Lección 1 de Primarios - Año A Trimestre 3 - Vivos en Jesús
DOS ANUNCIOS DE NACIMIENTO
«Para Dios no hay nada imposible» (Lucas 1:37, DHH).
ENTREGA:Significa estar dispuesto a renunciar a tus propias ideas, deseos o posesiones. Permitir que otra persona tome decisiones por ti y confiar en ella.
La lección de esta semana se basa en Lucas 1 y Mateo 1:18-21; El Deseado de todas las gentes, cap. 3; cap. 10, pp. 83-86; el Comentario bíblico adventista, t. 5, pp. 653-679. Lectura adicional: Las bellas historias de la Biblia, t. 7, pp. 9-22.
EL MOMENTO HABÍA LLEGADO
La historia que Dios nos cuenta, tal como la Biblia la registra, es la mejor historia real que pueda existir. Es una historia de amor, de aventuras y, lo mejor de todo, tiene un desenlace feliz. Comienza con Dios. La Biblia dice: «Antes de haber hecho el mundo, Dios nos amó y nos eligió» (Efesios 1:4). Él te conoció y te eligió —sí, a ti— desde antes de crear a Adán y Eva y de darles vida. Y el final no es realmente un final, ¿qué te parece esta buena historia? Es para siempre con Dios, para disfrutar del amor y la amistad, pues para esto nos creó.
Sin embargo, la historia se complica en un momento dado. Después de que el pecado entró en el cielo y en el mundo, el panorama se tornó oscuro y caótico. Satanás intentó arruinar la historia. Inmediatamente, Dios prometió destruir a Satanás y al pecado (Génesis 3:15). Pero Satanás siguió haciendo todo lo posible por convencer a la gente de que Dios es un juez cruel y severo en quien no podían confiar. Llenó los corazones de duda, desánimo, dolor y sufrimiento. Y lo peor de todo, incitaba a la gente a culpar a Dios de todo lo malo.
Aun así, Dios seguía controlando la historia; ¡nunca permitiría que se arruinara! Siempre cumpliría sus promesas. Dios demostraría que Satanás estaba equivocado, muy equivocado. Dios mostraría su verdadero carácter, de manera que la gente pudiera entender. Le mostraría que «Dios es amor» (1 Juan 4:8).
Así que cuando el mundo estaba en su peor momento y Satanás pensaba que casi había conseguido que todos se pusieran de su lado, Dios eligió a personas dispuestas a desempeñar un papel muy especial en su gran historia. Eligió a personas que realmente lo amaban para que lo ayudaran a cumplir la gran promesa que había hecho a Adán y Eva: Enviar a su Hijo a la tierra para que ocupara el lugar de todos y muriera por sus pecados. Satanás, ese enemigo que había intentado arruinar la historia, sería aplastado. ¡Había llegado el momento! ¡El mundo necesitaba un Salvador de inmediato!
UNA GRAN SORPRESA
El anciano Zacarías y Elisabet cerraron los ojos y comenzaron a orar. Oraban y esperaban, esperaban y oraban. La fiel pareja de Hebrón, en la tierra de Judá, esperaba al Salvador que Dios había prometido. El matrimonio sabía que no tendría que esperar mucho tiempo. Dios había dado un mensaje a los profetas sobre el futuro, una profecía. Dios le había dicho a Daniel cuándo vendría el Salvador prometido (Daniel 9:25). ¡Ese momento era ahora! ¿Qué le dijo Dios al profeta Isaías? LEE ISAÍAS 9:6.
Zacarías y Elisabet también habían leído otra hermosa profecía en los rollos de la Biblia. Antes de que el Salvador viniera a la tierra, Dios enviaría a un gran predicador para ayudar a las personas a aceptarlo en su corazón (Isaías 40:3-5). La pareja oraba con fervor y tal vez se preguntaba: «¿Cuándo... cuándo sucederá?».
Entonces, un día, mientras el sacerdote Zacarías quemaba incienso en el templo, un ángel resplandeciente apareció junto al altar e iluminó el recinto. El ángel le dio un mensaje a Zacarías. ¿Cuál era? LEE LUCAS 1:13-17.
Por un momento, Zacarías dudó del mensaje. Dijo: «¿Cómo puedo estar seguro de que ocurrirá esto? Ya soy muy anciano, y mi esposa también es de edad avanzada» (Lucas 1:18). ¡Demasiado viejos para tener un bebé!
El ángel le explicó que era Gabriel, enviado por Dios. El ángel le dijo a Zacarías que, como había expresado duda en voz alta, no podría hablar hasta que naciera el bebé milagroso.
El rostro de Zacarías se iluminó de alegría. ¡Dios había elegido a su familia para ser sus ayudantes especiales! ¡Formarían parte de la gran historia de Dios! Él se entregó, abandonó las dudas y confió en Dios. Zacarías salió del templo sin poder hablar, pero con el rostro radiante.
