Lección 3 de Primarios - Año A Trimestre 3 - Vivos en Jesús
ADORAR AL NIÑO JESÚS
«¡Aleluya! Alabaré al Señor con toda mi alma. Alabaré al Señor mientras yo viva; cantaré himnos a mi Dios mientras yo exista» (Salmo 146:1-2, DHH).
DEDICADO: Ser dedicado es estar comprometido, ser leal o estar apegado a alguien o algo. Por ejemplo: la señora García se dedica a su esposo y a sus hijos.
La lección de esta semana se basa en Lucas 2:8-40; El Deseado de todas las gentes, cap. 4, pp. 39-41; caps. 5-6; el Comentario bíblico adventista, t. 5, pp. 683-696 y 280-284. Lectura adicional: Las bellas historias de la Biblia, t. 7, pp. 35-52.
EL CIELO SE GOZA
¡El Salvador había nacido! Todo el cielo se regocijó por el nacimiento. Una gran multitud de ángeles se reunió sobre las colinas de Belén, esperando ansiosamente la señal para compartir la buena noticia con el mundo. ¿Quién se alegraría con ellos?
Mientras nacía el niño Jesús, el Hijo de Dios, la gente de Belén seguía durmiendo. ¡Qué día tan ajetreado había sido! Llegaron más viajeros para el censo romano, y todas las casas estaban repletas de amigos, familiares y desconocidos.
Dios había elegido Belén al mencionar esta ciudad en los rollos de la Biblia como el lugar de nacimiento del Salvador. Pero algunos de Belén habían estado demasiado ocupados como para examinar los rollos. Habían estado demasiado ocupados buscando riquezas, elevando oraciones que no sentían y tratando de parecer santos. Habían estado demasiado ocupados para Dios. Y ahora el Hijo de Dios había llegado mientras ellos seguían durmiendo.
¿Alguien se daría cuenta? ¿A alguien le importaría?
En los campos, un grupo de pastores estaba despierto. Estos hombres humildes que cuidaban las ovejas día y noche estaban consagrados a Dios. Mientras estaban sentados bajo las estrellas, protegiendo a las ovejas, hablaban del Salvador prometido y oraban por su venida. De repente, ¡ocurrió algo asombroso! Léelo en Lucas 2:9-14.
¡Alabado sea Dios, esos ángeles habían encontrado a unos hombres devotos que se darían cuenta, escucharían y se interesarían! Con gran alegría, los ángeles iluminaron el cielo nocturno sobre los sorprendidos pastores; entonces los ángeles cantaron y alabaron a Dios por el Salvador del mundo recién nacido: «Gloria a Dios en el cielo más alto y paz en la tierra para aquellos en quienes Dios se complace» (Lucas 2:14).
ADORACIÓN DE LOS PASTORES
Los ángeles desaparecieron, la luz se desvaneció y los pastores se encontraron de nuevo a oscuras. Las palabras del ángel parecían resonar en el aire tranquilo de la noche: «¡El Salvador —sí, el Mesías, el Señor— ha nacido hoy en Belén, la ciudad de David! Y lo reconocerán por la siguiente señal: encontrarán a un niño envuelto en tiras de tela, acostado en un pesebre» (Lucas 2:11-12).
Asombrados y llenos de gran alegría, corrieron a Belén en busca del lugar donde yacía el niño Jesús. Abrieron la puerta del establo suavemente, y allí estaba el niño, ¡el niño! Envuelto en un paño blanco delicado y acostado en un pesebre. Era tal como había dicho el ángel. Entraron de puntillas, se arrodillaron y se inclinaron para adorar al pequeño Jesús. Le brillaban los ojos de felicidad, porque sabían que el niñito Jesús era digno de toda su adoración y alabanza.
Entonces los pastores les contaron a José y María sobre el hermoso coro de ángeles y el mensaje del deslumbrante ángel. María atesoró esta noticia en su corazón; su bebé era realmente muy, MUY especial.
Tras echar una última mirada al niño Jesús, los pastores se marcharon en silencio. Al salir a la calle, su emoción se desbordó. Compartieron lo que habían visto y oído con todo el mundo. ¿Qué más hicieron al regresar a los campos? LEE LUCAS 2:20.
Los pastores no pudieron evitar alabar a Dios por lo que habían oído de los ángeles, por el Salvador que habían visto en el pesebre y por lo que les habían dicho María y José. ¡Qué noche tan maravillosa!
El niño Jesús era digno de la adoracion de los pastores, y es digno de nuestra adoración hoy. Nuestro corazón fue creado para adorarlo. Al igual que los pastores, podemos alabar a Jesús por lo que hemos oído sobre él en su Palabra, por lo que hemos «visto» o experimentado de él nosotros mismos, y por lo que otros nos han contado de su amor por él.
