Lección 9 de Infantes - Año A Trimestre 3 - Vivos en Jesús
SORPRESA EN UNA BODA
«Para los hombres esto es imposible, pero para Dios todo es posible» (Mateo 19:26, DHH).
«Proveer» - Proveer es darle a alguien lo que necesita. Jesús te provee muchas cosas buenas: una familia, un hogar, comida y, lo más importante, su amor sin fin.
La lección de esta semana se basa en Juan 2:1-11 y en El Deseado de todas las gentes, cap. 15.
La invitación
Estaba a punto de celebrarse una boda familiar en el pequeño pueblo de Caná. ¡Qué emocionante! Jesús estaba invitado. No era el único invitado. María, su madre, también estaría allí, junto con otros familiares y amigos.
¿Quién más estaba invitado? Lean Juan 2:2.
En una boda todos están muy contentos, porque se celebra el amor entre un hombre y una mujer. Desde la creación del mundo, Dios le pidió al hombre que «dejara a su padre y a su madre y se uniera a su esposa» (Génesis 2:24). Dios creó el matrimonio. Es una promesa especial entre un hombre y una mujer que se aman. Y es para siempre.
Jesús y sus discípulos querían estar en la boda para celebrar con la feliz pareja. Así que se pusieron en marcha hacia Caná de Galilea.
La boda
Una música muy alegre llenaba el ambiente. Todos charlaban y sonreían. La boda era un éxito. Los novios estaban sentados juntos, disfrutando de una comida deliciosa y bebiendo jugo de uva. ¡Qué celebración!
Los familiares de los novios habían llegado de todas partes del país para estar con ellos. Jesús y sus discípulos también habían llegado de lejos.
María sonreía porque estaba feliz de que Jesús hubiera ido a la boda. Hacía muchas semanas que no lo veía y le dio un gran abrazo cuando lo vio.
María miró el rostro de Jesús. No era especialmente lindo por fuera (ver Isaías 53:2), pero sus palabras y sus acciones eran siempre puras y muy amables.
María se dio cuenta de que los discípulos también observaban atentamente a Jesús. Le mostraban un gran respeto y lo llamaban Maestro. Había otras personas en la boda que también observaban a Jesús. Llenos de entusiasmo, hablaban con sus amigos de las cosas maravillosas que habían oído acerca de él.
Sin embargo, Jesús, tan humilde y feliz como siempre, no estaba en la boda para robarles la atención a los novios. Había ido a disfrutar tranquilamente de un banquete de bodas y a difundir la bondad y la felicidad de Dios dondequiera que podía.
¿Qué podemos hacer para ser tan agradables como Jesús? Lean 1 Pedro 3:3-4.
El gran problema
Vacía. Vacía. Vacía. El sirviente de la boda sacudía la cabeza cada vez que veía otra jarra seca y vacía. Ya no quedaba nada del dulce jugo de uva (vino sin fermentar) que antes contenían. «¿Cómo puede ser esto? ¿Cómo se pudo terminar tan rápido el jugo de uva?», pensó.
Los sirvientes oían cómo continuaba la alegre música, las risas y las conversaciones en el salón de bodas. El banquete no había terminado, ni mucho menos. Los novios se iban a enojar si se enteraban de que ya no quedaba jugo de uva. Y los invitados se iban a decepcionar. ¡Oh, no!
Los sirvientes fruncieron el ceño y susurraron entre ellos. «¿Dónde vamos a conseguir jugo de uva para todo lo que queda de banquete?», se preguntaban. Y es que no había tiendas a las que ir a comprar. ¡No había forma de conseguir más jugo de uva! ¡Y tenían muchos invitados!
Entonces, María se enteró del gran problema. Sabía que podía confiar los grandes problemas al gran Dios, que es aún más grande que nuestros problemas. ¿Qué dice la Biblia sobre los problemas imposibles? Lean Mateo 19:26.
Dios podía suplir todas sus necesidades.
