Lección 5 de Infantes - Año A Trimestre 3 - Vivos en Jesús
CRECE, CRECE Y CRECE
«Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en el favor de Dios y de toda la gente» (Lucas 2:52).
«Crecer» - Crecer es hacerse más grande y fuerte. Cuando eres niño, tu cuerpo crece un poco más cada día. Pero también se puede crecer en amor y en bondad. Cuando Jesús vive en tu corazón, te ayuda a crecer para parecerte cada vez más a él.
La lección de esta semana se basa en Lucas 2:41-52 y en El Deseado de todas las gentes, caps. 7 y 8.
Hogar, dulce hogar
El niño Jesús se despertó, se estiró y bostezó. Sonrió al oír el sonido de la lluvia repiqueteando fuera. No importaba si brillaba el sol o si tronaban las oscuras nubes de tormenta, Jesús siempre tenía la alegría de Dios en su corazón.
Al levantarse, empezó a tararear un canto de alabanza. Muy contento, hizo su cama. Luego, arrodillándose e inclinando la cabeza, Jesús habló con Dios, su Padre celestial y Ayudador.
A Jesús también le encantaba ser un ayudante. Iba rápidamente a ayudar a su mamá a preparar el desayuno y a hacer las tareas de la casa. Luego, seguía felizmente a su papá terrenal para ayudarlo en su trabajo. Jesús tenía mucho que aprender por ser hijo de un ______________________. Lean Mateo 13:55 para llenar el espacio en blanco.
Bang, bang, bang. Jesús clavaba una pata de madera a una silla. Cuidadosamente tomaba las medidas y en todo se esforzaba al máximo. A la hora de recoger, guardaba bien las herramientas.
Mientras iba por el camino, Jesús se fijaba en los corderitos que saltaban alegremente en el campo. Y tal vez observaba a las hormiguitas, correteando en fila unas detrás de las otras. La naturaleza le enseñó mucho a Jesús sobre el amor y el poder del Padre.
En la casa, María siempre estaba cerca de él. Le contaba historias y hermosos mensajes de las Escrituras. A él le encantaba aprender de Dios.
Cada día en Nazaret, Jesús crecía mientras trabajaba, comía y jugaba. Sí, el niño Jesús crecía cada vez más en edad, pero también crecía de otras maneras: «Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en el favor de Dios y de toda la gente» (Lucas 2:52).
Amar a toda costa
Las cosas no siempre eran fáciles para Jesús. María y José no tenían mucho dinero, vivían en una casa pequeña y sencilla y todos los días tenían que trabajar sin descanso para poder comprar comida y ropa.
A lo mejor, Jesús cargaba pesadas jarras de agua sobre sus pequeños hombros, barría el piso y limpiaba la mesa. Ningún trabajo era demasiado aburrido o difícil para él.
Jesús ayudaba con alegría. «Porque el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir» (Marcos 10:45, RVR 95).
Aunque Jesús siempre mostraba bondad, no todos eran amables con él: a veces, los niños de Nazaret hacían travesuras o desobedecían y, al ver que Jesús era obediente y honesto, se burlaban de él, le ponían apodos y se molestaban porque Jesús siempre hacía lo correcto.
A veces, los adultos de Nazaret contaban falsos rumores sobre Jesús: lo señalaban y hacían gestos de desaprobación con la cabeza; pero, aun así, Jesús amaba a esas personas.
¿A qué había venido Jesús a la tierra? Lean Lucas 19:10.
Jesús nunca dejó de mostrar a todos el gran amor de Dios y sus caminos perfectos. Cuando los demás eran crueles, Jesús mostraba bondad. Cuando la gente mentía, Jesús decía la verdad. Cuando otros hacían algo incorrecto, Jesús hacía lo correcto. Y así, «Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en el favor de Dios y de toda la gente» (Lucas 2:52).
Un viaje en familia
Jesús se estaba convirtiendo en un jovencito. ¡Ya tenía doce años! Y ahora con doce años, podía hacer algo especial con su familia. «Cada año, los padres de Jesús iban a Jerusalén para el festival de la Pascua» (Lucas 2:41). Este año, Jesús podía acompañarlos. ¡Qué bien!
Se pusieron en camino a Jerusalén. Jesús y su familia no eran los únicos; parecía que también iba todo Nazaret. Todos se dirigían a una fiesta especial en la gran ciudad de Jerusalén.
El viaje era de varios días, pero a nadie parecía importarle. Por el camino iban charlando, riendo y cantando juntos. Los campos estaban adornados de coloridas flores y se oían los dulces cantos de las aves. A Jesús le encantaba estar en la naturaleza.
Por el camino, tal vez José le iba contando a Jesús la historia del pueblo de Dios y el plan de salvación. A lo mejor le habló de los milagros que Dios había hecho, allí mismo, en su país, hacía mucho tiempo.
¿Qué nos dice Dios en la Biblia que debemos recordar? Lean 1 Crónicas 16:12.
María y José querían que Jesús aprendiera que Dios es bueno, y que nunca lo olvidara. Si recordamos los milagros y las bendiciones de Dios, creceremos en fe y sabiduría, así como creció Jesús.
En el templo
Por fin, María, José y Jesús pudieron divisar Jerusalén. ¡Era hermosa! Estaban felices de haber ido a adorar a Dios.
Hacía mucho tiempo, el rey David había escrito un canto para que los viajeros lo cantaran cuando fueran a adorar a Dios. Como un gran coro, la multitud que viajaba con Jesús cantaba alegremente:
«Vamos a la casa del Señor.
