Lección 9 de Primarios - Año A Trimestre 3 - Vivos en Jesús
¡SE AGOTÓ EL JUGO DE UVA!
«Den gracias al Señor de señores. Su fiel amor perdura para siempre. Den gracias al único que puede hacer milagros poderosos» (Salmo 136:2-3).
MILAGRO: Un milagro es un acontecimiento o suceso extraordinario que Dios ocasiona; algo que las personas nunca podrían hacer ni explicar. ¿Qué milagros recuerdas de la Biblia? Piensa en las razones por las que Dios realiza milagros.
La lección de esta semana se basa en Juan 2:1-11; El Deseado de todas las gentes, cap. 15; el Comentario bíblico adventista, t. 5, pp. 898-901. Lectura adicional: Las bellas historias de la Biblia, t. 7, pp. 129-133.
AGITACIÓN DESBORDADA
La emoción permeaba el aire mientras los trabajadores iban y venían atareados. Había mucho que hacer. En los tiempos bíblicos, las bodas duraban varios días; eran celebraciones en grande, llenas de regocijo, con muchos banquetes, música y cantos. Uno de los parientes de Jesús se iba a casar, por lo que su madre, María, estaba ayudando con los preparativos de la boda.
Es divertido esperar una gran celebración. A nuestro Dios de amor le agrada vernos disfrutar de momentos felices con la familia y los amigos. ¿Qué dice la Biblia al respecto? LEE EL SALMO 133:1.
María estaba ocupada, pero a veces sus pensamientos divagaban... Jesús iba a asistir a la boda, ¡y ella estaba ansiosa por verlo! Lo había extrañado mucho desde que se fue de casa. Las noticias del bautismo y la estancia de Jesús en el desierto le llegaron a María en Nazaret, y ella estaba feliz y preocupada a la vez.
María recordaba las palabras del ángel Gabriel: «Él será muy grande y lo llamarán Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de su antepasado David» (Lucas 1:32). ¿Había llegado el momento? Ella se llenó de una nueva esperanza de que pronto todos sabrían que su Hijo era el Hijo de Dios, el Salvador, el Mesías prometido.
María también sabía que su vida no sería fácil. El anciano profeta Simeón le había advertido que algo le sucedería a Jesús que la entristecería mucho (Lucas 2:35).
Aunque María se preguntaba sobre el futuro, Dios tenía todo bajo control. Él había demostrado que era el Dios de los milagros. Como Gabriel le había dicho: «Para Dios no hay nada imposible» (Lucas 1:37, DHH).
Así que María sonrió y dejó de lado esos pensamientos. ¡Había tanto que hacer! Jesús pronto iba a llegar. ¡Qué momentos tan maravillosos pasarían juntos! ¡No podía esperar!
TIEMPO DE CRECER
Unas pocas palabras sencillas dieron inicio a su aventura: «Síganme», «Vengan y vean». Ahora Andrés, Pedro, Juan, Felipe, Natanael y los demás discípulos caminaban y conversaban con el Mesías en el trayecto a una boda en Caná, ¡la misma boda en la que la mamá de Jesús estaba ocupada ayudando a preparar!
Los discípulos disfrutaban caminando y conversando con su nuevo amigo Jesús mientras paseaban por Galilea hacia la boda. Al observar y escuchar a Jesús, su fe crecía. Comenzaron a comprender mejor quién era él realmente y qué había venido a hacer. Estaban aprendiendo de Jesús al estar con él. Su amistad se profundizó al pasar tiempo juntos como amigos, conociéndose mejor unos a otros.
Jesús quiere que nosotros también aprendamos de él de esta manera. Al «caminar y hablar» con Jesús, nos convertiremos en sus amigos íntimos y permaneceremos en él. Esta palabra significa quedarse, vivir y morar con Jesús, unidos a él. ¿Qué dice él que sucederá cuando permanezcamos en él? LEE JUAN 15:4-5.
Al llegar a la boda, Jesús miró a la multitud para ubicar a su mamá. ¡Ahí estaba! Con una gran sonrisa, Jesús se acercó a ella. María estaba emocionada de volver a ver a su Hijo y de conocer a sus nuevos seguidores. Su fe creció cuando le contaron lo que habían visto y oído en el bautismo de Jesús, y cómo creyeron que él era el Mesías. La felicidad llenó el corazón de María: ahora otros sabían que su Hijo era también el Hijo de Dios.
La Biblia nos invita a crecer «en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo» (2 Pedro 3:18). Pasar tiempo con Jesús y contar historias entre ellos ayudó a que creciera la fe de los discípulos y de María.
