Lección 11 de Infantes - Año A Trimestre 3 - Vivos en Jesús
JESÚS, EL MAESTRO
«Bendito es todo el que escucha la palabra de Dios y la pone en práctica» (Lucas 11:28).
«Escuchar» - Escuchar es prestar atención al sonido. Cuando prestas atención a lo que alguien dice, estás escuchando. Jesús nos pide que escuchemos sus sabias palabras y que hagamos lo que él dice.
La lección de esta semana se basa en Mateo 5:14-16; 6:9-13; 13:31-34; Lucas 6:43-49 y en El Deseado de todas las gentes, cap. 31.
Jesús, el contador de historias
El niño se inclinó hacia adelante y levantó la barbilla. Sentado sobre las manos, se quedó muy quieto para escuchar a Jesús. A su lado, una niña se acercó un poco más. Chocó con él, pero él no se dio cuenta porque estaba muy atento a Jesús.
Los bondadosos ojos del Maestro brillaban mientras contaba una historia tras otra. Una era divertida; otra, emocionante. Una de las historias hizo que el niño mirara los hermosos árboles y las flores que lo rodeaban, y suspirara de felicidad. Aunque era pequeño, podía entender todo. Jesús era el mejor contador de historias.
Jesús contaba historias a pequeños grupos en las casas y a grandes grupos bajo el inmenso cielo azul. Hablaba en los templos, desde las barcas y mientras caminaba por caminos polvorientos.
¿Con qué frecuencia Jesús contaba historias? Lean Mateo 13:34.
Jesús hablaba de las aves que revoloteaban, de las flores de colores y de los campos de trigo. Los niños podían mirar y ver todo eso mientras escuchaban en silencio.
Jesús contaba historias sobre ovejas traviesas, constructores necios y granjeros ocupados, realidades que todos conocían.
Ya fueran personas canosas y con arrugas, o jóvenes inquietos, a todos les encantaba escuchar a Jesús y aprender de él. La gente incl... escuchar sus sabias palabras.
Jesús sigue siendo el mejor contador de historias. Si las escuchamos con atención, sus historias pueden ayudarnos a acercarnos más a él. La Biblia dice: «Dichosos los que escuchan la palabra de Dios, y la obedecen» (Lucas 11:28, RVC).
Una luz brillante
La pequeña llama parpadeaba y se hacía cada vez más grande. Su dorado resplandor se veía en todo el cuarto. Con cuidado, alguien tomó la lámpara y la colocó en una estantería. Ahora toda la familia podía ver las sonrisas de los demás. Podían encontrar la olla, la aguja y el hilo, y un cómodo cojín para sentarse.
Por la noche, Jerusalén y las demás ciudades de alrededor brillaban con cientos de luces como esta. Todas las familias usaban lamparitas de cerámica para iluminar el hogar.
Un día, Jesús se sentó en la ladera de una montaña para hablarle a una gran multitud. Les recordó estas luces nocturnas, diciendo: «Ustedes son la luz del mundo, como una ciudad en lo alto de una colina que no puede esconderse» (Mateo 5:14).
La gente escuchaba con atención. Pensaban en sus hogares y en sus pueblos, que tenían luz en la oscuridad.
Jesús continuó: «Nadie enciende una lámpara y luego la pone debajo de una canasta» (Mateo 5:15). La gente sonrió. Algunos incluso se rieron. ¡Qué idea tan tonta! ¡¡Claro que nadie encendería una lámpara para esconderla debajo de una canasta!! ¡Las luces son para iluminar, no para esconderlas!
Jesús añadió: «La coloca en un lugar alto donde ilumina a todos los que están en la casa» (Mateo 5:15). ¿Qué dijo Jesús a continuación? Lean Mateo 5:16.
Todos asintieron con la cabeza. Sí, ¡qué buena historia! ¿Quién no tenía una lámpara? Todos podían entender el mensaje. Jesús quiere que digamos y hagamos cosas que muestren su bondad. De esa manera, somos como una luz brillante que todo el mundo puede ver.
La semillita que creció
El sol brillaba sobre las aguas mansas. Jesús estaba sentado en una barca a la orilla del lago. Desde allí miraba a la multitud sonriente que, sentada en la arena, esperaba en silencio. Estaban listos para escuchar otra historia.
«El reino de los cielos es como una semilla de mostaza que un hombre siembra en su campo», dijo Jesús (Mateo 13:31, DHH). Todos imaginaron la diminuta semilla de mostaza y al granjero sembrándola y cubriéndola suavemente con tierra. Paf, paf, paf.
Jesús continuó: «Esta semilla es la más pequeña de todas, pero cuando crece, se vuelve la planta más grande del campo. Se hace árbol a tal punto que vienen las aves y hacen nidos en sus ramas» (Mateo 13:32, PDT). La gente apartó la mirada del lago para ponerla en el campo. Árboles de mostaza agitaban sus ramas con la brisa. Las aves revoloteaban de rama en rama, cantando hermosos cantos.
¿Por qué Jesús les contó esta historia? Lean Mateo 13:34.
