Lección de Escuela Sabática de Adultos 4to Trimestre 2020, Escuela Sabática Adultos 4to Trimestre 2020, Lección 4to Trimestre 2020,
Lección 3: Para el 17 de octubre de 2020
LA LEY COMO EDUCADORA
LEE PARA EL ESTUDIO DE ESTA SEMANA: Deuteronomio 6:5; 31:9–27; Romanos 3:19–23; Apocalipsis 12:17; 14:12; Marcos 6:25–27; Hebreos 5:8.
PARA MEMORIZAR:
“Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas” (Deut. 6:5).
Al advertir a los gálatas contra el legalismo, Pablo escribió: “Si esto es así, ¿estará la ley en contra de las promesas de Dios? ¡De ninguna manera!Si se hubiera promulgado una ley capaz de dar vida, entonces sí que la justicia se basaría en la Ley” (Gál. 3:21, NVI). Por supuesto, si alguna ley hubiera podido dar vida, esa habría sido la Ley de Dios. Y, sin embargo, el argumento de Pablo es que para nosotros, como pecadores, incluso la Ley de Dios no nos puede vivificar. ¿Por qué? “Pero la Escritura declara que todo el mundo es prisionero del pecado, para que mediante la fe en Jesucristo lo prometido se les conceda a los que creen” (3:22, NVI).
Si la Ley no puede dar vida a los pecadores, ¿cuál es su propósito, aparte de mostrarnos nuestra necesidad de la gracia? La Ley, entonces, ¿solo cumple una función negativa, solo está allí para mostrarnos nuestros pecados?
No, la Ley también existe para señalarnos el camino de la vida, que solo se encuentra en Jesús. De esto debería tratarse también la verdadera educa-ción, que nos indica una vida de gracia, de fe y de obediencia a Cristo. Esta semana estudiaremos el papel de la Ley de Dios en todo el planteamiento de la educación cristiana. Aunque esta Ley no pueda salvarnos, veamos lo que sí puede enseñarnos sobre la fe, la gracia y el amor de Dios.
Sábado
En el Sermón del Monte de Cristo fueron dadas la luz y la verdad, y se establecieron principios que se aplican a toda condición de la vida, y a todo deber que Dios requiere de nosotros. Cristo había venido para magnificar y engrandecer la ley que él mismo había proclamado desde el Monte Sinaí a su pueblo escogido durante su peregrinación por el desierto…
En todas sus lecciones, Cristo buscó impresionar en las mentes y los corazones de sus oyentes los principios que subyacen a la gran norma de justicia. Les enseñó que si guardaban los mandamientos de Dios, el amor por Dios y por sus prójimos se manifestaría en su vida diaria. Buscó inculcar en sus corazones el amor que sentía por la humanidad. De esta forma sembró las semillas de la verdad, cuyos frutos producirán una rica cosecha de santidad y belleza de carácter. La santa influencia no solo se seguirá extendiendo mientras el tiempo dure, sino que sus resultados se sentirán por toda la eternidad. Santificará las acciones y tendrá una influencia purificadora donde quiera que exista (Reflejemos a Jesus, p. 53).
La ley no se proclamó en [el Sinaí] para beneficio exclusivo de los hebreos. Dios los honró haciéndolos guardianes y custodios de su ley; pero habían de tenerla como un santo legado para todo el mundo. Los preceptos del Decálogo se adaptan a toda la humanidad, y se dieron para la instrucción y el gobierno de todos. Son diez preceptos, breves, abarcantes, y autorizados, que incluyen los deberes del hombre hacia Dios y hacia sus semejantes; y todos se basan en el gran principio fundamental del amor. “Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y de todas tus fuerzas, y de todo tu entendimiento; y a tu prójimo como a ti mismo”. Lucas 10:27; véase también Deuteronomio 6:4, 5; Levítico 19:18. En los diez mandamientos estos principios se expresan en detalle, y se presentan en forma aplicable a la condición y circunstancias del hombre (Historia de los patriarcas y profetas, p. 312).
El Salvador simbolizado en los ritos y ceremonias de la ley judía es el mismo que se revela en el evangelio. Las nubes que envolvían su divina forma se han esfumado; la bruma y las sombras se han desvanecido; y Jesús, el Redentor del mundo, aparece claramente visible. El que proclamó la ley desde el Sinaí, y entregó a Moisés los preceptos de la ley ritual, es el mismo que pronunció el sermón sobre el monte. Los grandes principios del amor a Dios, que él proclamó como fundamento de la ley y los profetas, son solo una reiteración de lo que él había dicho por medio de Moisés al pueblo hebreo: “Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es. Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todo tu poder”. Y “amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Deuteronomio 6:4, 5; Levítico 19:18. El Maestro es el mismo en las dos dispensaciones. Las demandas de Dios son las mismas. Los principios de su gobierno son los mismos. Porque todo procede de Aquel “en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación”. Santiago 1:17 (Historia de los patriarcas y profetas, p. 390).
AMAR Y TEMER A DIOS
El libro de Deuteronomio contiene las últimas palabras de Moisés a Israel antes de una nueva generación, la que finalmente entrará en la Tierra Pro-metida. Pero, antes de entrar, él les habla muy claro y les da instrucciones precisas.
Lee Deuteronomio 31:9 al 13. ¿Qué significa temer a Jehová?
Dios fue deliberado en las formas de impartir su Ley a Israel. Hizo todas las provisiones para que sus leyes no quedaran en el olvido. De modo que Dios es un educador paciente. Enseña, repite, envía a profetas y utiliza a sus siervos para impartir su mensaje. Y lo hizo vez tras vez. De hecho, gran parte de los escritos del Antiguo Testamento ¿no son, acaso, intentos de Dios de enseñar a su pueblo a seguir el camino de la vida?