UN ÁNGEL VISITANTE
María barría los pisos, cuidando de recoger el polvo que se acumulaba en las esquinas. Era un día cualquiera. Ella no sabía que algo extraordinario estaba a punto de suceder. De repente, una hermosa luz llenó la habitación. ¡María se quedó atónita! Un ángel deslumbrante, Gabriel, se presentó. «¡Saludos, mujer favorecida! ¡El Señor está contigo!», dijo Gabriel (Lucas 1:28). María apenas podía creer lo que veían sus ojos. «¿Qué estaba pasando?», pensó.
«No tengas miedo, María», dijo el ángel. ¡Tenía la mejor noticia del mundo! ¿Qué le dijo que iba a pasar? LEE LUCAS 1:31-33.
«¿Cómo podrá suceder esto?», preguntó María (Lucas 1:34). Aún no se había casado con José, solo estaban comprometidos. Amablemente, Gabriel le dijo que el Espíritu Santo haría que María quedara embarazada y que el bebé se iba a llamar Hijo de Dios. ¡Guau!
María se quedó asombrada ante el ángel. Muchas madres en Israel habían anhelado ser la madre del Mesías prometido, pero Dios la había elegido a ella. Dios había buscado a una mujer gentil, amorosa y humilde para ser la madre de su amado Hijo, Jesús. Y había encontrado a María. ¡Qué privilegio tan maravilloso!
Con tranquila sumisión, María dijo: «Soy la sierva del Señor. Que se cumpla todo lo que has dicho acerca de mí» (Lucas 1:38).
María compartió la noticia con José. Él se sentía preocupado de que la juzgaran y la avergonzaran por estar embarazada antes de casarse. Entonces Dios le envió un ángel en sueños. ¿Qué le dijo el ángel? LEE MATEO 1:20-21. José también se sometió en silencio al plan de Dios. ¡Qué padres tan maravillosos serían María y José!
Dios tiene grandes planes para cada uno. Nos llama a entregarnos a él y luego nos da el privilegio de tener un papel especial en su gran historia, al igual que María.
FUTURAS MAMÁS
María tarareaba mientras caminaba bajo el cálido sol. Era un largo camino hasta la casa de su prima, pero estaba emocionada. En tres meses, su prima Elisabet tendría un bebé milagroso. ¡María también quería compartir la noticia de su embarazo cuanto antes!
Finalmente, María llegó a la casa de Zacarías y saludó alegremente. Tan pronto como Elisabet escuchó el saludo, se llenó del Espíritu Santo. ¡Elisabet supo de la noticia de María antes de que ella se la contara! «Dios te ha bendecido más que a todas las mujeres, y tu hijo es bendito», le dijo (Lucas 1:42).
Elisabet puso una mano sobre su vientre. «Cuando escuché tu saludo, el bebé saltó de alegría en mi vientre» (Lucas 1:44).
El corazón de María se llenó de felicidad. «Oh, cuánto alaba mi alma al Señor. ¡Cuánto mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador!», dijo (Lucas 1:46-47). ¿Qué más dijo María? LEE LUCAS 1:48-55.
La anciana Elisabet y la joven María se sentaron para compartir sus historias y dar gracias a Dios. Él había sido muy bondadoso con ambas.
María y Elisabet se tomaron de las manos con fuerza. ¡Pronto serían mamás! Sabían que otras personas podrían no compartir su alegría. La gente podría pensar y decir cosas como: «Mira a esa anciana. ¡Es demasiado mayor para tener un bebé!». O tal vez, decir: «¿María está embarazada? ¡Pero si aún no se ha casado!». Aun así, las dos seguían sonriendo. No les preocupaba lo que dijeran los demás. No iban a permitir que los chismes ni los comentarios maliciosos les robaran la alegría. ¡Dios las amaba! Las había elegido para ser una parte importante de su gran historia, y eso era lo único que importaba.
EL NACIMIENTO DE UN BEBÉ MILAGROSO
El llanto de un bebé rompió el silencio. Amigos y familiares llegaron rápidamente para regocijarse por el nacimiento del hijo recién nacido de Elisabet. ¿Cómo lo llamarían? Juan. La feliz multitud se quedó desconcertada. A menudo se les ponía el nombre de algún familiar a los hijos, pero nadie en la familia se llamaba Juan.
Zacarías tomó una tablilla y escribió: «Su nombre es Juan» (Lucas 1:63), e inmediatamente pudo hablar. Zacarías explicó que Dios mismo le había puesto el nombre de Juan a su bebé, que significa «Jehová (Dios) es misericordioso». ¡Qué milagro! La gente estaba segura de que Dios tenía grandes planes para este bebé y difundieron la magnífica noticia por todas partes.