LA DEDICACIÓN DEL BEBÉ
En poco tiempo, el niño Jesús cumplió cuarenta días y llegó el momento de dedicarlo al Señor en el templo de Jerusalén. José no podía permitirse comprar un cordero, así que puso dos palomas en una jaula para el sacrificio y cinco monedas de plata en una bolsa para pagar la cuota de dedicación. Entonces, la pequeña familia emprendió el viaje de ocho kilómetros (cinco millas) hasta Jerusalén.
María abrazaba al niño Jesús. José sonrió a su pequeño bebé mientras caminaban. Pronto podrían dar gracias a Dios por el privilegio de cuidar de su precioso Hijo. Querían dedicarlo a Dios. Querían ver cómo recibía las bendiciones de dedicación de Dios de manos del sacerdote del templo.
Hoy en día, muchos padres cristianos también dedican sus bebés a Dios en una ceremonia breve que se lleva a cabo en la iglesia. El bebé no entiende lo que está pasando, pero los padres y los miembros de la iglesia sí. Las mamás y los papás dicen públicamente que quieren que su hijo, su precioso regalo de Dios, crezca amando y confiando en Jesús. En la dedicación de un bebé, ¿a qué más se comprometen los padres? LEE SALMO 78:4.
Los padres saben que necesitan la ayuda de Dios para ser padres sabios y bondadosos, por lo que el pastor ora tanto por los padres como por el bebé; ora a Dios para que bendiga a esa familia con su amor mientras el bebé crece. Los miembros de la iglesia también pueden comprometerse a enseñar al niño a amar a Jesús.
Cuando Jesús era adulto, tomaba a los niños en sus brazos y los bendecía también. Léelo en MARCOS 10:13-16.
¡Qué maravilloso es recibir las bendiciones de Dios y ser dedicados a él desde niñitos!
ALABANZAS EN EL TEMPLO
Simeón caminó rápidamente hacia el templo de Jerusalén. Había sentido que el Espíritu Santo le decía que fuera en ese preciso momento. Simeón se apresuraba y oraba mientras caminaba. La oración era algo habitual para él. «Era justo y devoto» (Lucas 2:25), así que había orado fervientemente para que Israel volviera a Dios. Y había observado, esperado y orado con anhelo para que apareciera el Salvador.
Sin aliento, recorrió con la mirada el patio del templo, tal vez preguntándose por qué el Espíritu Santo lo había traído allí. Entonces los ojos de Simeón los vieron. ¡Lo vio a él!
Simeón ocurrió hacia María y José, tomó al niño Jesús en sus brazos y alabó a Dios. ¡El Salvador! ¡Por fin había llegado el Mesías!
Dios, en su bondad, le había prometido a su devoto amigo Simeón que vería al Mesías en vida. ¿Qué le dijo Simeón a Dios ahora que estaba de pie sosteniendo al Hijo de Dios? LEE LUCAS 2:30-32.
Mientras Simeón alababa a Dios, una profetisa llamada Ana entró al templo. Ana, una viuda de 84 años, servía a Dios en el templo día y noche. ¡Él era todo para ella! Al ver al bebé en los brazos de Simeón, su rostro se iluminó. ¡Era el Mesías! Dio gracias a Dios y comenzó a contarles a todos la buena noticia.
Estos dos humildes adoradores habían esperado y orado para ver y adorar al Mesías. Ese mismo día, Dios recompensó su devoción: todas sus esperanzas y sueños se concretaron.
¡Conocer a Jesús también te dará una gran alegría! Al igual que Simeón y Ana, querrás compartir esta alegría con todos.
LOS SABIOS DE ORIENTE
Los hombres sonrieron mientras contemplaban las estrellas brillantes y centelleantes que llenaban el cielo negro como la tinta. A estos hombres sabios y cultos les encantaba estudiar las estrellas. Los sabios, que vivían en un país lejano al oriente de Jerusalén, amaban estudiar muchas cosas. Incluso estudiaban los rollos de la Biblia para tratar de aprender más de ellos. Mientras estudiaban, también aprendieron del verdadero Dios y las profecías que mostraban que Jesús pronto nacería. ¡Estaban emocionados!
Una noche, mientras contemplaban las estrellas, los sabios de Oriente vieron una estrella especialmente brillante que en realidad era un grupo de ángeles resplandecientes. Dios les dijo en un sueño que la siguieran, ya que los llevaría al Salvador prometido sobre el que se habían dedicado a aprender. Así que siguieron la brillante estrella durante la noche hasta que llegaron a Jerusalén. Entonces, ¿qué le preguntaron a la gente? LEE MATEO 2:2.
Los sabios de Oriente se sorprendieron cuando nadie sabía de qué estaban hablando. «¿Por qué la gente no lo sabe? ¿No saben leer? ¿No les importa?», se preguntaban los sabios. Esperaban encontrar la ciudad de fiesta.
