Lección 6 de Infantes - Año A Trimestre 3 - Vivos en Jesús
EN EL RÍO JORDÁN
«Arrepiéntanse, [...] porque el reino del cielo está cerca» (Mateo 3:2).
«Arrepentirse» - Arrepentirse es sentirse mal por haber hecho algo malo y desear no haberlo hecho. Es también pedir perdón. Dios quiere que nos arrepintamos cuando hacemos algo malo y que le pidamos perdón.
La lección de esta semana se basa en Lucas 3:1-22; Juan 1:4-34; Mateo 3; Marcos 1:1-11 y en El Deseado de todas las gentes, cap. 11.
El bebé Juan
Zacarías sonrió de alegría. ¡Dios había hecho lo imposible! Le había dado un bebé a este anciano sacerdote y a su anciana esposa, Elisabet.
Zacarías le pidió a uno de sus amigos que le pasara rápidamente algo para escribir. No había podido hablar desde que el ángel lo había visitado. El ángel le había prometido este bebé milagroso, pero Zacarías había dudado. Desde entonces, ¡había permanecido en silencio!
«Su nombre es Juan», escribió Zacarías (Lucas 1:63).
Juan. El bebé Juan. Tal como el ángel le había indicado. De pronto, Zacarías pudo volver a hablar. ¡Otro milagro!
Sus vecinos estaban asombrados. Les hablaron del bebé Juan a todos sus amigos. Les contaron que era un niño milagro. Pronto, toda la gente de los pueblos de alrededor hablaba del bebé Juan. «¿Qué llegará a ser este niño?», se preguntaban (Lucas 1:66). Podían ver que Dios estaba con él.
¡Zacarías lo sabía! El ángel se lo había dicho, así que él le dijo a su hijo: «Y tú, mi pequeño hijo, serás llamado profeta del Altísimo, porque prepararás el camino para el Señor» (Lucas 1:76).
Juan les contaría a todos que podían ser salvos. «Dirás a su pueblo cómo encontrar la salvación mediante el perdón de sus pecados» (Lucas 1:77).
¿Qué fue del bebé Juan? Lean Lucas 1:80.
El predicador
El polvoriento camino estaba repleto de entusiasmados viajeros. Los sacerdotes, con sus largas túnicas, y los importantes maestros judíos iban delante. Los recaudadores de impuestos los seguían. Luego, los pescadores y los agricultores iban detrás, riendo. Y, finalmente, las familias abarrotaban el camino. Desde el abuelito hasta el nuevo hermanito, todos iban a ver al nuevo predicador.
La Biblia habla de una voz que clamaba en el desierto: «¡Preparen un camino para el Señor!» (Isaías 40:3, PDT). Y allí era precisamente donde se dirigían todos: ¡al desierto!
Juan era ahora un mensajero especial de Dios. Lo llamaban Juan el Bautista. La gente iba al desierto para oírlo hablar. ¡Qué sorpresa se llevaban! No se parecía a nadie que hubieran visto antes ni actuaba como los demás.
¿Cómo se vestía y qué comía Juan? Lean Mateo 3:4.
Juan era diferente a los demás predicadores. Y su mensaje también era distinto. Dios quería que fuera así, porque era hora de un gran cambio.
Lo que la gente necesitaba no era un cambio de zapatos ni del pañuelo que llevaban en la cabeza. Lo que Juan decía era: «Arrepiéntanse, [...] porque el reino del cielo está cerca» (Mateo 3:2).
¡Jesús también quiere hacer un gran cambio en tu corazón! ¿Por qué no vas hoy a él y le pides: «Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio» (Salmo 51:10)?
Arrepiéntanse
La voz de Juan el Bautista resonaba fuerte y clara en el desierto: «Arrepiéntanse, [...] porque el reino del cielo está cerca» (Mateo 3:2).
Todos los que se encontraban en la gran multitud junto al río Jordán escuchaban en silencio. La gente había viajado desde todas partes del país para ver a Juan el Bautista y escuchar lo que tenía que decir.
¿Arrepiéntanse? Los niños de la multitud no sabían el significado de esa palabra. Sus madres les explicaron en voz baja que significa sentirse mal cuando haces algo malo. Dios quiere que nos arrepentamos de nuestros pecados y le pidamos perdón.
Los maestros, que se creían sabios; y los fariseos, que se creían importantes, miraron para abajo. ¿Ellos también necesitaban arrepentirse?
Los gobernantes adinerados respiraron hondo. ¿Ellos también necesitaban arrepentirse?
Las madres, los padres, los constructores, los comerciantes y los agricultores también se pusieron a pensar. ¿Necesitaban arrepentirse?
¿Quiénes, según la Biblia, pecaron y necesitan el perdón de Dios? Lean Romanos 3:23.
Sí, todos pecamos. ¡Pero el amor y el perdón de Dios son para todos!
Mientras Juan hablaba, el Espíritu Santo comenzó a hacer algo profundo en el corazón de las personas. Se dieron cuenta de lo pecadoras que eran. Allí mismo, en el desierto, le pidieron a Dios que los perdonara.
«¡Oh Señor, eres tan bueno; estás tan dispuesto a perdonar, tan lleno de amor inagotable para los que piden tu ayuda!» (Salmo 86:5).
¡Él viene!