¡Jerusalén, ya nuestros pies se han plantado ante tus portones!
¡Jerusalén, ciudad edificada para que en ella todos se congreguen!» (Salmo 122:1-3, NVI).
¡Las celebraciones de la Pascua habían comenzado!
Qué momento tan especial para Jesús. Por primera vez vio el templo y a los sacerdotes ofrecer a Dios el sacrificio por los pecados. Jesús observaba con atención. Al ver lo que se hacía en el templo, se dio cuenta de que todo tenía que ver con él. Él sería el sacrificio, el «que quita el pecado del mundo» (Juan 1:29).
Jesús encontró a los maestros y fariseos en el templo y se sentó calladito a sus pies. Tras escucharlos, comenzó a hacerles preguntas profundas y difíciles sobre la venida del Salvador.
Los maestros y los fariseos lo miraron con asombro. ¿Quién era ese niño? No era uno de sus alumnos. ¿Dónde había aprendido tanto sobre las Escrituras? Era muy sabio.
¡Ojalá los maestros y los fariseos se hubieran dado cuenta de que, sentado a sus pies, estaba el Hijo de Dios, el Salvador prometido! Ojalá hubieran tenido el corazón abierto para aprender de Jesús.
¡Perdido!
Después de muchos días de celebraciones, todos empacaron, montaron en sus burros y se despidieron de la hermosa ciudad de Jerusalén. Era hora de volver a casa.
¿Qué hizo Jesús? Lean Lucas 2:43.
María y José llevaban todo un día de viaje cuando se dieron cuenta de que faltaba alguien especial. Miraron a la izquierda. Miraron a la derecha. «¿Dónde está Jesús?», se preguntaron.
«No puede estar muy lejos», pensaron. Probablemente había ido a buscar agua para el burro o estaba jugando con otros niños. Muchos amigos y parientes iban con ellos por el camino de regreso a casa. «Sí, seguramente estará con ellos», pensaron María y José.
Pero después de un tiempo, se dieron cuenta de que Jesús no estaba allí. Corrieron a preguntar a los amigos y a los familiares si lo habían visto. Todos negaron con la cabeza.
Tras buscar y buscar a Jesús, comprobaron que no estaba allí. El corazón les latía con fuerza dentro del pecho. Habían estado tan entretenidos charlando con los amigos por el camino de regreso a Nazaret, que no se habían dado cuenta de que Jesús no estaba con ellos.
Debían ir rápidamente a buscarlo. María y José dieron media vuelta hacia Jerusalén y corrieron por el camino tan rápido como pudieron. Oraron desesperadamente para que Dios mantuviera a su hijo a salvo.
¿Estaba a salvo Jesús? ¡Sí! Dios estaba con él. Jesús estaba ocupado en el templo, «sentado entre los maestros religiosos, escuchándolos y haciéndoles preguntas» (Lucas 2:46).
¡Encontrado!
Por tres largos días, María y José buscaron a Jesús. ¡Eso es muucho tiempo! Finalmente, entraron en el templo y se detuvieron al oír una voz familiar. ¡Mira, es Jesús!
María se secó las lágrimas y corrió hacia Jesús. «¡Hijo!», exclamó, «¿por qué nos has hecho esto? Tu padre y yo hemos estado desesperados buscándote por todas partes» (Lucas 2:48).
¿Qué les respondió Jesús? Lean Lucas 2:49.
Jesús había estado con su Padre celestial todo el tiempo. Había crecido «en sabiduría y en estatura, y en el favor de Dios y de toda la gente» (Lucas 2:52).
Juntos, Jesús, María y José regresaron a su hogar en Nazaret. Por el camino, María iba pensando en todo lo que había sucedido. Estaba muy contenta de que Dios le estuviera enseñando cómo cuidar a este niño tan especial.
El niño que plantó una iglesia
José era un niño de diez años que vivía en las Islas Salomón. Él no sabía nada de Jesús, pero tenía un amigo adventista. Un día, este amigo lo invitó al Club de Conquistadores y a la iglesia. José fue, se lo pasó muy bien y siguió yendo una y otra vez. Entonces decidió que quería que Jesús viviera en su corazón para siempre.
Al ir creciendo, José se iba pareciendo cada vez más a Jesús. Empezó a hablarles sobre los Conquistadores y la Biblia a sus amigos de la escuela. Sus amigos querían saber más, así que José los invitó a su casa para contarles más historias de la Biblia.
A los amigos de José les gustaron tanto las historias bíblicas que invitaron a más amiguitos para que fueran a escuchar y aprender. Pronto, entre treinta y cuarenta niños iban a la casa de José todas las tardes. Querían saber más de Jesús.
Poco a poco, los amigos de José también comenzaron a ir a la iglesia los sábados. Entonces sucedió algo que llenó de alegría a José. ¡Su mamá, su primo y tres amiguitos decidieron bautizarse! ¡Qué maravilla!
Pasó el tiempo y José cumplió trece años. Cada sábado, su sala de estar se llenaba con unas setenta personas. Con la ayuda del Espíritu Santo, ¡José plantó una iglesia para Jesús!
Al igual que José, tú también puedes crecer cada día en la sabiduría de Dios. Y puedes hablarles de la bondad y la verdad de Dios a otros, para que también puedan crecer.
Historia adaptada de «Un pequeño sembrador de iglesias», de Andrew McChesney, Misión adventista niños, 3er trimestre de 2019.
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