UN PROBLEMA VERGONZOSO
Un murmullo se extendió entre la multitud. La gente se detuvo, se dio la vuelta y se quedó mirando. Jesús, aquel de quien habían oído cosas extrañas, estaba en la sala. El hombre a quien Juan el Bautista había llamado «el Cordero de Dios» estaba allí entre ellos, relacionándose con los invitados y charlando.
La boda había tenido un comienzo muy emocionante. Entonces ocurrió algo vergonzoso. El vino (jugo de uva) se agotó antes de que terminara el banquete. ¡Oh, no! El anfitrión y la familia del novio quedarían muy mal. La fiesta terminaría. Los invitados se irían a casa... ¿Qué se podía hacer?
Cuando María se enteró, supo exactamente qué hacer. Se apresuró a acercarse a Jesús y le habló en voz baja. ¿Qué le dijo? LEE JUAN 2:3.
«Apreciada mujer, ese no es nuestro problema», respondió Jesús. «Todavía no ha llegado mi momento» (Juan 2:4). Para nosotros, la respuesta de Jesús puede parecer descortés. Pero era una forma respetuosa de hablar en la época de Jesús. Las palabras de su madre le habían sugerido a Jesús que él podía resolver el problema, y que ella quería que lo hiciera porque él era su hijo. La respuesta de Jesús le recordó amablemente a María que él también era el Hijo de Dios y que ella no podía esperar que él hiciera nada a menos que fuera la voluntad de Dios.
María no se desanimó por las palabras de Jesús. Con confianza les dijo a los siervos: «Hagan lo que él les diga» (Juan 2:5). La instrucción de María estaba llena de fe. Ella no sabía lo que Jesús haría; tal vez él no obraría un milagro como ella esperaba, pero la fe crecía en su corazón y ella confiaba en que él resolvería el problema de alguna manera.
Dios puede hacer que nuestra fe crezca cuando confiamos en que él nos ayudará con nuestros problemas, como sucedió con María. LEE FILIPENSES 4:6. A menudo nuestras mayores bendiciones llegan después de que algo ha salido mal.
SORPRESA EN LA BODA
Los siervos asintieron con la cabeza y miraron con entusiasmo a Jesús. María les había dicho muy claramente: «Hagan lo que él les diga» (Juan 2:5).
Pensando rápidamente, Jesús miró a su alrededor y vio seis tinajas de piedra grandes, que estaban vacías junto a la puerta. Una sonrisa se dibujó en el rostro de Jesús. Aquí tenía una oportunidad de ayudar a los novios, honrar la fe de su madre y hacer crecer la fe de los discípulos. ¿Qué les dijo Jesús a los siervos que hicieran? LEE JUAN 2:7. Sin objeción, obedecieron.
Entonces Jesús les dijo a los siervos que metieran un cucharón en una de las tinajas, llenaran una copa y se la llevaran al anfitrión de la fiesta. ¡Imaginen la sorpresa de los siervos! Esperaban una copa de agua, pero obtuvieron una copa de vino (jugo de uva). ¡Era un milagro!
Sin decir nada, llevaron el vino (jugo de uva) al anfitrión. Cuando lo bebió, él también se sorprendió. ¡Era el vino más dulce que había probado jamás!
El anfitrión no sabía que se había agotado el vino ni que Jesús había hecho un milagro. Llevó un poco al novio y exclamó: «Un anfitrión siempre sirve el mejor vino primero. [...] Y una vez que todos han bebido bastante, comienzan a ofrecer el vino más barato. ¡Pero tú has guardado el mejor vino hasta ahora!» (Juan 2:10).
Antes de que el anfitrión y el novio se dieran cuenta de que tenían un problema, Jesús lo había resuelto discretamente con el mejor jugo de uva que jamás se haya probado.
Jesús siempre se interesa por nosotros y por nuestra felicidad; le encanta sorprendernos con lo mejor que puede dar. Discretamente, hace crecer nuestra fe y resuelve nuestros problemas de maneras sorprendentes y maravillosas, ¡a veces, incluso, antes de que nos demos cuenta de que tenemos un problema!
COMPARTIR LA FE
La noticia del milagro del agua convertida en vino se difundió con entusiasmo: de los siervos al anfitrión, del anfitrión al novio, del novio a los invitados... Pronto, toda la concurrencia estaba entusiasmada. La gente trataba de entenderlo, pero no podía. Sacudían la cabeza con asombro y probaban el vino de nuevo.
Jesús observaba con deleite. Luego, silenciosamente, salió por la puerta; no quería convertirse en el centro de atención. Cuando los invitados comenzaron a buscar al autor del milagro, Jesús ya no estaba por ninguna parte. Así que se dirigieron a los discípulos en busca de respuestas a sus preguntas.