Observa en estos versículos que Moisés enfatiza la importancia de que las generaciones futuras aprendan la Ley. Moisés lo describe como un proceso de dos pasos. En primer lugar, los niños oyen la Ley, y luego “aprend[en ] a temer a Jehová vuestro Dios” (Deut. 31:13).
En primer lugar oyen, y luego aprenden a temer a Dios. Es decir, aprender la Ley presupone que el temor no será un resultado natural de conocerla. El proceso de temer a Dios debe aprenderse. Moisés da a entender que el conocimiento y el temor son un proceso, no una relación inmediata de causa y efecto.
Además, ¿qué significa “temer a Jehová” cuando se dice al pueblo: “Amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas” (6:5)? Quizá podamos compararlo con la forma en que un niño ama y teme a un buen padre, un padre que revela su amor y su cuidado al demostrar que habla en serio. Con un padre así, si haces algo malo, de hecho sufrirás las consecuencias de esa mala acción. Sí, nosotros podemos y debemos amar y temer a Dios al mismo tiempo. No son ideas contradic-torias. Cuanto más aprendemos acerca de Dios, más lo amamos a causa de su bondad; y, sin embargo, al mismo tiempo, cuanto más conocemos a Dios, más podemos temerlo también, porque podemos ver cuán santo y justo es él y cuán pecaminosos e injustos somos nosotros, en contraste, y que solo por gracia (mérito inmerecido) no somos destruidos.
■ ¿Cómo entiendes lo que significa amar y temer a Dios al mismo tiempo?
Domingo
Los maestros religiosos debieran prestar mayor atención a la obra de instruir al pueblo en los hechos y las lecciones de la historia bíblica, y asimismo en las advertencias y los requisitos del Señor. Todas estas cosas deben presentarse en lenguaje sencillo, adaptado a la comprensión de los niños. Cuidar de que los jóvenes reciban instrucción en las Escrituras debe ser parte de la obra de los ministros y de los padres de familia.
Los padres de familia pueden y deben interesar a sus hijos en los variados conocimientos que se encuentran en las sagradas páginas. Pero si quieren interesar a sus hijos e hijas en la Palabra de Dios, ellos mismos deben sentir interés por ella… Deuteronomy 11:19. Los que quieran que sus hijos amen y reverencien a Dios deben hablar de su bondad, majestad y poder según se revelan en su Palabra y en las obras de la creación.
Cada capítulo y cada versículo de la Biblia es una comunicación directa de Dios a los hombres. Debiéramos atar sus preceptos en nuestras manos como señales y como frontales entre nuestros ojos. Si se los estudia y obedece, conducirán al pueblo de Dios, como fueron conducidos los israelitas por la columna de nube durante el día y la columna de fuego durante la noche (Historia de los patriarcas y profetas, pp. 537, 538).
La verdadera reverencia hacia Dios nos es inspirada por un sentido de su infinita grandeza y un reconocimiento de su presencia. Este sentido del Invisible debe impresionar profundamente todo corazón. La presencia de Dios hace que tanto el lugar como la hora de la oración sean sagrados. Y al manifestar reverencia por nuestra actitud y conducta, se profundiza en nosotros el sentimiento que la inspira. “Santo y temible es su nombre” (Salmos 111:9, VM), declara el salmista. Los ángeles se velan el rostro cuando pronuncian ese nombre. ¡Con qué reverencia debieran pronunciarlo nuestros labios, puesto que somos seres caídos y pecaminosos! (Profetas y reyes, p. 34).
Dios quiere que advirtáis la presencia divina. Su paz y consuelo, su gracia y gozo transformarán la sombra de muerte en radiante mañana y bienaventurada luz… Un espíritu de reverencia comprende que el corazón debe ser custodiado por el poder de Dios. Los ángeles ministradores abren los ojos de la mente y el corazón para que estos puedan ver cosas admirables en la ley divina, en el mundo natural y en las cosas eternas reveladas por el Espíritu Santo (Mi vida hoy, p. 300).
Dios nos amó con amor indecible, y nuestro amor hacia él aumenta a medida que comprendemos algo de la largura, la anchura, la profundidad y la altura de este amor que excede todo conocimiento. Por la revelación del encanto atractivo de Cristo, por el conocimiento de su amor expresado hacia nosotros cuando aún éramos pecadores, el corazón obstinado se ablanda y se somete, y el pecador se transforma y llega a ser hijo del cielo. Dios no utiliza medidas coercitivas; el agente que emplea para expulsar el pecado del corazón es el amor. Mediante él, convierte el orgullo en humildad, y la enemistad y la incredulidad, en amor y fe…
UN TESTIGO CONTRA NOSOTROS
Cuando Moisés se entera de que pronto morirá, es totalmente consciente de la situación que dejará atrás. Él sabe que, después de su muerte, los is-raelitas entrarán en la Tierra Prometida de Canaán. También sabe que se volverán rebeldes al llegar a su destino, tan anhelado.
Lee Deuteronomio 31:14 al 27. ¿Qué preparativos hace Moisés antes de su muerte? ¿Cuáles eran las principales preocupaciones de Moisés y cómo las aborda?
