Lección 11 de Primarios
¿DÓNDE ESTÁN LOS NUEVE?
¿Recuerdas si has tenido sarampión? Probablemente tuviste que quedarte en casa y no pudiste ir a la escuela por algún tiempo. Si hubieras ido a la escuela cuando te estaba brotando el sarampión, tus compañeros seguramente se habrían enfermado. El sarampión es una enfermedad muy contagiosa que se trasmite fácilmente. En nuestra lección de hoy diez hombres sufrían también de una enfermedad muy contagiosa.
Lucas 17:11-19;
El Deseado de todas las gentes, cap. 27, pp. 233-235.
“Alaba alma mía al Señor y no olvides ninguno de sus beneficios. Él perdona todos tus pecados y sana todas tus dolencias” (Salmo 103: 2, 3).
Adoramos a Dios al ser agradecidos.
Un día el Señor Jesús y sus discípulos iban rumbo a Jerusalén. El camino pasaba por la frontera entre Galilea y Samaria. Cuando iban a entrar en una población, diez hombres clamaron a Jesús:
—¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!
Jesús miró a su alrededor y vio las chozas de los leprosos construidas en las afueras del pueblo. Vio a los leprosos vestidos con harapos, con los pies y las manos vendados. Inmediatamente Jesús se dio cuenta de que tenían lepra.
La tristeza de su rostro tocó el corazón de Jesús. Sus manos extendidas hacia él señalaban el gran deseo de ellos de ser sanados. Los leprosos habían oído hablar de Jesús y sabían que tenía poder para sanarlos. Anhelaban que los tocara para limpiarlos de su enfermedad.
Mucho tiempo antes Moisés había dado algunas leyes para los leprosos. Cuando aparecían en la piel las primeras llagas de la lepra, la persona tenía que presentarse ante un sacerdote. El sacerdote las examinaba cuidadosamente y la persona debía aislarse. Después de un tiempo la persona debía regresar a ver al sacerdote. Los leprosos tenían que vivir fuera de las ciudades. No podían regresar a su casa con sus familiares, a menos que se hubieran sanado sus llagas. Pero aunque los leprosos lo desearan mucho, por lo general no se sanaban.
Aquellos diez leprosos, nueve de ellos judíos y un samaritano, tenían esperanza de ser sanados mientras extendían sus manos esperando la bendición de Jesús.
—Vayan y muéstrense a los sacerdotes —les dijo Jesús.
Tal vez por un momento los leprosos se sintieron chasqueados. Pero luego se llenaron de ánimo. Jesús los había enviado a ver al sacerdote.
Ellos sabían que la ley que Dios le dio a Moisés mandaba que los leprosos sanados se presentaran ante un sacerdote. Si el sacerdote los declaraba sanos, todos los recibirían nuevamente en el pueblo. Una vez más podrían vivir con sus familiares.
“¿Qué esperamos?”, seguramente se dijeron unos a otros, y luego se apresuraron a buscar a un sacerdote. Mientras corrían recuperaron la sensibilidad en los pies y las manos. ¡Estaban sanos!
Aunque el samaritano deseaba también correr hacia donde se encontraba el sacerdote para que lo
declarara sano, se dio la vuelta y regresó para dar gracias a Jesús. Alabando y agradeciéndole a Dios, el hombre se arrojó a los pies de Jesús.
—Gracias —le dijo en un susurro. Luego, en tono cada vez más alto, le agradeció muchas veces más—. ¡Gracias! ¡Gracias! ¡Gracias!
El rostro de Jesús se iluminó de gozo. Muy pocas personas a quien él ayudaba estaban realmente agradecidas. Miró hacia el camino y contempló a los otros nueve que iban apresuradamente en busca del sacerdote.
—¿No son diez los que han sanado? ¿Dónde están los otros nueve? ¿Es el samaritano el único que puede agradecer y alabar a Dios? —preguntó entonces con tristeza.
Luego Jesús se volvió al samaritano y le dijo: —Levántate y vete. Tu fe te ha sanado.
¡El corazón de ese hombre estaba lleno de gozo. Adoró a Dios con un corazón agradecido!
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Dios les bendiga!!!
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