Lección 4 de Primarios
DE REGRESO A CASA
¿Recuerdas el canto que dice: “Yo tengo dos muñequitas hoy, y tú ninguna, qué lástima...”? Jacob y Esaú finalmente aprendieron a compartir sus bendiciones. Y Jesús quiere que tú también hagas lo mismo.
Génesis 32 y 33;
Patriarcas y profetas, cap. 17, pp. 173-179.
"Dios ha sido muy bueno conmigo, y tengo más de lo que necesito”
(Génesis 33:11).
Servimos a Dios cuando compartimos sus bendiciones con otras personas.
Jacob iba de regreso
a su casa y a su tierra. Dios le había dicho que lo hiciera. Pero estaba un
poco nervioso. Jacob recordaba cómo había entrampado a su hermano Esaú al
comprarle la primogenitura. Recordaba también cómo había engañado a su padre
para que le diera la bendición especial que debía ser de Esaú. Sí, Jacob sabía
que Esaú podía estar todavía muy enojado con él.
Jacob le pidió ayuda a Dios. Y Dios estaba con él. Viajaron con él dos ejércitos de ángeles, uno al frente y el otro atrás. Jacob pensaba en las promesas de Dios de que estaría con él siempre. Entonces le recordó a Dios esas promesas.
Jacob envió mensajeros con saludos para Esaú.
—Esto es lo que le tienen que decir a mi amo Esaú —les dijo—. “Tu siervo Jacob dice...”
Los mensajeros debían llamarlo “mi señor Esaú”. Eso le haría saber a Esaú que Jacob no venía a pelear con él. Le diría a Esaú que Jacob no venía a reclamar ninguna herencia ni posición.
Pero los mensajeros regresaron con noticias alarmantes. Esaú se acercaba con cuatrocientos hombres. ¿Lo atacaría Esaú? Jacob se hacía esa pregunta. ¿Qué le pasaría a sus esposas e hijos?Nuevamente Jacob se volvió a Dios y le recordó sus promesas.
Entonces Jacob le envió a decir a Esaú que venía de regreso a su hogar. También le envió muchos animales como regalo y el siguiente mensaje: “Tu siervo Jacob viene detrás de nosotros”. Jacob esperaba que Esaú estuviera dispuesto a perdonarlo por lo que le había hecho en el pasado.
Esa noche, Jacob envió a su familia y todas sus posesiones a cruzar un arroyo llamado Jaboc. Pero él se quedó atrás y allí fue donde se encontró con Dios. Toda la noche luchó con un ángel. Luego le rogó que lo bendijera. Ahora estaba listo para encontrarse con su hermano.
Esa misma noche Dios le envió un mensaje a Esaú. “[Esaú] vio a su hermano
[...] rodeado de
las huestes de Dios. Esaú relató este sueño a sus
soldados, con la orden de que no le hicieran daño alguno a Jacob” (Patriarcas
y profetas, cap. 17, p. 176).
Al siguiente día vio Jacob desde lejos que se acercaba Esaú. ¡Venía con cuatrocientos hombres!Parecía como si Esaú estuviese todavía muy enojado. Rápidamente Jacob dividió en grupos a su familia. Puso a los hijos con sus respectivas madres. Entonces se colocó al frente de los grupos. Cuando todavía estaba a gran distancia de Esaú, Jacob se inclinó hasta el suelo. Entonces avanzó hacia su hermano y volvió otra vez a inclinarse hasta el suelo. Hizo lo mismo otras siete veces, hasta que estuvieron cerca.
Pero cuando Esaú vio a Jacob, corrió hacia él. Lo rodeó con un fuerte abrazo y lo besó. Los dos hermanos comenzaron a llorar. ¡Jacob seguramente sintió un gran alivio!
Después de un tiempo, Esaú le preguntó:
—¿Quiénes son todas esas personas que están contigo?
—Esta es la familia que Dios me ha dado —le contestó Jacob—. Déjame presentártela.
Después de la presentación, Esaú le preguntó:—¿Qué es todo eso que has enviado delante de ti? ¿Qué significa todo eso?
—Esos son mis regalos para ti, hermano mío. Deseo que sepas que necesito tu misericordia y perdón —respondió Jacob.
—Yo ya tengo suficiente, Jacob. Quédate con lo que es tuyo —le contestó Esaú cortésmente.
—¡No, por favor! ¡Acepta estos regalos! Eso me hará saber que realmente me has perdonado. ¡Tómalos por favor! Dios ha sido bueno conmigo y tengo todo lo que necesito—insistió Jacob.
Finalmente Esaú aceptó los regalos y le dijo:
—Vamos a seguir nuestro camino. Yo te acompañaré en el viaje.
—¡Gracias, Esaú! —respondió agradecido Jacob—. Pero realmente necesitamos viajar mucho más despacio que tú. Tenemos muchos niños y animales pequeños.
Tú vas adelante y nosotros te seguimos.
—Entonces dejaré algunos de mis hombres contigo —le ofreció Esaú.
—No es necesario, Esaú —le explicó Jacob—. Dios me ha mostrado que me va a proteger así como me ha protegido todos estos años.
Esaú se alejó y siguió adelante. Jacob y toda su familia y rebaños lo siguieron a paso más lento.
Finalmente llegaron a Siquem, en tierra de Canaán, la tierra de origen de Jacob. Allí Jacob compró terrenos. Después de veinte años, tendría finalmente un lugar propio para su familia y rebaños.
Jacob cuidó bien a su familia. Aun cuando estaba ansioso por llegar a Canaán, puso las necesidades de su familia en primer lugar.
Cuando realmente servimos a los demás, somos considerados con sus necesidades.
Jacob sabía que todo lo que tenía venía de Dios. Podía ser generoso porque
Dios lo había bendecido. De la misma manera, nosotros también podemos
compartir nuestras bendiciones.
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Dios les bendiga!!!
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