Lección 8 de Infantes - Año A - Vivos en Jesús
LA PROMESA DEL ARCO IRIS
«Nunca te fallaré. Jamás te abandonaré» (Hebreos 13:5b).
«Salvar» - Salvar es rescatar o liberar a alguien, o algo, de un peligro o daño.
Esta lección se basa en Génesis 7:1–9:17 y en Patriarcas y Profetas, cap. 7, p. 72 a cap. 8, p. 84.
Un desfile de animales
«Entra en el barco con toda tu familia», le dijo Dios a su amigo Noé (Génesis 7:1). ¡Por fin había llegado el día! El arca era grande, hermosa, bien hecha y hermética. Estaba lista para flotar.
Dios también estaba listo para purificar la Tierra con un diluvio. Con la ayuda de Noé, había invitado a todo el mundo a entrar en el arca para salvarse, pero, tristemente, la gente no creía que Dios enviaría un diluvio. A grandes voces se burlaban de Noé y de su familia, así como de su gran barco asentado en tierra firme.
De repente, algo hizo callar a la ruidosa multitud. A todos se les abrieron los ojos de par en par de la sorpresa que se llevaron. ¿Qué era lo que veían? Lean Génesis 7:8, 9 para descubrirlo.
Altas jirafas, fuertes tigres, hermosos pavos reales y pequeños patos descendían de las montañas y salían de los bosques. Pájaros blancos, negros y de todos los colores llegaban volando por encima de los árboles. También llegaron rinocerontes, suaves conejos e insectos con sus zumbidos.
Unos animales llegaban al arca caminando con sus peculiares andares; otros, arrastrándose; y otros, saltando. Ángeles invisibles los guiaban en perfecto orden. Subieron todos por la rampa que llevaba hasta el arca y entraron por la puerta. ¡Qué increíble era aquel desfile de animales! De algunas especies de animales llegaba una pareja (macho y hembra); de otras especies llegaban siete parejas (de macho y hembra). Dios le explicó a Noé que eso era «para asegurar que sobrevi[vieran] todas las especies en la tierra después del diluvio» (Génesis 7:3). «De dos en dos entraron en el barco, en representación de todo ser vivo que respira» (Génesis 7:15). ¡El arca se había convertido en un gran zoológico!
Esperar y confiar
Los cerdos hacían «oinc, oinc», los loros parloteaban y las hienas chillaban. Noé y su familia, de apenas ocho personas, debieron de reírse al mirar lo que estaba sucediendo en el arca. Ese era su nuevo hogar. ¡Y se trataba de un lugar ruidoso, maloliente, pero ¡fascinante!
Fuera del arca, la gente se quedó mirando el gran barco. Habían visto a todos los animales entrar, y bien podían ver que la gran puerta seguía abierta; sin embargo, decidieron no entrar al arca. Dios anhelaba salvarlos a todos, pero no obligaría a nadie que no quisiera ser salvo.
Y entonces, la enorme y pesada puerta se cerró len-ta-men-te. La Biblia dice que «luego el Señor cerró la puerta detrás de ellos» (Génesis 7:16). Dios fue quien cerró la puerta, y solo él podía abrirla.
Aquella noche, las estrellas centelleaban en el tranquilo cielo nocturno. Cuando llegó la mañana, el sol salió, como de costumbre, en un cielo azul y despejado. Durante siete días, todo en la naturaleza permaneció exactamente igual que siempre.
Los que se encontraban fuera del arca veían el cielo azul y pensaban que Noé tenía que estar equivocado. «¡No va a llover!», decían. Golpeaban con fuerza las gruesas paredes del gran barco y se burlaban de Noé y de su familia. Sin embargo, dentro del arca, Noé y su familia esperaban tranquilamente. ¿Por qué no les preocupaba que aún no hubiera comenzado la lluvia? ¿Qué le había dicho Dios a Noé? Lean Génesis 7:4 para descubrirlo.
Qué bueno fue Dios al decirle a Noé exactamente todo lo que iba a suceder. Así, él y su familia pudieron esperar con paciencia, sabiendo que Dios siempre cumple su palabra.
