Lección 6 de Primarios
¡DIOS TRIUNFA!
¡No puedo, no puedo, no puedo hacer eso! ¿Alguna vez te has sentido así? Cuando las cosas son muy difíciles, ¿a quién acudes por ayuda? Jonatán sabía a quién pedirla. Esta es su historia.
1 Samuel 13:16-22; 14:1-23;
Patriarcas y profetas, cap. 60, pp. 605–613.
“Para él no es difícil salvarnos, ya sea con muchos o con pocos”
(1 Samuel 14:6).
Dios nos da la victoria.
El ejército de Saúl acampaba junto a una arboleda cerca de Gabaa. Los filisteos acampaban cerca de un paso muy estrecho en las montañas. Cada día los filisteos enviaban un grupo de soldados para hacer daño a los israelitas y robarles.
Los filisteos tenían miles de carros de guerra y parecía que sus bien armados
soldados eran tantos como la arena del mar. Los soldados israelitas eran muy
pocos en comparación, así que se escondían en cuevas y pozos sin agua.
Los filisteos habían capturado a todos los herreros israelitas, por lo que ninguno de los soldados israelitas tenían espadas. Únicamente Saúl y Jonatán las tenían. Los soldados hebreos estaban armados con hondas, hoces, azadones y hachas. Pero es muy difícil ganar una guerra con utensilios de labranza. Esa era la razón por la que muchos de los soldados israelitas tenían miedo, así que se escondían en los pozos y detrás de las peñas. Pero no así Jonatán, el hijo del rey Saúl. Él pensaba que Dios podía ganar la batalla. Un día Jonatán le dijo al escudero que cargaba su pesado escudo:
—Ven conmigo.
Su escudero se dio cuenta de que Jonatán tenía un plan secreto. Rápidamente se vistió y siguió a Jonatán fuera del campamento. Nadie los vio salir.
—Podemos llegar hasta el mirador en donde están los atalayas de los filisteos si tomamos ese atajo entre las montañas —le explicó Jonatán—. Dios nos ayudará a pasar por entre los guardias y nos dará la victoria. Nada puede evitar que Dios nos proteja.
—Tú marcha al frente—le dijo su escudero—. Yo iré detrás de ti.
—Vamos —dijo Jonatán, dirigiéndose hacia el sendero de la montaña—. Cuando nos vean, si nos dicen que esperemos a que ellos bajen, esperaremos. Pero si nos dicen: “Suban acá”, sabremos que esa es la señal de que Dios nos dará la victoria.
Después de una lenta y difícil caminata, Jonatán y su escudero llegaron al paso entre las montañas. Entonces avanzaron atrevidamente a la vista de los guardias filisteos.
—¡Miren! —gritó uno de los guardias—. Los hebreos están saliendo de sus cuevas.
—¡Suban acá y les daremos una lección!—gritó otro soldado.
—¡Esa es nuestra señal —dijo Jonatán—. Dios los ha entregado en nuestras manos.
Entonces los dos comenzaron a subir por el empinado peñasco. Al llegar a la cima, Jonatán avanzó con decisión, seguido por su escudero. Veinte guardias filisteos lo atacaron de repente. Pero Jonatán y su escudero tenían confianza en la victoria que Dios les daría y los filisteos pronto fueron derrotados.
Otros guardias que observaban la lucha se asustaron y se confundieron al ver lo que pasaba. Entonces ellos gritaron a los soldados filisteos y también esos soldados se llenaron de terror. Hasta los que guiaban los carros de guerra se asustaron. En su confusión comenzaron a empujarse y a pelear unos contra otros y a correr en todas direcciones. La tierra tembló como si un gran ejército de jinetes y carros de guerra se acercara. Jonatán y su escudero, y también los filisteos supieron que Dios estaba ayudando a Israel.
Cuando el rey Saúl y sus seiscientos soldados llegaron, Jonatán y su escudero estaban observando tranquilamente cómo huían los filisteos. Los soldados de Israel sabían que había sido un día de gran bendición y dijeron:
—Hoy el Señor nos ha rescatado.
Jonatán y su escudero estuvieron de acuerdo. Dios había obtenido una gran
victoria. Nada podía impedir que Dios los salvara.
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Dios les bendiga!!!
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