Lección 5 de Intermediarios
ÉPOCA DE SIEBRA
Textos clave y referencias:
Mateo 13:1-9; 18-23;
Palabras de vida del gran Maestro, pp. 16-41
Versículo para Memorizar:
“Las palabras que les he hablado son espíritu y son vida”
(Juan 6:63).
Mensaje:
Dios nos da abundantemente el don de su Palabra.
Mateo 13:1-9; 18-23;
Palabras de vida del gran Maestro, pp. 16-41
Versículo para Memorizar:
“Las palabras que les he hablado son espíritu y son vida”
(Juan 6:63).
Mensaje:
Dios nos da abundantemente el don de su Palabra.
¿Alguna vez has trabajado en un jardín o en un sembradío? En algunas partes del mun do, la gente compra la mayor parte de su comida en un mercado. Quizá si Jesús hubiera vivido en esos lugares hoy, ¡habría contado una parábola de la sección de cereales! Sus parábolas hablaban siempre de cosas que eran conocidas. Él quería que la gente al verlas recordara las lecciones que él había enseñado.
Un muchacho cambió su pesado saco de semillas de su hombro derecho a su hombro izquierdo. Había estado con su padre sembrando desde temprano en la mañana. Él contaba sus años por las temporadas de siembra. Eran catorce desde que había podido caminar. Decidió que a él más bien le gustaba la ciudad, donde sus primos no necesitaban preocuparse por las temporadas de siembra.
—Es hora de comer —llamó su padre—. Espero que haya suficiente para satisfacer tu hambre —dijo sonriendo—. Es bueno que seamos campesinos. Escuché que el nuevo maestro contó una historia acerca de los sembrados —agregó en tono más serio.
—¿Al que llaman Jesús? —dijo el muchacho—. ¿Para qué hablaría acerca de la siembra?
—¿Para qué? ¿Qué clase de pregunta es esa? —dijo su padre, sacudiendo la cabeza—.
Nunca debería haberte dejado quedar en la ciudad con mi hermano.
—Bueno, ¿a quién le gustaría escuchar de eso? —dijo el joven entre dientes.
—A algunas personas les gusta el campo —dijo su padre—. Como te decía, un campesino estaba sembrando en un campo cerca del lago donde el Maestro habló desde un bote.
—¿Un bote? —preguntó el muchacho.
—Sí. Fue una brillante idea. La gente se apretujaba alrededor del Maestro tratando de escucharlo. Casi lo empujan al lago. Él subió a una embarcación. Todos pensaron, ¡Se terminó! Se está yendo. Pero en lugar de eso empujó el barco alejándolo de la orilla, tiró el ancla en el agua poco profunda, y empezó a enseñar. —Los ojos del padre brillaban mientras recordaba.
—Así que el Maestro señaló al campesino y nos dijo que lo observáramos. Todos se volvieron para mirar al campesino. Estaba sembrando en una colina más elevada. El Maestro hablaba acerca de sembrar. Sembrar, así como estamos haciendo nosotros. Mientras el campesino arqueaba su brazo sobre el terreno casi se podían ver las semillas volando.
El muchacho buscó otro higo en la canasta.
—El Maestro dijo: “Mientras el campesino esparcía la semilla, alguna cayó en el camino; fue pisoteada y las aves del cielo se la comieron. Otras cayeron sobre las piedras, y cuando brotaron, las plantas se quemaron porque no tenían humedad”.
—Eso nos enseña cuánto conocen los maestros acerca de la siembra —dijo el muchacho—. Ningún agricultor trataría de sembrar en un terreno como ese.
—No. Escucha —su padre movió las manos en el aire—. El Maestro dijo: “Otra semilla cayó entre las espinas, creció con ellas y estas ahogaron las plantas. Otra más cayó en buena
tierra. Esta creció y produjo una cosecha de cien veces
tanto lo que se había sembrado”. [Tomado de Lucas 8:5-8.]
—No capté la idea —dijo el muchacho.
—Ni yo tampoco —dijo su padre, especialmente cuando el Maestro terminó su historia diciendo: “El que tiene oídos para oír que oiga”, como si su mensaje
fuera claro como el cristal.
El muchacho miró a su padre. Sus ojos todavía brillaban. —He pensado mucho en esa historia —continuó su padre—. No creo que el Maestro estuviera hablando realmente acerca de sembrar la tierra.
—¿Mmm?
Creo que estaba hablando acerca de Dios.
—¿Así que piensas en Dios como el sembrador?
—Sí. El Maestro dijo: “El reino de Dios es como un sembrador...“.
—Entonces, ¿cuál es la semilla?
—Creo que la semilla es la Palabra de Dios.
El muchacho se enderezó. —¿Tú piensas en la Torá?
—Sí. ¿Has notado cómo cada sinagoga tiene los rollos? Tenemos la palabra de Dios en cada sinagoga. Es como la semilla.
Su padre alcanzó su costal de semillas y sacó un puñado lleno de semillas.
—A Dios no le preocupa dónde son plantadas sus semillas. No. Él las esparce por todas partes.
—Pero padre, eso parece como un despilfarro —dijo el muchacho—. En muchos lugares no les importa la Palabra de Dios. Por ejemplo, Nazaret.
—Es verdad, hijo mío —dijo su padre—. Pero el Sembrador celestial la esparce de todas maneras, esperando que echen raíces y crezcan. —Su padre sostuvo una semilla entre su dedo pulgar e índice—. Y ¿sabes qué?
—¿Qué?
—Ninguno sabe cuántas semillas producirá este grano, ¿verdad?
El muchacho movió su cabeza negativamente.
—Piensa cuántas semillas producirán todas las semillas de este saco.
—Sería imposible contarlas —dijo el mu chacho.
No estaba seguro de cómo hacer la pregunta que se estaba formando en su mente. —Papá —dijo—, ¿piensas que el Maestro sabe algo que nosotros no sabemos?
—¿Como qué?
—Bueno... ¿Crees que él conoce a Dios mejor que nosotros?
El padre miró intensamente en los ojos de su hijo. —Sí, creo que sí.
Tanto el padre como el muchacho se voltearon para mirar al campo que se exten día esperándolos. Repentinamente el mu cha cho se sintió contento de vivir en Galilea.
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Dios lo bendiga!!!
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