Lección 1 de Infantes - Año A Trimestre 3 - Vivos en Jesús
LA GRAN PROMESA
«Ella tendrá un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mateo 1:21, PDT).
«Promesa» - Una promesa es cuando alguien se compromete a hacer algo y cumple su palabra. Cuando Dios promete algo, ¡siempre cumple!
La lección de esta semana se basa en Lucas 1; Mateo 1:18-24 y en El Deseado de todas las gentes, caps. 1-3.
El tiempo señalado
El rey David pensó en la letra del canto y una sonrisa se le dibujó en el rostro. «Señor, toda mi vida he esperado en ti, y he confiado en tus promesas» (Salmo 130:5, RVC).
«Sí, eso es lo que haré», decidió el rey. «Esperaré». Él sabía que Dios siempre cumple sus promesas.
No resulta fácil esperar algo realmente bueno. Esperar un cumpleaños, un día para ir a jugar con un amigo o algo de comer que te encanta puede ser difícil. Pero esta espera era aún más difícil. A quien estaban esperando era a... ¡Jesús!
Dios había prometido que enviaría a su único Hijo en la mayor misión de rescate de la historia. Jesús vendría para salvarnos del pecado.
El rey David sabía todo sobre la promesa de Dios porque lo había aprendido de su padre, Isaí. A su vez, Isaí lo había aprendido de su padre, Obed. Y Obed lo había aprendido de sus padres, Rut y Booz. Ahora el rey David se lo contaría a sus hijos y a los habitantes de su reino. Y, juntos, esperarían la llegada del Salvador.
El pueblo de Dios esperó..., y esperó..., y esperó. Dios envió más reyes y más líderes para recordarles que siguieran siendo pacientes. El Salvador vendría en el tiempo señalado. ¿Cómo los habrán animado en su espera los versos del canto en Salmo 130:7-8?
Pasaron muchos, muchos años. El pueblo de Dios esperó muuucho tiempo hasta que, por fin, ¡terminó la espera! Se había cumplido el tiempo.
El ayudante
¡Se había cumplido el tiempo! ¡La espera había terminado! Dios estaba listo para enviar a su Hijo a salvar al mundo. Pero primero, necesitaría un ayudante, alguien que anunciara a todos que pronto vendría el Hijo de Dios.
Este ayudante necesitaría unos padres que le enseñaran los caminos de Dios. ¿A qué padres eligió Dios? Lean Lucas 1:5-6.
Un día, un ángel se le apareció de repente al fiel Zacarías mientras trabajaba en el templo.
«¡No tengas miedo, Zacarías!», le dijo el ángel con amabilidad. «Tu esposa, Elisabet, te dará un hijo, y lo llamarás Juan. [...] Será lleno del Espíritu Santo» (Lucas 1:13-15). El ángel dijo que Juan prepararía al pueblo para recibir al Señor.
¡Zacarías no podía creerlo! Él y su esposa, Elisabet, eran muy mayores, demasiado mayores para tener hijos. «¿Cómo puedo estar seguro de que ocurrirá esto?», preguntó con dudas. «Ya soy muy anciano, y mi esposa también es de edad avanzada» (Lucas 1:18).
El ángel le dijo a Zacarías que Elisabet tendría el bebé prometido. Pero como Zacarías dudó, no podría hablar hasta que naciera Juan, el bebé.
Zacarías salió del templo. Abrió la boca para hablarle a la gente, pero... ¡nada! No salía ningún sonido. Zacarías se fue en silencio a la casa, donde estaba su esposa, Elisabet, y pensó mucho en las palabras del ángel.
Tal como había dicho el ángel, así mismo sucedió: pronto Elisabet quedó embarazada de su pequeño bebé milagroso. Un día, este bebé crecería y llegaría a ser el ayudante especial de Dios. ¡Ayudaría a la gente a prepararse para la venida de Jesús!