María miró alrededor de la sala y vio a Jesús conversando con sus amigos, los discípulos. Se apresuró a acercarse a él y, en voz baja, María le dijo a Jesús: «Se quedaron sin vino» (Juan 2:3).
María sabía que podía ir a Jesús en busca de ayuda. ¡Tú también puedes hacerlo! Ningún problema es demasiado grande para Jesús.
El milagro
Jesús miró a los preocupados sirvientes y las jarras vacías. Sí, ¡él iba a ayudarlos! Junto a la puerta había seis tinajas de piedra que estaban vacías. Jesús se volvió hacia los sirvientes y les dijo: «Llenen las tinajas con agua» (Juan 2:7).
Los sirvientes corrieron a hacer exactamente lo que Jesús les había dicho. Glug, glug, glug. El agua chapoteaba y salpicaba dentro de las grandes y pesadas tinajas. Una... dos... tres... cuatro... cinco... seis tinajas se llenaron hasta el borde.
Los invitados empezaban a tener sed y pedían que les volvieran a llenar las copas vacías. Los sirvientes miraron a Jesús, esperando su próxima indicación. ¿Qué les dijo Jesús? Lean Juan 2:8.
Los sirvientes estaban confundidos, pero decidieron confiar en Jesús y obedecer. Con cuidado, vertieron el agua en una copa y se la dieron al maestro de ceremonias.
Sip, sip. ¡Guau! El maestro de ceremonias abrió los ojos de par en par y curvó los labios formando una sonrisa. ¡Era el jugo de uva más dulce, fresco y delicioso que jamás había probado!
Emocionado, el maestro de ceremonias llamó al novio. «Un anfitrión siempre sirve el mejor vino primero —le dijo—, y una vez que todos han bebido bastante, comienza a ofrecer el vino más barato. ¡Pero tú has guardado el mejor vino hasta ahora!» (Juan 2:10).
Los sirvientes estaban asombrados. Acababan de ver un milagro. ¡Jesús había convertido el agua en el jugo de uva más puro! Les había dado justo lo que necesitaban.
La noticia se extiende
Con una gran sonrisa en el rostro, los sirvientes llevaron las jarras del jugo de uva milagroso a los invitados sedientos. Jesús había provisto un delicioso vino sin fermentar para llenar todas las tazas vacías.
Los invitados daban un sorbito, sonreían y seguían bebiendo. ¡Qué jugo tan dulce y delicioso! «¿Dónde lo habrán conseguido?», se preguntaban. ¡Nunca habían probado un jugo tan rico!
Los invitados llamaron a los sirvientes y comenzaron a hacerles preguntas sobre el jugo de uva. Los sirvientes no pudieron contener la emoción y les contaron a todos la asombrosa historia del milagro que había hecho Jesús.
Todos empezaron a hablar de Jesús. Sus amigos, los discípulos, también empezaron a hablar de él. Este fue el primer milagro de Jesús. La Biblia dice que «Jesús reveló su gloria. Y sus discípulos creyeron en él» (Juan 2:11). Estaban muy contentos de haberlo dejado todo para seguirlo.
Varios días después, la boda llegó a su fin y la gente regresó a su casa, pero la emoción los acompañó. Dondequiera que iban, contaban la historia de Jesús y del milagroso jugo de uva a sus amigos. Los amigos se lo contaban a sus familiares, y estos, a sus amigos. Al poco tiempo, todo el mundo estaba hablando de Jesús.
Los sacerdotes y los líderes religiosos sintieron curiosidad cuando oyeron hablar de este Maestro, humilde pero lleno de poder.
¿De qué cosas nos dice la Biblia que hablemos? Lean Salmo 145:4-6.
Los fósforos milagrosos
La mamá abría y cerraba con fuerza las puertas de los armarios. No encontraba ni un solo fósforo para encender la cocina. Estaba a punto de empezar el sábado. Era demasiado tarde para ir a una tienda, pues todas estaban lejos en Fiyi.