El tono de Moisés quizá parezca el de un maestro que se prepara para un suplente. Él sabe que sus alumnos se han portado mal en su presencia en el aula; no es tan ingenuo como para pensar que no se rebelarán en su ausencia. Instruye a los levitas que llevaron el Arca del Pacto para que coloquen el Libro de la Ley junto al Arca para que sirva de “testigo”. Moisés no está simplemente comunicando un plan de clase para su suplente, está dejando un testigo. Moisés habla del Libro de la Ley como si fuera un ser vivo con poder para reprender el corazón de los hombres.
Piensa en la Ley como un “testigo contra” ellos. ¿Cómo entendemos esta idea también en el Nuevo Testamento? Ver Romanos 3:19 al 23. Es decir, ¿cómo nos señala la Ley nuestra necesidad de la gracia?
En Deuteronomio 31, Dios ordena a Moisés que escriba un cántico que el Señor enseñó a Moisés. Luego Moisés deberá enseñarles el cántico a los israelitas para que, como indica el versículo 19, “me sea por testigo contra los hijos de Israel”. Nuevamente vemos las directivas de Dios personifi-cadas. Un canto, al entonarlo, se comparte y se difunde con más facilidad. Y, cuando un canto es testigo, tiene la capacidad de hacer que la gente haga un autoexamen y vea lo que este dice de ella.
■ Aun cuando tratamos de obedecer la Ley divina con toda la fuerza que Dios nos da, ¿de qué manera su Ley funciona como un “testigo contra” nosotros? ¿Qué nos enseña este testigo sobre la necesidad del evangelio en nuestra vida?
Lunes
Durante las peregrinaciones en el desierto, el Señor había tomado amplias disposiciones para que sus hijos recordasen las palabras de su ley. Después que se establecieran en Canaán, los preceptos divinos debían repetirse diariamente en cada hogar; debían escribirse con claridad en los dinteles, en las puertas y en tablillas recordativas. Debían componerse con música y ser cantados por jóvenes y ancianos. Los sacerdotes debían enseñar estos santos preceptos en asambleas públicas, y los gobernantes de la tierra debían estudiarlos diariamente. El Señor ordenó a Josué acerca del libro de la ley: “Antes de día y noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito: porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien”. Josué 1:8 (Profetas y reyes, p. 342).
Cuando comience el juicio y todos sean juzgados por las cosas escritas en los libros, la autoridad de la ley de Dios será considerada en una luz completamente diferente de la que ahora existe en el mundo cristiano. Satanás ha cegado los ojos de ellos y ha confundido su entendimiento, así como confundió y cegó a Adán y a Eva y los indujo a la transgresión. La ley de Jehová es grande, así como su autor es grande. En el juicio será reconocida como santa, justa y buena en todos sus requerimientos. Los que quebrantan esa ley, comprenderán que tienen una seria cuenta que arreglar con Dios, pues las exigencias de Dios son decisivas (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 7, p. 997).
Dios exige en este tiempo precisamente lo que demandó de la santa pareja en el Edén: perfecta obediencia a sus mandatos. Su ley permanece inmutable en todos los siglos. La gran norma de justicia presentada en el Antiguo Testamento no es rebajada en el Nuevo Testamento. La obra del evangelio no es debilitar las exigencias de la santa ley de Dios, sino elevar a los hombres hasta el punto donde puedan guardar sus preceptos.
La fe en Cristo que salva el alma no es lo que presentan muchos. “Cree, cree —es su clamor—; solamente cree en Cristo y serás salvo. Eso es todo lo que tienes que hacer”. La verdadera fe confía plenamente en Cristo para la salvación, pero al mismo tiempo inducirá a una perfecta conformidad con la ley de Dios. La fe se manifiesta mediante las obras. Y el apóstol Juan declara: “El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso”…
Es imposible que exaltemos la ley de Jehová a menos que nos aferremos de la justicia de Jesucristo (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 6, pp. 1072, 1073).
PARA QUE SEAS PROSPERADO
En la Biblia, de principio a fin escuchamos hablar de otros resultados de conocer y obedecer la Ley de Dios.
Lee Josué 1:7 y 8. ¿Qué le estaba diciendo el Señor a Josué, y cómo se aplican hoy a nosotros los principios que allí se encuentran?
El Señor dice a Josué, cuando entra en Canaán: “Solamente esfuérzate y sé muy valiente, para cuidar de hacer conforme a toda la Ley que mi siervo Moisés te mandó; no te apartes de ella ni a diestra ni a siniestra, para que seas prosperado en todas las cosas que emprendas” (Jos. 1:7).
Esta noción de éxito como un subproducto de la obediencia puede pa-recer contraria a la forma en que se mide el éxito en nuestro mundo actual. Muchos creen hoy que las marcas del éxito son la innovación, la creatividad y la autosuficiencia. Para tener éxito en una industria en particular, a me-nudo se requiere asumir riesgos y tener un talento extraordinario.
Sin embargo, a los ojos de Dios, el éxito requiere un conjunto diferente de recursos.
Lee Apocalipsis 12:17; 14:12; Romanos 1:5; 16:26; y Santiago 2:10 al 12. ¿Qué nos dicen estos versículos hoy sobre la obediencia a la Ley de Dios? Es decir, aunque no somos salvos por obedecer la Ley de Dios, ¿por qué es tan impor-tante que aun así la obedezcamos?
Antiguo Testamento, Nuevo Testamento, Antiguo Pacto, Nuevo Pacto, no importa: como cristianos que creemos en la Biblia, somos llamados a obedecer la Ley de Dios. La transgresión de la Ley, también llamada pecado, solo puede acarrear dolor, sufrimiento y la muerte eterna. ¿Quién no ha aprendido o visto de primera mano los resultados del pecado, los resultados de la transgresión de la Ley de Dios? Así como el antiguo Israel prosperaría al obedecer la Ley (a pesar de que también necesitaba la gracia), así también nosotros hoy. Por lo tanto, como parte de la educación cristiana, debemos guardar la Ley de Dios como un componente central de lo que significa vivir por fe y confiar en la gracia de Dios.
