Lección 8 de Primarios
¡DIOS TRIUNFA OTRA VEZ!
¡Gané! ¡Gané!” Gritó Juan. “¡Anoté el último punto!” Sus compañeros fruncieron el ceño y se marcharon. El recreo había terminado, era la hora de la clase de Biblia. A continuación está la historia que estudiaron. ¿Qué crees que pudo haber aprendido Juan?
1 Samuel 29, 30:1-25; Patriarcas y profetas, cap. 68, pp. 679-685.
“La bondad y el amor me seguirán todos los días de mi vida; y en la casa del Señor habitaré
para siempre”
(Salmo 23:6).
Cuando Dios triunfa, nosotros también triunfamos.
David y sus seiscientos hombres salieron de Siclag para ayudar a Aquis, un rey filisteo, en una batalla. Pero los príncipes filisteos no quisieron que David y sus hombres se les unieran. Así que tuvieron que desandar todo el camino hasta Siclag.
Cuando vieron la ciudad a la distancia, se horrorizaron al notar el humo que salía de allí. Mientras estaban fuera, sus enemigos habían destruido la ciudad. Sus esposas, sus hijos y su ganado habían desaparecido. Lo único que quedaba era humo y cenizas.
—Es culpa tuya —le dijeron sus hombres a David—. Deberías haber dejado aquí soldados para que cuidaran de nuestras familias.
David también estaba angustiado. Había perdido parte de su propia familia. Ahora sus hombres le echaban la culpa. ¿Qué debía hacer? Lo primero que hizo David fue comunicarse con Dios. Él sabía que Dios le iba a indicar lo que debía hacer.
—Traigan el efod —le pidió a Abiatar, el sacerdote.—¿Iremos a perseguir a los amalecitas? —le preguntó David a Dios—. ¿Los alcanzaremos y podremos recuperar nuestras familias?
El efod tenía dos grandes piedras preciosas. Cuando el sacerdote le preguntaba algo a Dios, una de las dos piedras brillaba indicando que la respuesta era positiva. Y eso fue lo que sucedió.—Persíguelos —respondió Dios (Samuel 30:8)—. Los vas a alcanzar y vas a recuperar todo.
Así que David y sus seiscientos hombres salieron a buscar a los amalecitas. Pero cuando llegaron al arroyo de Besor, tuvieron que hacer un alto. Doscientos de los hombres de David estaban demasiado cansados y no podían seguir adelante. Así que David los dejó allí para que descansaran y cuidaran de las provisiones.
Un poco más adelante encontraron a un egipcio recostado en el campo. Estaba muy débil y tenía hambre y sed. David y sus hombres le dieron un poco de agua y alimentos. Luego le pidieron que los ayudara a encontrar a los amalecitas. El egipcio guió a David y a sus hombres hasta el campamento de los amalecitas.
Los encontraron celebrando su gran victoria. Estaban comiendo, bebiendo y divirtiéndose mucho.
David y sus hombres atacaron a los amalecitas al amanecer. La batalla duró
hasta la tarde del día siguiente, hasta que los amalecitas fueron derrotados.
Cuatrocientos de ellos escaparon en sus camellos. David y sus hombres
rescataron a sus familias, sus posesiones, sus ganados y tomaron las cosas que
habían capturado de los amalecitas. Entonces comenzaron el largo camino
de
regreso a casa.
Al llegar cerca del arroyo de Besor, los doscientos hombres que habían quedado allí salieron a recibirlos. Pero a algunos de los soldados de David que venían muy cansados, no les gustó ver lo descansados que estaban los que habían quedado atrás.
—Nosotros les daremos a estos hombres sus esposas y sus hijos —se quejaron—, pero nada más. Ellos no nos ayudaron a vencer a los amalecitas, así que no deben recibir nada de las cosas que hemos traído.
—Un momento —dijo David—. ¿Quién ganó esta batalla? No hemos sido nosotros
sino el Señor.
Él nos dio la victoria. Él nos protegió. Así que todos
debemos recibir la misma recompensa.
Esas son las buenas nuevas de la gracia de Dios. Cuando Dios gana una batalla,
comparte la victoria y nos hace triunfadores a todos.
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Dios les bendiga!!!
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