Los discípulos estaban muy emocionados por contar a todos lo que habían visto y oído en el río Jordán. Contar historias de Jesús fortaleció su propia fe. La gente vio y se contagió de ese entusiasmo. La esperanza creció y muchos creyeron en su corazón que Jesús era el Mesías prometido.
En cierto modo, los discípulos exhortaron a los invitados a la boda a seguir a Jesús y a experimentarlo por sí mismos. El mensaje para la gente era: «Prueben y vean que el Señor es bueno; ¡qué alegría para los que se refugian en él!» (Salmo 34:8). Los discípulos habían probado y visto que el Señor es bueno; ahora querían que todos hicieran lo mismo.
A Jesús le encanta hacer crecer nuestra fe cuando la compartimos con los demás. A medida que nuestra fe se fortalece, también vamos a querer invitar a otros a que «prueben y vean que el Señor es bueno» (Salmo 34:8).
CORAZONES RECEPTIVOS, CORAZONES CERRADOS
Como ondas en un estanque, la noticia del milagro de la boda se extendió por las calles de Caná. Luego se extendió hasta Jerusalén y llegó a los atrios del templo. Cuando los sacerdotes y los gobernantes lo oyeron, sintieron curiosidad. Buscaron en las Escrituras información sobre el Mesías, tratando de entender lo que sucedía.
Esta era una oportunidad para que los líderes descubrieran quién era Jesús. Pero no pudieron superar su orgullo. Los sacerdotes ancianos sacudieron la cabeza. Los sacerdotes jóvenes y los gobernantes levantaron el mentón con aire de superioridad. Sin duda, el Mesías aparecería en Jerusalén y haría milagros para ellos. ¡No en una simple boda en un pueblo! Su corazón no estaba abierto a Jesús.
Jesús podría haber hecho un milagro en Jerusalén para mostrar su poder a los sacerdotes y gobernantes, pero no lo hizo, porque sabía que no creerían que su autoridad provenía de Dios. ¿Demostraron que tenía razón? LEE MARCOS 11:27-28.
Así que Jesús decidió usar su poder para añadir felicidad a una boda en un pueblito. De esa manera, gente sencilla con un corazón receptivo sabría que él se interesaba por ellos y que los amaba mucho.
Jesús también te ama mucho a ti. Todos los días anhela hacer un milagro en tu vida al perdonar tus pecados y cambiar tu corazón para que sea como el suyo. «Den gracias al Señor de señores. [...] Al único que puede hacer milagros poderosos» (Salmo 136:3-4).
LOS VÍVERES MILAGROSOS
José Bates, un capitán de barco ya jubilado, había sido muy rico, pero en 1846 había gastado todo su dinero difundiendo la noticia del regreso de Jesús.
Una mañana, su esposa, Prudence, le pidió que comprara harina para terminar de hornear. Así que José salió y compró dos kilos de harina (cuatro libras) con lo último que tenía de dinero.
Cuando Prudence se enteró de que no tenían más dinero, comenzó a llorar y a lamentarse:
—¿Qué vamos a hacer?
—Voy a escribir un libro y difundir la verdad del sábado —respondió Bates.
Prudence lo miró fijamente, conmocionada, mientras José intentaba tranquilizarla.
—El Señor proveerá —dijo José.
—Eso es lo que siempre dices —replicó Prudence—. Pero ¿de qué vamos a vivir?
Prudence salió de la habitación y José se sentó en su escritorio para trabajar en el libro del sábado. José creía que cuando pusiera a Jesús en primer lugar, todo lo demás encajaría en su sitio y Dios les proporcionaría todo lo que necesitaban.
Y Dios proveyó. Media hora más tarde, José tuvo la impresión de que debía ir a la oficina de correos. Ese mismo día llegó una carta con un billete de 10 dólares de alguien que sintió que Bates necesitaba dinero. En aquellos tiempos, esa cantidad era mucho dinero. ¡Qué milagro tan maravilloso en el momento justo!
Con ese dinero, José pudo comprar un costal de harina, papas y otros artículos necesarios, y aún le sobró para trabajar en el libro. José pidió que le llevaran los víveres a su casa mientras él se iba a hablar con el impresor de su libro.
Cuando le entregaron los víveres, Prudence pensó que debía tratarse de un error e intentó que el repartidor se los llevara de vuelta. Solo cuando José llegó a casa con la carta se dio cuenta de que Dios había obrado un milagro para satisfacer sus necesidades.
Historia adaptada de Dilo al mundo, de C. Mervyn Maxwell, copyright © 2002 Pacific Press® Publishing Association. Usado y adaptado con permiso.
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