Lección 3 de Intermediarios
UN ENCUENTRO FRENTE A LA ZARZA
Imagina que has estado tocando el piano durante un año y recibes una invitación para tocar en una sala de concierto importante de tu país. ¿Cómo te sentirías? ¿Cómo cambiaría tu actitud si alguien te prometiera que si confías en él o ella con seguridad lo harás muy bien? En nuestra lección de hoy descubriremos lo que sucedió cuando Dios le pidió a Moisés que hiciera algo para lo que él no se sentía preparado.
Éxodo 4:10-17;
Patriarcas y profetas, cap. 22, pp. 227-231.)
“Tenemos dones diferentes,
según la gracia que se nos ha dado. Si el don de alguien es el de profecía, que lo use en proporción con su fe; si es el de prestar un servicio, que lo preste; si es el de enseñar, que enseñe; si es el de animar a otros, que los anime; si es el de socorrer a los necesitados, que dé con generosidad; si es el de dirigir, que dirija con esmero; si es el de mostrar compasión, que lo haga con alegría” (Romanos 12:6-8).
Jesús me ha llamado a bendecir a los demás con las habilidades que me ha dado.
La zarza ardía aún, y Moisés dudaba que podría seguir siendo la misma persona. Dios, conocido también como el “Yo Soy”, le acababa de pedir que regresara a Egipto. Debía decir a los gobernantes de aquel país que Dios deseaba que libertaran a su pueblo.
“Nunca aceptarán deshacerse de esos esclavos —pensó Moisés—. Traté de rescatar
a mi pueblo hace algunos años. En lugar de agradeceme cuando maté al egipcio
que estaba golpeando al esclavo hebreo, los israelitas se burlaron de mí y los
egipcios me persiguieron. A duras penas escapé con vida”.
Dios le había mostrado a Moisés en aquel mismo momento tres señales milagrosas que podía usar para impresionar a los egipcios. Podía tirar su vara y la misma se transformaría en una serpiente. Podía poner su mano en el interior de su ropa en contacto con su pecho y la misma se tornaría blanca y leprosa. En caso de que ninguna de esas señales convenciera a los egipcios, Moisés podía derramar agua del río Nilo sobre la tierra y el agua se convertiría en sangre.
Pero Moisés había visto a los magos de Egipto hacer cosas semejantes. No pensaba que los egipcios se impresionarían con aquellas señales. Moisés había estado en el campo, apacentando ovejas durante cuarenta años. Ya no creía que era la persona que liberaría a Israel. Ni siquiera estaba seguro de poder hablar el idioma de los egipcios. Las ovejas eran el único público ante el cual no se ponía nervioso.
Pero Moisés no tuvo mucho tiempo para lamentarse. Dios le estaba hablando nuevamente.
Moisés volvió a mirar hacia la zarza ardiente.
—¿Y quién le puso la boca al hombre? ¿Acaso no soy yo, el Señor, quien lo hace sordo o mudo, quien le da la vista o se la quita? Anda, ponte en marcha, que yo te ayudaré a hablar y te diré lo que debas decir.*
Dios estaba ofreciendo a Moisés todo lo que necesitaba para cumplir su tarea. Pero aun así Moisés tenía miedo.
—Señor, te ruego que envíes a otra persona.
Entonces la zarza crujió y ardió. “Quizás me he quejado demasiado —pensó Moisés—. Comprendo que Dios no está contento. ¿Por qué me resisto a confiar en él?”
Dios habló nuevamente.
—¿Y qué hay de tu hermano Aarón, el levita? Yo sé que él es muy elocuente. Además, ya ha salido a tu encuentro, y cuando te vea se le alegrará el corazón.
¡Su hermano venía! Moisés estaba asombrado. No había visto a su hermano por muchos, muchos años. Sería bueno estar juntos nuevamente. Y Dios tenía razón. Aarón sabía hablar fuerte y claro. De hecho, juntos serían un gran equipo. Los temores de Moisés comenzaron a desaparecer.
—Moisés —continuó Dios desde la zarza—, tú hablarás con él y le pondrás las palabras en la boca; yo los ayudaré a hablar, a ti y a él, y les enseñaré lo que tienen que hacer.
Ahora Moisés comenzaba a ver las posibilidades.
—Él hablará por ti al pueblo, como si tú mismo le hablaras, y tú le hablarás a él por mí, como si le hablara yo mismo.
Dios no estaba descartando a Moisés como su instrumento. Él era la persona a través de la cual Dios hablaría. Dios le había dado talentos de liderazgo y ahora le estaba pidiendo que los usara para bendecir a su propio pueblo, los israelitas. Moisés comprendió con humildad que a pesar de todos los errores que había cometido y los temores que había demostrado, todavía Dios lo estaba llamando.
La zarza crujió nuevamente, esta vez más fuerte.
—Pero no te olvides de llevar contigo esta vara —dijo el Señor a Moisés—, porque con ella harás señales milagrosas.
Moisés se inclinó humildemente y recogió su vara. Cuando se enderezó, la zarza ya no ardía. La arena debajo de sus pies descalzos comenzaba a sentirse fría con la llegada de la noche. Moisés se puso las sandalias.
“Dios ha prometido enseñarme lo que debo hacer —pensó Moisés”.
—Hasta está dispuesto a enviar a alguien con talentos diferentes de los míos para ayudarme —dijo mientras iba en busca de su rebaño—. Cuando creía que pasaría el resto de mi vida en calma pastoreando ovejas, Dios me llama para liberar a su pueblo.
Moisés se rió de sí mismo.
* Algunas de las conversaciones de esta historia son citas de Éxodo 41.
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Dios les bendiga!!!
Muy bueno
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Muchísimas gracias. El poder contar con las imágenes de la lección es de una gran ayuda para las reuniones virtuales.
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