■ ¿Cuál ha sido tu experiencia con las consecuencias del pecado? ¿Qué has aprendi-do que podrías compartir con los demás para que, quizá, no cometan los mismos errores?
Martes
Si los hombres caminan en el sendero que Dios les ha señalado, tendrán un consejero cuya sabiduría está por encima de toda sabiduría humana. Josué era un general sabio porque Dios era su guía. La primera espada que Josué usó fue la espada del Espíritu, la Palabra de Dios…
Debido a que Josué tendría que hacer frente a las influencias más fuertes que se levantarían en contra de sus principios de justicia, el Señor misericordiosamente le encomendó que no se apartara ni a diestra ni a siniestra. Debía seguir un camino de estricta integridad… Si no hubiera habido peligro delante de Josué, Dios no le hubiera repetido una y otra vez que fuese valiente. Pero en medio de todas sus inquietudes, Josué tenía su Dios para guiarle…
Josué, el dirigente de Israel, escudriñó diligentemente los libros en los cuales Moisés había anotado fielmente las instrucciones impartidas por Dios… para no actuar imprudentemente (Conflicto y valor, p. 116).
Así como la Biblia presenta dos leyes, una inmutable y eterna, la otra provisional y temporaria, así también hay dos pactos. El pacto de la gracia se estableció primeramente con el hombre en el Edén, cuando después de la caída se dio la promesa divina de que la simiente de la mujer heriría a la serpiente en la cabeza. Este pacto puso al alcance de todos los hombres el perdón y la ayuda de la gracia de Dios para obedecer en lo futuro mediante la fe en Cristo. También les prometía la vida eterna si eran fieles a la ley de Dios. Así recibieron los patriarcas la esperanza de la salvación…
Aunque este pacto fue hecho con Adán, y más tarde se le renovó a Abraham, no pudo ratificarse sino hasta la muerte de Cristo. Existió en virtud de la promesa de Dios desde que se indicó por primera vez la posibilidad de redención. Fue aceptado por fe: no obstante, cuando Cristo lo ratificó fue llamado el pacto nuevo. La ley de Dios fue la base de este pacto, que era sencillamente un arreglo para restituir al hombre a la armonía con la voluntad divina, colocándolo en situación de poder obedecer la ley de Dios (Historia de los patriarcas y profetas, pp. 386, 387).
Debemos tomar nuestra posición reconociendo plenamente el poder y la autoridad de la Palabra de Dios, sea que esté de acuerdo con nuestras opiniones preconcebidas o no. Tenemos un libro guía perfecto. El Señor nos ha hablado; y sean cuales fueren las consecuencias, debemos recibir su Palabra y practicarla en la vida diaria; de lo contrario, estaremos escogiendo nuestra propia versión del deber y haciendo exactamente lo contrario de lo que nuestro Padre celestial ha planeado que hagamos.
No nos pertenecemos a nosotros mismos para hacer lo que nos plazca. Somos llamados a ser representantes de Cristo. Fuimos comprados por precio. Como hijos e hijas elegidos de Dios, hemos de ser hijos obedientes, que actúen de acuerdo con los principios de su carácter como están revelados por medio de su Hijo (El ministerio médico, pp. 337, 338).
EL AFÁN Y LAS LUCHAS DE LOS QUE GUARDAN LA LEY
Hay grandes beneficios al cumplir la Ley de Dios, como se evidencia con las personas a quienes Dios prosperó. Josué se atuvo a los preceptos de Dios y dirigió bien al pueblo de Israel. Vez tras vez, el Señor le dijo a Israel que si obedecían la Ley prosperarían.
Lee 2 Crónicas 31:20 y 21. ¿Cuáles fueron las razones clave en este pasaje para la prosperidad de Ezequías?
Cualquiera que sea el lugar que ocupemos en la educación, debemos en-fatizar la importancia de la obediencia. Sin embargo, nuestros alumnos no son tontos. Tarde o temprano constatarán que algunos son fieles, amantes y obedientes, y aun así, ¿qué? ¡También les ocurren desastres! ¿Cómo expli-camos esto? Lo cierto es que no podemos. Vivimos en un mundo de pecado, de maldad, un mundo en el que el Gran Conflicto hace estragos, y ninguno de nosotros es inmune a él.
¿Qué nos enseñan los siguientes pasajes sobre esta difícil pregunta? Marcos 6:25–27; Job 1; 2; 2 Corintios 11:23-29.
Sin lugar a dudas, las personas buenas y fieles, las personas respetuosas de la Ley, no siempre han prosperado, al menos según el mundo entiende la prosperidad. Y esta también podría ser una respuesta parcial a esta pregunta difícil, una pregunta que sin duda surgirá al intentar enseñar la importancia de la Ley. ¿Qué queremos decir exactamente con “prosperidad”? ¿Qué dijo el salmista? “Mejor es un día en tus atrios que mil fuera de ellos” (Sal. 84:10). Indudablemente, según los estándares del mundo, incluso quienes son fieles a Dios y obedientes a su Ley no siempre “prosperan”; al menos, por ahora. Perjudicamos a nuestros alumnos si les decimos lo contrario.
■ Lee Hebreos 11:13 al 16. ¿Cómo nos ayudan estos versículos a entender por qué los que son fieles, aun así, sufren en esta vida?