La tormenta
Gruesas y oscuras nubes cubrían el cielo. Caían truenos y relámpagos. Tras siete días de espera, por fin había llegado la tormenta, tal como Dios había prometido.
Enseguida había agua por todas partes. ¿De dónde había salido? Lean Génesis 7:11 para descubrirlo.
La lluvia bajaba del cielo como si fueran «cataratas» (Génesis 7:11, RVR 95). El agua subterránea subía a través de grandes grietas que había en la tierra.
Así, el nivel del agua aumentaba cada vez más. Y «mientras el nivel del agua subía más y más por encima del suelo, el barco flotaba a salvo sobre la superficie» (Génesis 7:18).
Por causa de los fuertes vientos que soplaban, el gran barco se movía de un lado al otro sobre las embravecidas aguas. Pero Noé y su familia estaban a salvo dentro del arca. Aunque se encontraban en medio de la tormenta más grande y aterradora que el mundo hubiera visto jamás, sabían que Dios es amor y que estaba con ellos. Creían en el Dios que promete: «Nunca te fallaré. Jamás te abandonaré» (Hebreos 13:5b).
Dios había prometido salvarlos, y lo haría. Envió ángeles muy fuertes para protegerlos dentro del arca mientras afuera caían las lluvias y subían las aguas. Si confiamos en Dios, él también nos salvará y nos protegerá a nosotros.
Hay que seguir esperando y confiando
Durante cuarenta largos días llovió y llovió. Luego amainó el viento y dejó de llover. Todo se puso tranquilo y en calma. El arca se mecía suavemente mientras los monos chillaban, los conejos olisqueaban y los leones rugían.
Fuera del arca, el agua lo cubría todo. La Biblia nos dice que, «finalmente, el agua cubrió hasta las montañas más altas de la tierra» (Génesis 7:19).
Noé y su familia estaban a salvo en el zoológico flotante, pero aún debían seguir esperando y confiando en el Dios que los había salvado.
Al cabo de ciento cincuenta días, Dios «envió un viento que soplara sobre la tierra, y las aguas del diluvio comenzaron a retirarse» (Génesis 8:1). Por fin el gran barco flotante pudo detenerse sobre tierra firme. ¿Dónde se detuvo el arca? Lean Génesis 8:4 para descubrirlo.
Por fin dejaron de flotar; el vaivén de las olas se detuvo; por fin estaban en tierra firme. Noé y su familia se entusiasmaron, pero la puerta del arca seguía cerrada. No podían salir.
Un día, tras mucho esperar y esperar, Noé abrió la ventana. Suavemente tomó un cuervo y luego una paloma, y los soltó. Los dos pájaros salieron volando, batiendo fuertemente las alas. ¿Encontrarían un nuevo hogar? No, no lo encontraron. Los dos regresaron al arca. Todavía había demasiada agua alrededor.
Al cabo de una semana, Noé envió otra vez a la paloma, que regresó con un tesoro en el pico: «Una hoja de olivo fresca» (Génesis 8:11). Eso significaba que el nivel de las aguas bajaba y que las plantas volvían a crecer. Su experiencia en el gran barco estaba a punto de terminar.
Hora de dar gracias a Dios
Noé canturreaba mientras alimentaba a los animales dentro del arca. Pronto encontrarían nuevos hogares y comida, pues el agua alrededor del arca estaba bajando cada vez más, pero de momento seguían esperando. Dios había cerrado la puerta del arca, y Dios sería quien la abriera.
De pronto, se oyó un crujido. ¿Habría llegado la hora? ¿Por fin, después de tanto tiempo, había llegado el día? ¡Sí, así era! ¡Dios estaba abriendo la gran puerta del arca! Finalmente, después de un año dentro del gran barco, un mundo purificado estaba listo para que vivieran en él.
Dios le dijo a Noé: «Todos ustedes —tú y tu esposa, y tus hijos y sus esposas— salgan del barco. Suelta a todos los animales» (Génesis 8:16, 17).
Noé y su familia sonrieron entusiasmados al bajar del barco y al mover los pies sobre la hierba nueva y fresca. Señalaban con el dedo y se reían al ver a los caballos trotar, a los leoncitos juguetear y a los zorros perseguirse entre sí, tratando de atrapar sus esponjosas colas.