Cuando la noticia del bebé «rey de los judíos» llegó al rey Herodes, ¡no se alegró! Engañó a los sabios haciéndoles creer que él también quería adorar al bebé Rey. ¿Qué les dijo que hicieran? LEE MATEO 2:7-8.
Los sacerdotes y los líderes religiosos tampoco estaban contentos. Estaban molestos porque pensaban que Dios no les había hablado del nacimiento del Salvador prometido. Esos líderes envidiosos se negaron a aceptar la noticia de unos desconocidos que venían de un país lejano y que vestían muy elegantes. ¡Oh, qué bendición se perdieron! Y todo porque pasaron por alto lo que Dios les había dicho en los rollos de la Biblia. No habían estudiado con entusiasmo como sí habían estudiado los sabios.
Los sabios de Oriente se dedicaron a aprender todo lo que pudieron del Mesías prometido. La dedicación al aprendizaje puede llevarnos también a adorar a Jesús.
REGALOS ESPLÉNDIDOS PARA EL BEBÉ REY
Al oscurecerse el cielo, los sabios de Oriente salieron de Jerusalén. Y ahí estaba la estrella de Dios, brillando sobre ellos una vez más. «Cuando vieron la estrella, ¡se llenaron de alegría!» (Mateo 2:10) y la siguieron hasta Belén, hasta la casa donde el niño Jesús dormía.
Los sabios llamaron a la puerta y entraron en la acogedora casa. Allí estaba Jesús, el Hijo de Dios, el Salvador, el Rey recién nacido. Se arrodillaron y lo adoraron con amor y devoción; le entregaron su corazón. Luego le dieron los demás regalos que habían traído. ¿Cuáles eran? LEE MATEO 2:11.
Eran regalos valiosos y preciosos; cada uno tenía un significado especial para Jesús. Le dieron oro porque Jesús era un rey. Le dieron incienso porque Jesús sería un sacerdote. El incienso era el perfume valioso que los sacerdotes quemaban en las ceremonias de adoración en el templo. Y como Jesús moriría un día para salvar a su pueblo, le dieron mirra. Era un perfume de olor dulce que se usaba para preparar los cuerpos para el entierro.
Jesús es nuestro Rey, nuestro Sacerdote y nuestro Salvador. Él es digno de nuestra adoración. Puede que no podamos darle regalos caros, pero podemos darle nuestro tiempo, nuestros talentos, nuestras ofrendas y otras cosas. Y lo mejor de todo es que podemos darle nuestro corazón.
ADORACIÓN CREATIVA
Organiza y practica un culto especial de despedida de sábado para tu familia. Elige entre las ideas que se sugieren a continuación o crea algunas propias. Involucra a todos los miembros de la familia que estén dispuestos a ayudarte.
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Lee el poema «¿Qué puedo darle?».
¿Qué puedo darle, siendo yo un pordiosero?
Si fuera pastor, le llevaría un cordero.
Si fuera un sabio, lo adoraría con toda mi razón.
Pero le daré lo que puedo. Le daré mi corazón. - Vístete como un ángel y lee o canta Lucas 2:14: «Gloria a Dios en el cielo más alto y paz en la tierra para aquellos en quienes Dios se complace».
- Vístete como un sabio y elige tres objetos que representen los regalos que ellos dieron. Puedes envolverlos. Levanta cada uno y explícale a tu familia qué es y el significado especial para Jesús. (Consulta la lección del viernes).
- Canta algunas de tus alabanzas favoritas. Si algún miembro de la familia toca un instrumento, invítalo a acompañar el canto. Puedes darle a los miembros de tu familia algo que puedan usar, como un instrumento de percusión para marcar el compás o el ritmo de la canción. Por ejemplo, dos cucharas para golpear suavemente, una banda elástica estirada sobre una caja para hacerla vibrar, un frasco con un poco de arroz para agitar.
- Pide a un adulto que escriba las palabras de Lucas 2:25-32 en una hoja grande de papel para que tú y tu familia puedan leerlas como lectura bíblica.
Tú: Había en Jerusalén un hombre llamado Simeón.
Todos: Era justo y devoto,
Tú: y esperaba con anhelo que llegara el Mesías y rescatara a Israel.
Todos: El Espíritu Santo estaba sobre él
Tú: y le había revelado que no moriría sin antes ver al Mesías del Señor.
Todos: Ese día, el Espíritu lo guio al templo.
Tú: Cuando María y José llegaron para presentar al bebé Jesús [...], Simeón estaba allí. Tomó al niño en sus brazos y alabó a Dios diciendo:
Todos: «Señor Soberano, permite ahora que tu siervo muera en paz, como prometiste. He visto tu salvación, la que preparaste para toda la gente. Él es una luz para revelar a Dios a las naciones, ¡y es la gloria de tu pueblo Israel!».
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