A Jesús le encantaba usar la naturaleza para enseñar acerca de su amor y su poder. Quería que supieran que él también podía obrar un milagro en su corazón, tal como lo hacía con aquella semilla. Lo único que necesitaban era un poco de confianza en él.
Jesús prometió que también puede obrar un milagro en ti. Él te ayudará a ser más fuerte y valiente cada día cuando viva en tu corazón.
¿Higos o espinos?
Todo el mundo sabe que las ciruelas crecen en los ciruelos y las uvas en la vid. Y que, por supuesto, las bayas crecen en los naranjos. ¡No! ¡Las bayas crecen en arbustos!
Jesús estaba al pie de una montaña enseñando y sanando a mucha gente. Todos escuchaban con atención para no perderse ni una sola de sus maravillosas palabras. Entonces, Jesús les dijo: «Al árbol se le identifica por su fruto. Los higos no se recogen de los espinos, y las uvas no se cosechan de las zarzas» (Lucas 6:44).
La gente debió de haber sonreído ante esa idea tan absurda. Imagínate a alguien buscando higos en los espinos. ¡Au, me piché! Lo único que se puede encontrar en los espinos son espinas y dolor.
Entonces Jesús les explicó que nosotros somos como los árboles. No es que tengamos hojas ni ramas, sino que nuestra forma de ser y las cosas que hacemos y decimos son como los frutos de un árbol.
Si el Espíritu de Dios no vive en nuestro corazón, somos muy parecidos a un arbusto lleno de espinas. Podemos herir a los demás y no damos buenos frutos. Pero cuando el Espíritu Santo mora en nuestro corazón, damos sus hermosos frutos.
¿Qué tipo de fruto damos cuando el Espíritu Santo mora en nuestro corazón? Lean Gálatas 5:22-23.
Al día siguiente, mientras comían fruta, todas aquellas personas seguramente sonreían. ¡Jesús les había enseñado una lección muy fácil de recordar! Ellos habían escuchado con atención y ahora podían recordarla. También podían pedirle a Dios que los ayudara a hacer lo que Jesús había dicho. La Biblia dice: «¡Qué afortunados son los que escuchan la palabra de Dios y la obedecen!» (Lucas 11:28, PDT).
La casa sobre la roca
La multitud emocionada guardó silencio. ¡Shh! Los niños dejaron de reírse. Las mamás y los papás dejaron de susurrar. Todos miraban y escuchaban. Jesús tenía otra historia que contar.
Cavaba, cavaba, cavaba... Un constructor estaba construyendo una casa. Su pala cavaba profundamente en la tierra. Clunk, clunk, ¡clink! El hombre había llegado a la roca dura y resistente. ¡Perfecto! Ahora podía construir su casa sobre la roca. Primero echó unos cimientos firmes. Luego construyó paredes altas y, por último, colocó el techo. ¡Listo!
Entonces se desató una fuerte tormenta. Cayó tanta lluvia que hubo inundaciones, pero el hombre no estaba preocupado. La inundación no derribaría su casa, porque estaba bien construida (ver Lucas 6:48). Había construido sobre roca firme.
Luego, Jesús les habló a sus oyentes sobre otro constructor. Rasc, rasc, rasc... Levantó altas paredes y colocó el techo. A este constructor no le importaba excavar hasta encontrar roca firme. No se molestó en construir cimientos fuertes. Eligió un terreno arenoso, construyó su casa rápidamente y ¡listo!
Cayó la lluvia, vino la inundación y, con un estruendo, toda la casa se derrumbó.
Nuestra vida es como una casa y Dios es la roca. ¿Qué nos dice la Biblia acerca de Dios, nuestra roca? Lean 2 Samuel 22:3.
Cuando escuchamos las palabras de Dios en la Biblia y las obedecemos, nos mantenemos fuertes en las tormentas y los problemas.
¿Cómo oramos?
La gente se sentó en la ladera de la montaña a escuchar a Jesús. Habían sonreído al oír la historia de la casa que se derrumbaba y la de la fruta que no salía del árbol correcto. Habían asentido con la cabeza al escuchar la historia de las semillas y de la luz brillante. ¡Así que así era el amor de Dios!
Jesús sonrió. Realmente quería que se acercaran aún más al Dios de amor. Él iba a enseñarles cómo hacerlo. Iba a enseñarles a orar. Mirando al cielo, Jesús comenzó esta hermosa oración:
«Padre nuestro que estás en los cielos,
santificado sea tu nombre.
Venga tu Reino.
Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.
El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy.
Perdónanos nuestras deudas,
como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.
No nos metas en tentación, sino líbranos del mal,
porque tuyo es el Reino, el poder y la gloria,
por todos los siglos. Amén» (Mateo 6:9-13, RVR 95).
Jesús comenzó alabando a Dios y poniendo toda su confianza en él. Luego le pidió las cosas que necesitaban, como comida, perdón, ayuda y fortaleza. Jesús terminó alabando a Dios.
Jesús quiere que nosotros también oremos así. Él es nuestro mejor maestro. Nos enseña a estar cerca de Dios y a mostrar su amor.
Oídos atentos
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