¡Había tanto que hacer en aquella tierra purificada para convertirla en su hogar! ¿Qué fue lo primero que hizo Noé? Lean Génesis 8:20 para descubrirlo.
Noé recogió grandes y pesadas rocas del suelo y las apiló unas sobre las otras para construir un altar. Él y su familia querían dar las gracias a Dios, así que ofrecieron un sacrificio.
Junto al altar, Noé y su familia dieron gracias a Dios porque los había salvado y cuidado. Dios promete: «Nunca te fallaré. Jamás te abandonaré» (Hebreos 13:5b). Gracias, Dios.
La hermosa promesa de Dios
El humo del altar se elevó hacia el cielo. Dios se alegró de ver el sacrificio de agradecimiento de Noé, y le dijo: «Hoy mismo hago un pacto con ustedes. [...] Por medio de este pacto les prometo que nunca más enviaré otro diluvio para destruir la tierra. ¡Nunca más mataré a ningún ser viviente por medio de un diluvio!» (Génesis 9:11, NBV).
De repente, mientras Noé y su familia miraban al cielo, apareció un brillante y colorido regalo de Dios. ¿Qué era? Lean Génesis 9:13 para descubrirlo.
Noé y su familia levantaron la mirada y vieron un arco de luz de colores en el cielo. Podían ver el rojo, el naranja, el amarillo, el verde, el azul, el añil y el violeta. Era el primer arco iris. ¡Qué espectáculo tan hermoso!
Dios les dijo que cada vez que vieran un arco iris debían recordar que Dios ama y salva a sus hijos. También les recordaría que Dios nunca volverá a enviar otro diluvio que inunde toda la Tierra.
Dios sigue cumpliendo su promesa hoy, y siempre lo seguirá haciendo.
Dios ilumina el camino en Birmania*
El sol se estaba ocultando tras los árboles. «Debemos darnos prisa, está oscureciendo», dijo el padre.
Win y su familia vivían en un país llamado Birmania. Volvían a casa caminando con todo el cuidado y al mismo tiempo con la mayor rapidez que podían. El camino a casa era un sendero serpenteante que atravesaba un espeso bosque. Normalmente ellos recorrían aquel sendero estrecho y lleno de baches durante el día, cuando el sol brillaba y podían ver con claridad; pero esta vez era diferente. Habían salido demasiado tarde, y no les quedaba más remedio que seguir adelante como pudieran. No tardaron en caminar en completa oscuridad.
De repente, el hermano de Win tropezó en un bache y se cayó, lastimándose las rodillas. «¡Ay, me duele!», exclamó. Win le tendió la mano y lo ayudó a levantarse. «¿Estás bien?», le preguntó amablemente. Su hermano asintió y se sacudió el polvo. ¿Cómo evitarían volver a caerse en aquel peligroso sendero?
Entonces la mamá tuvo una idea: «Tenemos que orar», dijo. Todos se detuvieron y se juntaron para orar. El padre rodeó a los niños con sus brazos mientras la madre oraba: «Señor, danos luz para que podamos encontrar el camino a casa».
De repente, una luz intensa iluminó el sendero. ¡Podían ver! La familia, agradecida, se apresuró a volver a casa. La luz los condujo hasta la misma puerta.
A salvo dentro de casa, la mamá encendió una vela. En ese momento desapareció la luz del exterior. «Esa luz fue un regalo de Dios», susurró la mamá con asombro. La familia se arrodilló para darle las gracias a Jesús por haber respondido su oración iluminándoles el camino.
Win y su familia nunca olvidarán ese día. Cada vez que Win tiene un problema o siente miedo, recuerda aquella brillante luz de Dios.
Dios nos promete en la Biblia: «Nunca te fallaré. Jamás te abandonaré» (Hebreos 13:5b). Al igual que estuvo con Win en la oscuridad y con Noé en el arca, Dios siempre, siempre, estará contigo.
* Relato adaptado de «God Lights the Way» [Dios ilumina el camino]. Charlotte Ishkanian, Best Ever Mission Stories 2 (Boise: Idaho, Pacific Press Publishing Association, 2009). Usado con permiso.
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