John, de cuatro años, observaba a su mamá con atención y le preguntó:
—¿Podemos orar para que Jesús nos ayude a encontrar los fósforos?
—Por supuesto —respondió la mamá, sorprendida.
Ella sabía que, para John, ningún problema era tan pequeño que no pudiera llevárselo a Jesús. También sabía que «para Dios no hay nada imposible» (Mateo 19:26, PDT).
John oró: «Querido Jesús, gracias por tu amor. Por favor, ayúdanos a encontrar un fósforo para que podamos desayunar leche caliente mañana. Amén». La mamá sonrió y le dio un abrazo.
Cuando John se despertó a la mañana siguiente, recordó la oración y comenzó a buscar por toda la casa. Finalmente, su mirada se posó en una cajita que estaba atascada entre la puerta principal y la tela mosquitera. John la sacó y la abrió. Su corazón dio un salto de alegría. Corrió al dormitorio de su madre agitando la cajita.
—¡Mira, mamá, fósforos! Creo que el ángel de Dios los trajo durante la noche.
Dentro de la caja había fósforos blancos con puntas plateadas. La mamá nunca había visto fósforos como aquellos.
Se arrodillaron para dar gracias a Dios por escuchar su oración por algo tan simple como un fósforo, y por responder de una manera tan poderosa. Luego, con el corazón alegre, encendieron la cocina para desayunar leche caliente.
Adaptado de «El misterio de los fósforos», de Gina Wahlen, Misión adventista niños, 2.º trimestre de 2016.
Hay que poner la mesa
Un domingo por la mañana, Joanne, una niña de Oregón, Estados Unidos, vio los armarios vacíos y suspiró. No les quedaba comida ni dinero para comprar más. Su papá se había ido de la casa porque su mamá había empezado a ir a una iglesia adventista. «Si eligen a Dios, pídanle a él que los alimente y los vista», había dicho el padre.
La mamá de Joanne no tenía trabajo. Ese domingo lloró y oró en su habitación. Cuando llegó la hora de comer, la hermana menor de Joanne se quejó: «Tengo hambre». El hermano mayor se quedó quieto, tratando de ser valiente a pesar de que no tenía forma de conseguir comida.
Entonces, Joanne recordó haber leído en Las bellas historias de la Biblia sobre unos niños a los que los ángeles ayudaron después de orar. «¡Lo único que tenemos que hacer es orar!», exclamó.
Joanne no sabía orar, pero lo hizo de todos modos. «Hola, Dios, tenemos mucha hambre. ¿Puedes enviarnos algo de comer, por favor?».
Los niños esperaron, pero no llegó ninguna comida. Pasaron las horas. Ya era el tiempo de cenar y los niños tenían ahora más hambre. La mamá seguía orando en su habitación.
Entonces, Joanne dijo: «¡Ya sé qué hicimos mal! Dios piensa que no creemos en él porque no pusimos la mesa». Rápidamente pusieron la mesa. Luego, Joanne oró: «Perdón, Dios. ¿Puedes ahora enviarnos algo de comida? ¡La mesa ya está puesta y estamos listos!».
Pero no llegó nada.
Los niños se fueron a la cama decepcionados y con hambre. A la mañana siguiente se despertaron con más hambre todavía. Cuando fueron a abrir la puerta de la casa para ir a la escuela, vieron que estaba bloqueada por una enorme caja llena de comida.
Emocionados, llamaron a la mamá para que fuera a la puerta. Ella no pudo creer lo que vio. ¡Dios les había dado justo lo que necesitaban! «Es imposible para los hombres, pero para Dios no hay nada imposible» (Mateo 19:26, PDT).
En ese momento, Joanne supo que Dios vive y que la ama.
Adaptada de «Una niña ora pidiendo la ayuda de los ángeles», de Andrew McChesney, Misión adventista niños, 4.º trimestre de 2021.
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