La mamá del Hijo de Dios
María dio un salto de la sorpresa. ¡Ante ella se encontraba un ángel hermoso y resplandeciente! «¡Saludos!», le dijo el ángel. «El Señor está contigo y quiere bendecirte» (Lucas 1:28, PDT).
A María se le aceleró el corazón. ¿Por qué le estaba hablando este mensajero especial de Dios? Ella no era más que una joven común y corriente de Nazaret. «¿Qué significa esto?», pensó.
El ángel le dijo: «No tengas miedo, María, porque Dios te ha concedido su favor. Vas a quedar embarazada y tendrás un hijo, y lo llamarás Jesús. Él será un gran hombre, y le darán el título de Hijo del Altísimo» (Lucas 1:30-35, NBV).
María apenas podía creerlo. ¡Dios la había elegido a ella para que fuera la madre del Salvador prometido! Entonces el ángel sonrió y le dio otra asombrosa noticia: «Tu parienta Elisabet, ¡quedó embarazada en su vejez!» (Lucas 1:36).
¿Qué le dijo ahora el ángel para ayudarla a creer? Lean Lucas 1:37.
María estaba asombrada por todo lo que le había dicho el ángel. ¡Sobre todo, porque ella iba a ser la madre de Jesús! Dios estaba cumpliendo lo que había prometido. Su plan para salvar a los pecadores finalmente se estaba haciendo realidad.
María respondió humildemente: «Soy la sierva del Señor. Que se cumpla todo lo que has dicho acerca de mí» (Lucas 1:38).
Emocionantes noticias
María tenía noticias muy emocionantes. Un ángel acababa de decirle que sería mamá del Hijo de Dios, ¡el Salvador del mundo! No podía esperar para contárselo a alguien. Y sabía exactamente a quién contárselo. «María se levantó y fue apresuradamente a la región montañosa, a una ciudad de Judá» (Lucas 1:39, NBLA).
¿A quién iba a visitar? Lean Lucas 1:40.
Al entrar por la puerta de la casa, María saludó alegremente a Elisabet. En el mismo instante en que María habló, Elisabet se llenó del Espíritu Santo, y el bebé que tenía en la barriga saltó de felicidad. Al instante, Elisabet supo que el Salvador del mundo estaba creciendo dentro de María.
«Dios te ha bendecido más que a todas las mujeres», le dijo Elisabet. «¿Por qué tengo este honor, que la madre de mi Señor venga a visitarme?» (Lucas 1:42-43).
Las dos mujeres se abrazaron fuertemente y sonrieron de alegría. «Alabo al Señor con todo mi corazón», le dijo María a Elisabet. «Dios [...] no olvidó su promesa» (Lucas 1:46, 54, PDT).
¡Sí! El plan de Dios se estaba cumpliendo: Jesús estaba en camino. ¿Verdad que es emocionante? Porque «él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mateo 1:21).
El bebé Juan
Los bebés son maravillosos milagros de Dios. Los bebés de María y de Elisabet también eran milagros muy pero muy especiales; sobre todo, el bebé que crecía dentro de María. Ese pequeño era el Hijo de Dios, el Creador del universo y el Salvador del mundo. ¡Guau! ¡Qué milagro tan asombroso!
Después de una agradable y larga visita a Elisabet, María regresó a su casa de Nazaret. Pronto, Elisabet dio a luz a su pequeño milagro. Sus amigos y familiares estaban muy felices. Querían llamarlo Zacarías, como su papá.
«¡No! ¡Su nombre es Juan!», dijo Elisabet (Lucas 1:60).
Sus amigos no estaban de acuerdo. «¿Cómo? —exclamaron—. No hay nadie en tu familia con ese nombre» (Lucas 1:61). Y le preguntaron a Zacarías cómo quería que se llamara su hijo.
¿Qué hizo Zacarías? Lean Lucas 1:63.
De repente, ¡Zacarías volvió a hablar! Después de meses sin poder decir palabra, Zacarías recuperó la voz «y comenzó a alabar a Dios» (Lucas 1:64).