Los que estaban junto al río Jordán se sentían muy felices. ¡Se habían arrepentido de sus pecados y Dios los había perdonado! Juan los bautizó en el río para mostrar públicamente que Dios había limpiado su corazón y eran nuevas criaturas.
Pero no todos estaban felices. Los importantes gobernantes judíos de Jerusalén querían saber qué estaba pasando allí, en el desierto. Enviaron sacerdotes para preguntarle a Juan el Bautista: «¿Quién eres? [...] ¿Qué puedes decirnos de ti mismo?» (Juan 1:22).
Juan les respondió con firmeza: «Yo no soy el Mesías. [...] Ni siquiera soy digno de desatar las correas de sus sandalias» (Juan 1:20, 27). Y les dijo que el Salvador vendría pronto.
¡El Salvador vendría pronto! Las palabras de Juan se difundieron rápidamente por toda la tierra. Su mensaje llegó a los pobres que vivían en las colinas y a los pescadores de mares lejanos. Incluso llegó a oídos de un humilde carpintero de Nazaret. Cuando Jesús oyó lo que Juan el Bautista estaba predicando, dejó inmediatamente sus herramientas. Le dio un abrazo de despedida a su madre y se fue de Nazaret.
¿Adónde fue Jesús? Lean Mateo 3:13.
Quienes habían ido al Jordán aún no lo sabían, pero Jesús iba para allá. El carpintero de Nazaret pronto comenzaría un nuevo trabajo: la obra que Dios había planeado para Jesús hacía mucho, mucho tiempo. Jesús no era solo un hombre de Nazaret; Jesús era el Hijo de Dios.
¡Y estaba a punto de llegar!
Jesús en el Jordán
Todos sonreían y charlaban animadamente junto al río. Se habían arrepentido de sus pecados y Dios los había perdonado. Se bautizaban con el corazón limpio y el rostro feliz.
Al llegar al río, Jesús pasó junto a la sonriente multitud y fue directo a Juan el Bautista. Tan pronto como Juan vio a Jesús, se dio cuenta de que era diferente a todos los demás. Todo en Jesús era puro, bueno y santo.
Jesús le pidió a Juan que lo bautizara, así como bautizaba a los demás. Jesús no necesitaba arrepentirse ni pedir perdón porque su corazón ya estaba completamente limpio, pero quería ser nuestro ejemplo. Quería enseñarnos el perdón de Dios y su poder para limpiar el corazón.
Juan se dio cuenta de que Jesús era el Salvador prometido, porque, después de bautizarlo, ocurrió algo asombroso. Una luz muy brillante descendió del cielo, de Dios, directamente sobre Jesús. ¡Este era el Hijo elegido de Dios!
Mientras la luz brillaba, el Espíritu Santo descendió y se posó sobre Jesús. ¿Qué aspecto tenía el Espíritu Santo? Lean Mateo 3:16.
Entonces la voz de Dios habló desde el cielo, diciendo: «Tú eres mi Hijo muy amado y me das gran gozo» (Marcos 1:11).
Dios se goza cuando nos arrepentimos y le pedimos perdón. Él te ama y promete limpiarte.
Nishan y el mango
Nishan se mordió los labios y trató de no sonrojarse. Por dentro se sentía nervioso.
La mamá suspiró.
—No lo entiendo —dijo la mamá—. Esta mañana había aquí un mango grande, maduro y jugoso, y ha desaparecido. Nishan, ¿estás seguro de que no sabes dónde está?
Él negó con la cabeza y rápidamente miró al suelo.
—¿Ya puedo irme a jugar? —preguntó con prisa.
Su mamá asintió con un gesto triste.
Nishan dio una patada al suelo pensando en el mango que él había tomado. Le había parecido tan dulce y delicioso... Pero ahora se sentía fatal por mentirle a su mamá. Ella iba a usar el mango para hacerle algo especial a la tía. Nishan pensó en su tía favorita y empezó a llorar.
—¿Te pasa algo? —le preguntó su mamá, acercándose a él.
—Perdóname, mamá —sollozó Nishan—. Yo tomé el mango. Te mentí.
—Me entristece que hayas hecho eso —le dijo la mamá, abrazándolo—, pero te perdono. Vamos a decirle a Jesús que estás arrepentido. A él le encanta perdonarnos. Jesús dice: «Borraré tus pecados por amor a mí mismo y nunca volveré a pensar en ellos» (Isaías 43:25). ¿No es una gran noticia?
Nishan asintió con la cabeza. No quería sentirse mal por dentro. Quería que Jesús lo hiciera sentir limpio y renovado. Se secó las lágrimas y oró: «Querido Jesús, lamento haber hecho mal. Lo que hice afectó a mi mamá y a mi tía. Por favor, perdóname. Amén». Entonces abrió los ojos y sonrió.
¡A buscar piedras!
Desafío: Salgan a dar un paseo el sábado por la tarde y recojan algunas piedras.
Busquen:
- Formas sorprendentes. ¿Pueden encontrar alguna que tenga forma de otra cosa, como de corazón, por ejemplo?
- Colores bonitos. Miren con atención para encontrar piedras de colores peculiares o que tengan diferentes colores en su interior.
- Diferentes texturas. Busquen piedras lisas, rugosas, irregulares y dentadas.
Llévenlas a casa y lávenlas en una palangana con agua. Pongan una o dos favoritas en la caja para recordar. Por muy manchados que estemos por el pecado, Jesús puede limpiarnos. ¡Su amor y su perdón pueden renovarnos!
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