Lección 13 de Infantes - Año A - Vivos en Jesús
EL BEBÉ ISAAC
«Reconoce, por lo tanto, que el Señor tu Dios es verdaderamente Dios. Él es Dios fiel» (Deuteronomio 7:9).
Imposible: Cuando algo no puede suceder, es imposible. Por ejemplo, es imposible que podamos volar por nosotros mismos. (¡Sorpresa: ¡Dios hace que ocurran cosas imposibles!).
La lección de esta semana se basa en Génesis 15; 17:1-22; 18:1-15; 21:1-6 y en Patriarcas y profetas, cap. 12, pp. 117, 118.
Abram se hacía muy mayor
Abram observaba a los niños corretear entre las carpas, divirtiéndose. ¡Qué sonidos tan alegres! Él deseaba tener un hijo propio, que fuera también así de alegre. Abram y Sarai aún no tenían hijos.
Mucho tiempo atrás, Dios le había dicho a Abram: «Haré de ti una gran nación; te bendeciré» (Génesis 12:2). Sin embargo, Abram y Sarai eran ya dos ancianos llenos de arrugas y no tenían hijos.
Abram reflexionaba sobre las veces que Dios les había prometido hijos y nietos, y suspiraba. Aquella promesa se había convertido en un lejano recuerdo.
Desde joven, Abram había sido fiel a Dios y había confiado en sus promesas; ahora, muchos años después, le costaba creer que esta promesa fuera realmente cierta. ¿Por qué? Porque los hombres y las mujeres ancianos y de muchas arrugas no pueden tener hijos. Era imposible, ¿verdad? Entonces, ¿seguiría siendo cierta la promesa de Dios?.
Esperar puede ser muy difícil, pero Dios nos anima a seguir hablando con él mientras esperamos, pues es él quien nos enseña a ser pacientes. Lean Romanos 12:12. ¿Qué debemos tener cuando oramos?
El eco de la promesa: Confía en Dios, confía en Dios, confía en Dios
Abram estaba preocupado. Realmente quería un hijo, pero aún no lo tenía.
Dios vio que su amigo estaba triste y preocupado, y quiso animarlo, así que, una noche, volvió a hablar con Abram. «No temas, Abram, porque yo te protegeré, y tu recompensa será grande», le dijo. «Tendrás un hijo propio» (Génesis 15:1-4).
¡Un hijo! Abram debió de querer saltar y aplaudir de la alegría tan grande que sintió.
Dios condujo a Abram fuera de su carpa. «Mira al cielo», le dijo. Abram miró hacia arriba. El oscuro cielo estaba salpicado de millones de estrellas. Dios siguió hablando: «Mira el cielo y sus muchas estrellas. ¿Verdad que no puedes contarlas?. ¡Pues tampoco será posible contar a tus descendientes!» (Génesis 15:5, TLA).
¿Qué ocurrió después? Lean Génesis 15:6 para descubrirlo.
El corazón del anciano Abram se llenó de fe y de esperanza en la promesa de Dios. ¡Dios haría lo imposible!. ¡Él y Sarai tendrían su propia familia!. ¡Qué emoción!.
Qué bueno fue Dios al animar a Abram de una manera tan especial. A Dios le encanta animarnos con sus palabras para que no nos preocupemos.
Trata de decir tu versículo para memorizar. Te ayudará a recordar siempre que nuestro Dios cumple sus promesas. «Reconoce, por lo tanto, que el Señor tu Dios es verdaderamente Dios. Él es Dios fiel» (Deuteronomio 7:9).
Expectantes y con nombres nuevos
Después de que Dios ayudó a Abram a entender de nuevo su promesa, el sol salió y el sol se puso una y otra vez. Es decir, que pasaron muchos días, que se convirtieron en semanas, y las semanas en años, y Abram y Sarai seguían sin tener un bebé.
Habían pasado veinticuatro años desde que Dios le había prometido un hijo a Abram, y se había hecho difícil esperar pacientemente tanto tiempo. ¿Cuántos años tenía Abram ahora? Lean Génesis 17:1 para descubrirlo.
¡Esa es una edad muy avanzada!. La Biblia también dice que Sarai tenía casi noventa años. Después de tan larga espera, Dios habló de nuevo con Abram, y le dijo: «Ya no vas a llamarte Abram. Desde ahora te llamarás Abraham, porque te voy a hacer padre de muchas naciones» (Génesis 17:5, DHH).
Dios le dio un nombre nuevo. ¡Qué especial!. Ahora, cada vez que alguien lo llamaba por su nuevo nombre, lo estaba llamando «padre», y esto le recordaba la promesa de Dios.
«Entonces Dios le dijo a Abraham: “Con respecto a Sarai, tu esposa, su nombre no será más Sarai. A partir de ahora, se llamará Sara. Y yo la bendeciré, ¡y te daré un hijo varón por medio de ella!” (Génesis 17:15, 16). Dios también le dijo a Abraham que su hijo se llamaría Isaac.
Mientras Abraham y Sara esperaban el cumplimiento de la promesa, Dios los estaba transformando para bien. Dios nos está cambiando a nosotros también, mientras esperamos que se cumplan sus promesas.
Una visita especial
Un día, el anciano Abraham se sentó a la sombra, en la entrada de su carpa. Era mediodía, la hora de descansar, pues hacía calor. Sus ojos soñolientos miraron a lo lejos y divisó algo. Parece que tenía visita. Podía ver uno, dos, tres hombres que venían hacia él. ¡Qué sorpresa!.
¿Qué hizo Abraham? Lean Génesis 18:2 para descubrirlo.
