué bonito era formar parte de esa familia feliz que amaba a Dios.
A Rut y a Orfa les encantaba formar parte de esta familia feliz que dejaba brillar su amor a Dios.
Un día muy triste
Durante diez años, Noemí, Mahlón, Quelión, Rut y Orfa vivieron como una familia feliz en Moab. Trabajaban, comían, reían y adoraban a Dios juntos.
Mientras, en Canaán, la vida seguía siendo muy dura. Durante los diez años que Noemí y su familia llevaban fuera, no había llovido, por lo que no había comida. ¿Te imaginas pasar hambre durante diez años enteros?
Pero, gracias a Dios, la tierra de Moab era muy diferente. La familia de Noemí tenía mucho para comer. Siempre había pan para hornear y una gran olla de delicioso guiso para alimentarse.
Sin embargo, un día, sucedió algo muy triste. ¿Qué sucedió? Lean Rut 1:5. Noemí perdió a sus dos amados hijos. Rut y Orfa perdieron a sus esposos. Las tres mujeres se abrazaron y lloraron. Aunque no podían verlo, Dios estaba allí consolándolas. «El Señor está cerca de los que tienen quebrantado el corazón» (Salmo 34:18).
Pronto, la tristeza de Noemí se alivió con buenas noticias. «Se enteró de que el Señor había bendecido a su pueblo en Judá al volver a darle buenas cosechas» (Rut 1:6). ¡En Belén habría pronto alimentos para comer! En ese momento tan triste, Dios estaba ayudando a Noemí. Él promete: «Yo soy el Señor tu Dios, que […] te guía por las sendas que debes seguir» (Isaías 48:17). Era hora de volver a casa.
Tú primero
Noemí se despertó una nueva mañana con un nuevo plan. Rápidamente se puso a trabajar limpiando, recogiendo y empacando sus cosas. ¡Era hora de volver a casa!
Rut y Orfa amaban tanto a Noemí que no querían que se fuera sola. Sabían que
las necesitaba y decidieron irse ellas también de Moab, para acompañar a su
suegra. Empaquetaron todas las cosas que pudieron llevarse y emprendieron el
largo viaje a Belén.
Noemí observaba a las valientes Rut y Orfa mientras avanzaban lentamente por
el polvoriento camino. Eran muy amables al acompañarla, pero era un gran
cambio para ellas dejar su hogar y su país.
De repente, Noemí se volvió hacia Rut y Orfa, y les dijo: «Vuelva cada una a la casa de su madre, y que el Señor las recompense por la bondad que mostraron a sus esposos y a mí. Que el Señor las bendiga con la seguridad de un nuevo matrimonio» (Rut 1:8, 9).
¿Qué le respondieron Rut y Orfa? Lean Rut 1:10.
Sin embargo, Noemí ya había tomado la decisión. Quería lo mejor para ellas.
Poner a los demás en primer lugar es la manera de actuar de Dios.
La Biblia dice: «No se ocupen solo de sus propios intereses, sino también procuren interesarse en los demás» (Filipenses 2:4). Las tres mujeres estaban reflejando el amor de Dios. Con la ayuda del Señor, tú también puedes reflejarlo.
Una maravillosa promesa
¿Qué harían Rut y Orfa? Miraron el camino que aún tenían por delante y luego el que ya habían dejado atrás. ¿Darían media vuelta para regresar a Moab con sus familias o irían con Noemí a una nueva tierra lejana?
«Entonces volvieron a llorar juntas y Orfa se despidió de su suegra con un beso» (Rut 1:14). ¿Qué hizo Rut? Lean el resto de Rut 1:14.
Orfa se dio la vuelta para irse con su familia, mientras que Rut se quedó
con Noemí.
«—Mira —le dijo Noemí—, tu cuñada regresó a su pueblo. […] Tú deberías hacer
lo mismo» (Rut 1:15).
Noemí seguía queriendo lo mejor para Rut.
Rut miró a Noemí a los ojos y le dijo:
«—No me pidas que te deje y regrese a mi pueblo. A donde tú vayas, yo iré; dondequiera que tú vivas, yo viviré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios será mi Dios» (Rut 1:16).
¡Guau! Rut había visto la bondad de Dios brillar tan intensamente a través de la vida de Noemí que ahora su corazón también resplandecía con el amor de Dios. Quería permanecer cerca de Noemí y cerca de Dios para siempre.
Nuestro versículo para memorizar dice: «Procuren […] que su luz brille delante de la gente, para que […] todos alaben a su Padre que está en el cielo» (Mateo 5:16, DHH). Pídele a Dios que te ayude a brillar hoy.
La serpiente venenosa
Jume y su mamá eran nuevos creyentes. Habían estudiado la Biblia con los adventistas y habían aprendido sobre Jesús y el sábado. Jume trabajaba mucho cultivando y vendiendo alimentos del huerto familiar.
Un día, Jume decidió pedir trabajo extra en una plantación de té. Pero el propietario, el Sr. McDonald, le dijo que debía trabajar los sábados. Jume negó con la cabeza y le dijo que no podía, porque el sábado es el día de descanso que Dios creó. Mientras Jume se alejaba en silencio, el Sr. McDonald le gritó palabras desagradables y lo insultó.
Unos días más tarde, Jume, que iba de camino al mercado, se detuvo en la plantación de té para venderle hortalizas y verduras a la señora McDonald. ¡Ella le compró todo lo que tenía! Al ir saliendo de la casa, feliz con su venta, Jume pasó por delante de la oficina del señor McDonald. De repente, se detuvo y abrió los ojos con horror. ¡Una serpiente venenosa se estaba colando por la puerta abierta, hacia el interior de la oficina!
Jume vio que el Sr. McDonald estaba fuera y salió corriendo en dirección a él. Cuando el Sr. McDonald lo vio, empezó a gritarle: «¡Me acuerdo de ti! ¡Tú eres el que se niega a trabajar los sábados! ¡No te quiero ver en mi plantación!».
Con calma y amabilidad, Jume le respondió: «Vengo a decirle que una serpiente venenosa acaba de entrar en su oficina. No quiero que lo muerda».
Juntos entraron con cuidado en la oficina y comenzaron a buscar por todas partes. «Mire», dijo Jume, señalando a una carta que se movía sobre el escritorio. Tomó un palo, levantó lentamente la carta y golpeó a la serpiente. Luego la arrojó afuera.
El Sr. McDonald no podía pronunciar palabra. Estaba en shock por lo que acababa de pasar. «Podría haber muerto», dijo finalmente. «Precisamente venía a la oficina para contestar esa carta». Tras una pausa, añadió: «Voy a decirte algo más que gracias.
Puedes venir a trabajar mañana. Es evidente que puedo confiar en ti».
Al igual que las acciones de Jume brillaban para Dios, el Señor quiere que tú también «procures […] que tu luz brille delante de la gente, para que […] todos alaben a su Padre que está en el cielo» (Mateo 5:16, DHH).
Adaptada de «Jume», de Josephine Cunnington Edwards, Guide’s Greatest Mission Stories, © 2013, publicada por Review & Herald® Publishing Association. Usada con permiso.
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