Miércoles
Ezequías y sus asociados instituyeron varias reformas para fortalecer los intereses espirituales y temporales del reino. “En todo Judá”, el rey “ejecutó lo bueno, recto, y verdadero, delante de Jehová su Dios. En todo cuanto comenzó … hízolo de todo corazón, y fue prosperado”. “En Jehová Dios de Israel puso su esperanza, … y no se apartó de él, sino que guardó los mandamientos que Jehová prescribió a Moisés. Y Jehová fue con él; y en todas las cosas a que salía prosperaba”. 2 Crónicas 31:20, 21; 2 Reyes 18:5-7.
El reinado de Ezequías se caracterizó por una serie de providencias notables, que revelaron a las naciones circundantes que el Dios de Israel estaba con su pueblo…
Desde los tiempos de David, no había reinado rey alguno que hubiese obrado tan poderosamente para la edificación del reino de Dios en un tiempo de apostasía y desaliento. El moribundo rey había servido fielmente a su Dios, y había fortalecido la confianza del pueblo en Jehová como su Gobernante supremo (Profetas y reyes, pp. 250-252).
Jesús no se interpuso para librar a su siervo [Juan el bautista]. Sabía que Juan soportaría la prueba. Gozosamente habría ido el Salvador a Juan, para alegrar la lobreguez de la mazmorra con su presencia. Pero no debía colocarse en las manos de sus enemigos, ni hacer peligrar su propia misión. Gustosamente habría librado a su siervo fiel. Pero por causa de los millares que en años ulteriores debían pasar de la cárcel a la muerte, Juan había de beber la copa del martirio. Mientras los discípulos de Jesús languideciesen en solitarias celdas, o pereciesen por la espada, el potro o la hoguera, aparentemente abandonados de Dios y de los hombres, ¡qué apoyo iba a ser para su corazón el pensamiento de que Juan el Bautista, cuya fidelidad Cristo mismo había atestiguado, había experimentado algo similar!
Se le permitió a Satanás abreviar la vida terrenal del mensajero de Dios; pero el destructor no podía alcanzar esa vida que “está escondida con Cristo en Dios”. Colosenses 3:3. Se regocijó por haber causado pesar a Cristo; pero no había logrado vencer a Juan. La misma muerte le puso para siempre fuera del alcance de la tentación. En su guerra, Satanás estaba revelando su carácter. Puso de manifiesto, delante del universo que la presenciaba, su enemistad hacia Dios y el hombre (El Deseado de todas las gentes, p. 196).
A todos nos tocan a veces momentos de intensa desilusión y profundo desaliento, días en que nos embarga la tristeza y es difícil creer que Dios sigue siendo el bondadoso benefactor de sus hijos terrenales; días en que las dificultades acosan al alma, en que la muerte parece preferible a la vida. Entonces es cuando muchos pierden su confianza en Dios y caen en la esclavitud de la duda y la servidumbre de la incredulidad. Si en tales momentos pudiésemos discernir con percepción espiritual el significado de las providencias de Dios, veríamos ángeles que procuran salvarnos de nosotros mismos y luchan para asentar nuestros pies en un fundamento más firme que las colinas eternas; y nuestro ser se compenetraría de una nueva fe y una nueva vida (Profetas y reyes, p. 119).
JESÚS, NUESTRO EJEMPLO
Jesucristo, el Hijo de Dios, fue el único que vivió en perfecta obediencia al Padre, en perfecta obediencia a la Ley de Dios. Hizo esto para poder ser no solo nuestro Sustituto, sino también nuestro Ejemplo.
Lee los siguientes pasajes: Lucas 2:51, 52; Filipenses 2:8; Hebreos 5:8; Juan 8:28, 29. ¿Cómo nos recuerdan la obediencia de Cristo a lo largo de su vida?
Quizá Juan lo haya expresado mejor al escribir esto: “El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo” (1 Juan 2:6). Cuando fijamos nuestros vista en la vida de Cristo y su ministerio en la Tierra, es fácil ver cómo complació al Padre con su obediencia. Cristo cumplió la profecía y obedeció las leyes de Dios durante toda su vida.
Así como Dios dijo a Moisés que escribiera su Ley para que fuera un testimonio para Israel, Cristo fue la encarnación viva del testimonio para sus apóstoles, sus discípulos, los pecadores y los santos. Ahora, en lugar de tener solo un conjunto de reglas para seguir, también tenemos que seguir el ejemplo de Jesús, un ser humano de carne y hueso, aunque divino.
Como maestros, ¿qué mejor modelo para seguir podemos presentar a los alumnos que el modelo de Jesús en su obediencia al Padre?
“Esa así llamada fe en Cristo que profesa eximir a los hombres de la obligación de obedecer a Dios no es fe sino presunción. ‘Por gracia sois salvos por medio de la fe’. Pero ‘la fe, si no tiene obras, está completamente muerta’ (Efe. 2:8; Sant. 2:17). Antes de venir a la Tierra, Jesús dijo de sí mismo: ‘Me complazco en hacer tu voluntad, oh Dios mío, y tu Ley está en medio de mi corazón’ (Sal. 40:8). Y, poco antes de ascender al cielo, dijo otra vez: ‘Yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor’ (Juan 15:10). La Escritura dice: ‘En esto sabemos que nosotros lo conocemos, si guardamos sus mandamientos [...]. El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo” (1 Juan 2:3-6).
■ ¿Qué puedes hacer para seguir mejor el ejemplo de Cristo en todas las esferas de tu vida, y así ser un mejor maestro para los demás? Aunque es una idea vieja y trillada, ¿por qué lo que hacemos, nuestras acciones, hablan mucho más fuerte que lo que decimos?