Mirando a su precioso hijo, dijo: «Y tú, mi pequeño hijo, [...] prepararás el camino para el Señor. Dirás a su pueblo cómo encontrar la salvación» (Lucas 1:76-77).
Qué obra tan importante iba a hacer Juan.
Un mensaje para José
José daba vueltas en la cama. Estaba muy preocupado. Se suponía que iba a casarse pronto con María, pero estaba confundido.
Pensaba en lo que le había dicho María y se le hacía imposible creerlo. Según ella, un ángel le había dicho que estaba embarazada del Salvador prometido, el Hijo de Dios. ¿Sería verdad? ¿Qué debía hacer José?
Finalmente, José se quedó dormido, aunque estaba inquieto. Mientras dormía, Dios envió a un ángel para darle ánimo.
«José, [...] no tengas miedo de recibir a María por esposa, porque el niño que lleva dentro de ella fue concebido por el Espíritu Santo», le dijo el ángel (Mateo 1:20). «Ella tendrá un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mateo 1:21, PDT).
¡Lo que le había dicho María era verdad! Dios quería que María y José fueran los padres del Salvador del mundo que él había prometido.
¿Qué hizo José? Lean Mateo 1:24.
José decidió confiar en el plan de Dios. Sabía que Dios estaría con ellos. Dios los ayudaría a criar a Jesús, ese bebé tan especial que, un día, salvaría al mundo del pecado y de la muerte.
¡Auxilio! ¡Fuego!
¡Crac! Un extraño ruido despertó a la pequeña Amy a altas horas de la noche. Cuando se incorporó en la cama, sintió un olor fuerte y extraño. Decidió ir a echar un vistazo.
Al asomarse por la puerta de la sala, vio que el televisor parecía una gran bola de fuego. El televisor estaba en un mueble de madera y, encima del mueble, había un enorme jarrón con flores.
Al ver que las ardientes llamas llegaban hasta el techo, Amy se asustó tanto que se le abrieron los ojos como platos. El fuego se estaba extendiendo rápidamente hacia la cocina y el garaje.
«¡Fuego!», gritó. «¡Auxilio! ¡Auxilio!».
Pero el calor provocado por las llamas era tan intenso que nadie se atrevía a ir a la sala. El papá, la mamá y el hermano de Amy corrieron rápidamente hacia una ventana que había en la parte de atrás de la casa y saltaron afuera. Sin embargo, Amy no corrió, sino que se arrodilló a orar:
«Dios mío, por favor, sálvanos».
En ese momento, el enorme jarrón de flores que estaba encima del televisor comenzó a tambalearse. Y entonces... ¡crash! Amy vio cómo el jarrón lleno de agua caía directamente sobre el fuego. Las llamas se apagaron al instante. Dejaron de subir hasta el techo y de extenderse hacia la cocina y el garaje. El fuego se redujo hasta que se extinguió por completo.
Dios había escuchado y respondido la oración de Amy.
El pecado se parece mucho a este gran fuego. Comenzó en el Edén, cuando Adán y Eva desobedecieron a Dios. Desde entonces, el pecado se ha extendido como el fuego, causando dolor, tristeza e incluso la muerte. Es un problema que no podemos solucionar por nosotros mismos.
Por eso, Dios hizo un plan para enviar a Jesús a destruir el pecado y la muerte para siempre. «Pues Dios amó tanto al mundo que dio a su único Hijo, para que todo el que crea en él no se pierda, sino que tenga vida eterna» (Juan 3:16).
Historia adaptada de «¡Auxilio! ¡Fuego!», de Andrew McChesney, Misión adventista niños, 1º trimestre de 2022.
Dato curioso
En Laos, de donde es Amy, hablan laosiano. Para decir «¡Auxilio! ¡Fuego!», Amy habría dicho ¡Suay dae! ¡Fâi mài! ¿Puedes decirlo tú?
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