El precioso bebé Juan tenía un papel importante que desempeñar en la gran historia de Dios: Iba a ser «el precursor de Cristo» (El Deseado de todas las gentes, cap. 10, p. 83). En la antigüedad, la función de un precursor era hacer saber a todos que alguien muy importante estaba por llegar. Por ejemplo, cuando la gente se alineaba a lo largo de los caminos para ver al rey, un precursor corría delante gritando: «¡El rey viene!». Entonces todos miraban ansiosamente hacia atrás, por el camino, para esperar al rey.
Como precursor, ¿qué debía hacer Juan? LEE LUCAS 1:76-79.
Lucas 1:17 también nos dice: «Preparará a la gente para la venida del Señor. [...] Hará que los rebeldes acepten la sabiduría de los justos». Qué tarea tan importante, preparar el corazón de las personas para aceptar al Hijo de Dios.
Nosotros podemos ser como Juan y, con palabras o con acciones silenciosas, ayudar a otros a conocer y amar a Jesús.
TODO ESTÁ LISTO
Elisabet abrazó a su milagroso hijo contra su corazón. Sus oraciones habían sido respondidas de una manera asombrosa. El Salvador estaba en camino. Y su pequeño crecería para ayudar a preparar a todos para que le entregaran su corazón.
Todo estaba listo para la asombrosa historia de Dios. ¡Jesús venía! Esta era la mejor noticia que los pecadores podían escuchar. Lee esta buena noticia en JUAN 3:16. El pequeño bebé que crecía dentro de María un día daría vida eterna a todos los que aman a Dios.
Estamos viviendo cerca del final de la gran historia de Dios, y él pronto nos dará la vida eterna de la que habló Juan. Jesús se está preparando para ese momento ahora mismo. Juan 14:2-4 dice: «En el hogar de mi Padre, hay lugar más que suficiente. Si no fuera así, ¿acaso les habría dicho que voy a prepararles un lugar? Cuando todo esté listo, volveré para llevarlos, para que siempre estén conmigo donde yo estoy».
Hebreos 6:20 nos dice algo más de Jesús en el cielo: «Jesús entró por nosotros como precursor» (RVR 95). Haz una pausa y piensa en esto: ¡Jesús es nuestro precursor!
¡Qué tema tan sorprendente y hermoso! Un día, pronto, Jesús podría decirle a todo el cielo algo como esto: «Miren a las personas que vienen detrás de mí; miren a todas estas personas fieles de la tierra. Me han amado y me han entregado su vida. Ahora vienen a unirse a nosotros en el cielo».
Juan fue el precursor de Jesús. Jesús es nuestro precursor.
TODO PARA JESÚS
Judson Van DeVenter volvió a darle vueltas al problema en su mente. Durante cinco largos años había luchado con el dilema: ¿convertirse en un artista reconocido o trabajar como ministro de Dios? Nacido en 1855 en el estado de Míchigan (EE. UU.), Judson siempre había sido un apasionado del arte y se convirtió en profesor de arte. También amaba a Jesús y estaba muy ocupado en la iglesia, especialmente cuando se llevaban a cabo reuniones de reavivamiento.
Sus amigos se dieron cuenta de su fe fuerte y de su trabajo para la iglesia. Intentaron animarlo a que dejara la enseñanza de arte y se convirtiera en evangelista. Pero su amor por el arte era demasiado fuerte y siguió enseñando. Durante cinco años Dios siguió sacudiendo su corazón.
Finalmente, abandonó la lucha y se entregó totalmente. Dejó la enseñanza y llegó a ser un predicador de tiempo completo. Dios recompensó a Judson con un nuevo talento creativo. Al pensar en ese momento de su vida, dijo: «Un nuevo día se abrió en mi vida. Me convertí en evangelista y descubrí en lo más profundo de mi alma un talento hasta entonces desconocido. Dios había escondido una canción en mi corazón y, tocando una cuerda sensible, me hizo cantar».
Por eso Judson escribió el himno «Salvador, a ti me rindo». Este himno llegó a conocerse en todos los lugares donde predicó: en Estados Unidos, Inglaterra y Escocia. Ahora es uno de los favoritos en todo el mundo y se incluye en el Himnario adventista (n.º 261). A Judson se lo recuerda con cariño como un caballero amable y profundamente espiritual, todo porque vivió las palabras de su himno y lo entregó todo a Jesús.
SALVADOR, A TI ME RINDO
Salvador, a ti me rindo, obedezco solo a ti. Mi Guiador, mi Fortaleza, todo encuentro, oh Cristo, en ti.
Yo me rindo a ti, yo me rindo a ti; mis flaquezas, mis pecados, Todo rindo a ti.
Te confiesa su delito mi contrito corazón. Oye, Cristo, mi plegaria; quiero en ti tener perdón.
A tus pies, Señor, entrego
bienes, goces y placer.
Que tu Espíritu me llene,
y de ti sienta el poder.
¡Oh, qué gozo encuentro en Cristo! ¡Cuánta paz a mi alma da! A su causa me consagro, y su amor mi amor será.
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