Jueves
“Si alguno quiere venir en pos de mí —dijo Cristo—, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame”. Lucas 9:23. Esta es la prueba del discipulado. Si los miembros de la iglesia fueran hacedores de la Palabra, como solemnemente se comprometieron hacerlo en ocasión de su bautismo, amarían a sus hermanos y estarían tratando continuamente de fomentar la unidad y la armonía…
Los que creen en Cristo y caminan humildemente con él… y tratan de ver qué pueden hacer para ayudar, bendecir y fortalecer las almas de los demás, colaboran con los ángeles que sirven a los herederos de la salvación. Jesús les da gracia, sabiduría y justicia, y los convierte en bendición para todos aquellos con quienes se relacionan. Mientras más humildes son en su propia opinión, más bendiciones reciben de Dios, porque estas no los exaltan. Usan correctamente sus bendiciones, porque las reciben para impartirlas (Cada día con Dios, p. 354).
Cristo vino a nuestro mundo y vivió en un hogar de aldeanos. Vistió las mejores ropas que sus padres pudieron proveerle, pero fueron ropas de campesino. Anduvo por ásperos senderos y escaló las pronunciadas laderas de las colinas y montañas. Cuando caminaba por las calles estaba aparentemente solo, porque los ojos humanos no podían contemplar a sus asistentes celestiales. Aprendió el oficio de carpintero, para poder señalar como honorable y ennoblecedora toda labor honesta realizada por los que trabajan con la mira puesta en la gloria de Dios…
Cristo, el Señor de toda la tierra, fue un humilde artesano. No fue comprendido, y se lo trató con desdén y desprecio. Pero había recibido su comisión y autoridad del poder más elevado, del Soberano del cielo. Los ángeles fueron sus servidores, porque Cristo estaba ocupado en los negocios de su Padre tanto cuando trabajaba junto al banco de carpintero como cuando realizaba milagros para las multitudes… Su obra comenzó al ennoblecer el humilde oficio del artesano que debía esforzarse por lograr su pan cotidiano… Si la vida de Cristo hubiera transcurrido entre los grandes y los ricos, el mundo de los que debían trabajar duramente se habría visto privado de la inspiración que el Señor quería que tuviera (Alza tus ojos, p. 65).
En vez de pensar en vuestros desalientos, pensad en el poder a que podéis aspirar en el nombre de Cristo. Aférrese vuestra imaginación a las cosas invisibles. Dirigid vuestros pensamientos hacia las manifestaciones evidentes del gran amor de Dios por vosotros. La fe puede sobrellevar la prueba, resistir a la tentación y mantenerse firme ante los desengaños. Jesús vive y es nuestro abogado. Todo lo que su mediación nos asegura es nuestro.
¿No creéis que Cristo aprecia a los que viven enteramente para él? ¿No pensáis que visita a los que, como el amado Juan en el destierro, se encuentran por su causa en situaciones difíciles? Dios no consentirá en que sea dejado solo uno de sus fieles obreros, para que luche con gran desventaja y sea vencido. Él guarda como preciosa joya a todo aquel cuya vida está escondida con Cristo en él. De cada uno de ellos dice: “Ponerte he como anillo de sellar: porque yo te escogí”. Hageo 2:23 (El ministerio de curación, pp. 388, 389).
PARA ESTUDIAR Y MEDITAR:
“El amor, base de la Creación y de la Redención, es el fundamento de la verdadera educación. Esto se ve claramente en la Ley que Dios ha dado como guía de la vida. El primero y grande mandamiento es: ‘Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente’ (Luc. 10:27). Amar al Ser infinito, omnisciente, con todas las fuerzas, la mente y el corazón, significa el desarrollo más elevado de todas las facultades. Significa que en todo el ser –el cuerpo, la mente y el alma– debe restaurarse la imagen de Dios.
“Semejante al primer mandamiento es el segundo: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’ (Mat. 22:39). La Ley de amor requiere la dedicación del cuerpo, la mente y el alma al servicio de Dios y de nuestros semejantes. Y este servicio, al par que nos constituye en bendición para los demás, nos proporciona a nosotros la más grande bendición. La abnegación es la base de todo verdadero desarrollo. Por medio del servicio abnegado, toda facultad nuestra adquiere su desarrollo máximo. Llegamos a participar cada vez más plenamente de la naturaleza divina. Somos preparados para el cielo, porque lo recibimos en nuestro corazón” (Ed 16).
PREGUNTAS PARA DIALOGAR:
1. Al igual que el Israel de la antigüedad, debemos amar a Dios y temer a Dios al mismo tiempo (Mat. 22:37; Apoc. 14:7). En clase, conversen sobre cómo podemos hacer ambas cosas. Además, respondan la pregunta: ¿Por qué estos dos mandamientos no son incompatibles entre sí?
2. ¿Cuál es la diferencia entre establecer una norma y formular una regla? Según tu experiencia, el Adventismo ¿está más preocupado por establecer normas elevadas dentro de su comunidad de creyen-tes o por instalar reglas que unan a su comunidad? ¿Qué dice la Es-critura acerca de establecer normas elevadas personales? ¿Y para nuestra familia? ¿Y nuestra iglesia?
3. ¿Cómo encontramos el equilibrio adecuado al mostrar la impor-tancia de la obediencia a la Ley de Dios y, al mismo tiempo, mostrar por qué esta obediencia no es el motivo de nuestra salvación?