Los visitantes debieron de alegrarse de una acogida tan amistosa. Entonces
Abraham le dijo a uno de ellos: «Mi señor, si le agrada, deténgase aquí un
rato. Descansen bajo la sombra de este árbol mientras les traen agua para
lavarse los pies. Ya que han honrado a su siervo con esta visita, permítanme
prepararles comida para que recobren fuerzas antes de continuar su viaje»
(Génesis 18:3-5).
Abraham los condujo amablemente hasta la sombra de un gran árbol para que pudieran resguardarse del calor. Además, necesitarían agua tras una caminata tan larga bajo el sol. Rápidamente, Abraham y Sara se apresuraron a atender a sus invitados.
La Biblia nos dice: «Deben ser amables y mostrar verdadera humildad en el trato con todos» (Tito 3:2). Abraham era así. No es de extrañar que la gente supiera que era amigo de Dios. Cuando tratamos amablemente a alguien, en realidad estamos tratando amablemente a Jesús (ver Mateo 25:40). ¡Qué bueno es recordarlo!.
Sara se ríe a escondidas
Los tres desconocidos estaban sentados, comiendo y disfrutando bajo la sombra de un gran árbol, cerca de la carpa de Abraham. Aunque Abraham aún no se había dado cuenta, aquellos hombres no eran solo hombres. ¡Dos de ellos eran ángeles, y uno era Jesús mismo!.
Entonces, uno de los hombres (que era Jesús), miró a Abraham y le dijo: «Yo
volveré a verte dentro de un año, ¡y tu esposa, Sara, tendrá un hijo!»
(Génesis 18:10).
Sara, de noventa años, cansada y arrugada, estaba en su carpa, escuchando sin ser vista. Cuando oyó estas palabras, le parecieron tan graciosas que se rio para sus adentros. «Eso sería muy bonito, pero mi esposo y yo estamos muy viejos para tener un hijo», pensó (Génesis 18:12, TLA).
Sara creía que nadie se había dado cuenta de que se había reído, pero Jesús la oyó. Jesús conocía sus pensamientos. ¿Qué le dijo Jesús a Abraham? Lean Génesis 18:13, 14 para descubrirlo.
Sara tenía miedo, por eso le mintió a Jesús diciendo: «Yo no me reí». Pero antes de que pudiera ir a esconderse, Jesús le dijo: «No es cierto. Sí te reíste» (Génesis 18:15).
Sara aprendió mucho ese día. Aprendió que Jesús lo sabe todo. Aprendió a decir siempre la verdad. Y aprendió que las promesas de Dios siempre se cumplen. Nosotros también podemos creer las palabras de Jesús en la Biblia: «Humanamente hablando es imposible, pero para Dios todo es posible» (Mateo 19:26).
El llanto de un bebé
Jesús le dio a Sara la noticia más asombrosa y maravillosa: ¡muy pronto tendría un bebé!. ¿Cumplió Dios lo que les había prometido? Lean Génesis 21:2, 3 para descubrirlo.
Qué felices se pusieron todos cuando nació el pequeño Isaac. Con sonrisas en sus rostros veían al bebé dormir y chuparse el dedo. Sara reía ahora de felicidad al pensar en la bondad y el amor de Dios. «Dios me hizo reír», dijo. «¿Quién le hubiera dicho a Abraham que yo llegaría a darle hijos?. Sin embargo, le he dado un hijo a pesar de que él ya está viejo» (Génesis 21:6, 7, DHH).
En el idioma que hablaba Sara, la palabra «Isaac» y la expresión «se rio» suenan igual. Así que Isaac siempre le recordaría a su madre la risa feliz que Dios le dio cuando ya era más anciana que una abuela.
Todos sabían que Isaac era realmente un regalo especial de Dios. Era un bebé milagroso.
¿Hay algo demasiado difícil para Dios? No. ¡Dios puede hacerlo TODO!. «Reconoce, por lo tanto, que el Señor tu Dios es verdaderamente Dios. Él es Dios fiel» (Deuteronomio 7:9). ¡Dios ha hecho posible lo imposible!. Podemos confiar en que todo lo que Dios dice que hará, lo hará.
Un Dios fiel*
Caían truenos y relámpagos mientras el pequeño hidroavión se tambaleaba por los fuertes vientos. ¡Qué tormenta tan terrible!
El piloto miró al misionero Ejler Jensen, y asintió. No había otra opción: tendrían que aterrizar en el mar. Ejler era misionero en las frías y heladas tierras de Alaska. Viajaba a menudo en barcos de pesca y en pequeños hidroaviones para poder visitar las aldeas más lejanas. Ejler quería que todo el mundo conociera el amor de Jesús.
Mientras soplaban los fuertes vientos, el piloto hizo aterrizar el
hidroavión en las gélidas aguas. El hielo cubrió rápidamente las alas y la
hélice. El avión empezaba a hundirse. Ejler y el piloto saltaron a las frías
aguas y nadaron hasta la orilla más cercana. Sentados en la nieve, mojados,
temblando y a punto de congelarse, Ejler oró a Dios.
Entonces, en medio de la tormenta de nieve, apareció un amable anciano esquimal vestido de blanco, que les hizo señas de que lo siguieran. Los hombres avanzaron por la espesa nieve siguiendo al esquimal que, finalmente, los dejó en una pequeña aldea, donde los lugareños les dieron refugio hasta que amainó la tormenta.
Cuando Ejler preguntó por el esquimal, le dijeron que no habían visto a ninguna persona como la que describía. En ese momento, se dio cuenta de que Dios había hecho un milagro «imposible» para salvarlos: había enviado a un ángel para guiarlos hasta un lugar cálido y seguro.
* https://adventist.news/news/a-los-102-anos-fallecio-jensen-pionero-adventista-en-okinawa [consultado en enero de 2025].
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