4. Lee el Salmo 119 y observa cuántas veces se expresan las nociones de obediencia, libertad, leyes, reglas y mandamientos. ¿Qué quiere transmitir el autor del Salmo 119 sobre estos temas?
Viernes
Exaltad a Jesús, 10 de abril, “Hay que comparar la escritura con la escritura”, p. 108;
Alza tus ojos, 28 de diciembre, “Edúqueses para creer”, p. 374.
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Dios lo bendiga!!!
Lección 3
EL SÁBADO ENSEÑARÉ...
Parte I: RESEÑA
La Ley tiene un problema de relaciones públicas. Esto es lamentable porque la Ley y el Dios que la dio tienen mucho que enseñarnos. Algunos cristianos se sienten confundidos acerca de cómo funciona la Ley en la vida debido al énfasis paulino de que no somos “justificados” por la Ley sino mediante la fe (Gál. 2:16). Pero, prescindir de la Ley solo porque no funciona en un ámbito sería como deshacerse de la tostadora porque no aspira bien el piso. Parece que la gente se ha contentado simplemente con saber lo que la Ley no hace en lugar de lo que sí hace.
Pero, quienes están en una relación de pacto bien orientada con Dios no tienen motivos para sufrir ansiedad o aversión hacia la Ley. Una buena prueba de si tenemos una relación sana con Dios y su Ley es si podemos decir con David: “¡Oh, cuánto amo yo tu ley!” (Sal. 119:97). Los que protestan diciendo: “Y ¿qué decir del amor, la gracia o Jesús?” se sorprenderán. La ley más importante de todas, la flor y nata de todas las leyes, es la ley del amor. “Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas”. Esta es la mayor de todas las leyes; al menos, eso es lo que Jesús creía (Deut. 6:5; Mat. 22:36, 37). Si la gente tiene problemas con la justicia, ¿también discrepa con esta ley? Por ende, se puede afirmar que hay suficiente respaldo del rey David y del rey Jesús para dar a la Ley la oportunidad como instructora de la vida y como una revelación del Dios que la dio.
Parte II: COMENTARIO
Texto bíblico
Al planificar una velada con amigos, es probable que nadie recomiende: “Reunámonos para que podamos leer y estudiar algunas leyes”. Es comprensible que la mayoría sienta aversión al tema de la Ley en la Biblia. Mayormente, hay un ciclo deprimente de (1) leyes que se dan o se repiten, (2) leyes que se violan, y (3) la ira de Dios como resultado de la violación y las horribles consecuencias subsiguientes.
Este ciclo ocurre una y otra vez, hasta el punto en que nosotros, como lectores, nos preguntamos con frustración: “¿Cuál es el problema de Israel? Son el grupo de personas más terco y rebelde sobre la faz de la Tierra”. Actuamos conmocionados por los fracasos de Israel durante treinta segundos, y luego sucede algo. Lentamente apartamos la mirada de la nación de Israel, nos miramos al espejo proverbial y vemos el reflejo de nuestras historias personales. Si somos honestos, veremos algunas similitudes sorprendentes entre nosotros e Israel y, al igual que el rey David se condenó involuntariamente al escuchar la parábola de Natán, nosotros también escuchamos que la Ley nos anuncia: “Tú eres aquel hombre” (2 Sam. 12:7)
Entonces, ¿qué hay que aprender de este ciclo de Ley, pecado y condena bastante fatalista; un ciclo que tantos cristianos zanjan simplemente ignorando el tema de la Ley bíblica o saltando prematuramente a los temas del perdón, la gracia y la salvación? La respuesta se encuentra en el hecho de que Dios comparte con Moisés e Israel la predicción de la rebelión de Israel. “Este pueblo se levantará y fornicará tras los dioses ajenos […] y me dejará, e invalidará mi pacto” (Deut. 31:16). Luego, los hijos de Israel aprenden un cántico de 43 versos (Deut. 32), que nunca deben olvidar (Deut. 31:21), un cántico que explica exactamente esa predicción. Todo esto se hace a un paso de que se les otorgue la Tierra Prometida y las innumerables bendiciones que la acompañan.
Lo que aprendemos aquí es algo fundamental sobre Dios mismo. ¿Qué clase de ser es este que voluntariamente entra en una relación de pacto con un pueblo del que conoce de antemano que le será infiel? Muchas de las relaciones que los seres humanos entablamos se basan en riesgos potenciales y son probabilísticas. Nos casamos con la expectativa de que nuestro cónyuge nos será fiel hasta la muerte. Si no estuviéramos seguros, probablemente no nos comprometeríamos; si estuviésemos seguros de su futura infidelidad, definitivamente no nos comprometeríamos. Las amistades se forman bajo la presunción de que las partes no se convertirán en enemigos que apuñalan por la espalda. Y, sin embargo, el Dios de los hebreos, nuestro Dios, nos envuelve con los brazos abiertos, sabiendo que será apuñalado en la espalda por nuestro pecado y rebelión contra él. Esto es lo que se denomina sublime gracia.
Con todo, esta gracia se percibe con mayor nitidez al verla a través de ese ciclo “deprimente” del pueblo del Pacto llamado a una relación con Dios, gobernado por sus mandamientos y sus leyes, seguido de una desobediencia atroz. Esta perspectiva revela el corazón Dios, lleno de amor y de gracia, incluso antes de que las promesas de salvación y perdón se hiciesen explícitas. El mero hecho de que entable relaciones comprometidas con gente como nosotros ya es un milagro. Sus promesas posteriores de salvación, perdón y restauración son la simple consecuencia de un corazón divino que calcula el costo de nuestra rebelión y pecado, y concluye que el precio es lo suficientemente bajo como para tener la oportunidad de contar con nuestra compañía por la eternidad.
Para analizar: Rápidamente descubrimos que este Dador de la Ley no es un megalómano que simplemente trata de dominar a su Creación. Su disposición a hacer un pacto con personas que él sabía que lo violarían nos enseña algo sobre su carácter. ¿Qué nos enseña?
Texto bíblico
La lección del lunes muestra que, antes de que Moisés muriera, Dios le dio un cántico que el pueblo de Israel debía memorizar (Deut. 31:21). Este canto debía cumplir una función interesante. Dios dice que, después de que el pueblo entre en la tierra y se colme de su abundancia, recurrirá a otros dioses y romperá el pacto con su Dios. Como era de esperar, llegan los desastres y las maldiciones del Pacto. Cabe imaginar la trágica experiencia de pasar del apogeo de la prosperidad a ser diezmado por el hambre y la guerra (Deut. 32:23-25). “¿Por qué nos está pasando esto a nosotros?” Casi se puede escuchar el llanto de desesperación. “Ofrecimos nuestros sacrificios a los dioses, y ellos nos estuvieron bendiciendo y protegiendo” (Deut. 32:17; Ose. 2:5, 8). Es en este momento de desorientación, cuando Israel está cosechando la ira de Dios por su desobediencia, que es hora de entonar este canto.
La canción es intensa (Deut. 32). Cuenta la historia de la bondad de Dios en contraste con la maldad de su pueblo. Los llama a recordar “los tiempos antiguos”, cuando Dios les proveyó y los cuidó llevándolos “sobre sus plumas” (Deut. 32:7, 11). A la larga, en medio de su superabundancia, se olvidan de Dios y lo abandonan y, a su vez, sacrifican a los demonios (Deut. 32:17). Los versos desgarradores nos hablan de las desastrosas consecuencias. Pero hay indicios de que Dios no ha abandonado por completo a su pueblo: “El Señor defenderá a su pueblo […] tendrá compasión de sus siervos”; “Yo doy la muerte y devuelvo la vida, causo heridas y doy sanidad” y “Dios […] hará expiación por su tierra y por su pueblo” (Deut. 32:36, 39, 43, NVI). Dios le enseñó a su pueblo un canto que, aunque con una honestidad brutal, responderá todas sus preguntas, les contará de sus orígenes como pueblo, del Dios que rechazaron, de los dioses impotentes con los que lo reemplazaron, de la razón por la que están en ese caos y de la esperanza para el futuro.
La canción fue entonada por generaciones, y sirvió como advertencia y elemento de disuasión contra el peligro de desviarse del Dios de sus padres. Pero, en el apogeo de la prosperidad y la seguridad presuntuosa, debió de haber sonado pintoresco e irrelevante a sus oídos, si es que lo entonaban. Pero ahora que están sufriendo un caos por su culpa, el canto que sale de su propia boca sirve como un “testigo” contra ellos (31:19). Dios ha colocado dentro de la psiquis colectiva del pueblo de Israel cuál será su destino a menos que resista la idolatría de las naciones que lo rodean.
Este canto es trágico, pero desde una perspectiva pedagógica también es brillante. Establece claramente las consecuencias de la deslealtad al Pacto. Explica los porqués detrás de la difícil situación de ser devastados por la guerra y los elementos. Echa la culpa sobre los hombros de Israel, y libra a Dios de la culpabilidad por la destrucción casi total de su pueblo. ¿Se puede pensar en un mejor método para evitar el desastre nacional que inculcar un canto profético en la tradición oral de un pueblo, contando lo qué sucederá con su nación si rechaza al Dios que se la otorgó?
Para analizar: ¿Quién en algún momento no ha deseado contemplar el futuro para tomar mejores decisiones en el presente? Dios ha concedido este deseo, en buena medida, si tan solo leyéramos lo que él comparte proféticamente. La ironía es que, incluso con el canto profético en los labios de Israel, aun así, se metieron directamente en la peor situación posible (Dan. 9:13-15). ¿Qué nos enseña este resultado acerca de los beneficios o las desventajas de conocer el futuro?
Parte III: APLICACIÓN A LA VIDA
El primer paso para aplicar realmente la ley a la vida es leer y reflexionar en oración sobre ella. Y no estamos hablando solo de los Diez Mandamientos; estos siempre tendrán un lugar sagrado en los círculos cristianos y judíos, y está bien que así sea. La ley que se define como la Torá, o los primeros cinco libros de Moisés, es a la que se referían los antiguos cuando hablaban de la Ley. Una vez que nos damos cuenta de esto, la “ley” adquiere una definición que exige una ampliación. La historia del Jardín del Edén, esa es la Ley; todas las historias de Abraham, esa es la Ley; el cruce del Mar Rojo, eso es Ley; y así con lo demás. Por esta razón, la Ley también se traduce adecuadamente como “enseñanza”, o “instrucción”. Esta percepción inmediatamente hace que el título de la lección sea algo redundante (aunque necesario): La enseñanza como educadora. Sí, todos desearíamos permitir que la enseñanza que Dios nos dio realmente nos enseñe algo. Sería extraño pensar lo contrario, y qué lamentable es que a veces la Instrucción (es decir, la Ley) sea el último lugar donde la gente (incluso los cristianos) busquen instrucción. Sería casi cómico, si no fuera tan trágico. Leer con oración el contexto de las leyes de la Biblia, con esmeradas referencias cruzadas con el Nuevo Testamento, debería darnos estabilidad en la experiencia de aprender, vivir y amar la Ley de Dios.
"LA EDUCACIÓN"
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