Lección 5 de Intermediarios
EL VERDADERO PRÓDIGO
¿Has escuchado en las noticias acerca de los ladrones de autos que en ocasiones se roban un auto donde hay un niño sentado en la parte de atrás? ¿Qué piensas de las personas que se atreven a hacer algo así?
Lucas 15:11-32;
1 Juan 3:1; Efesios 3:8, 9; Palabras de vida del gran Maestro, pp. 156-166.
“¡Fíjense qué gran amor nos ha dado el Padre, que se nos llame hijos de Dios!”
(1 Juan 3:1).
La gracia nos recuerda el abundante amor de Dios.
—¿Tiene algún trabajo para mí, señor? —preguntó el obrero desempleado al granjero—. Puedo hacer cualquier cosa.
—¡Seguro que puedes con esas manos tan cuidadas! ¿Crees que soy tonto?
—Veo que está mirando mis ropas, señor. Están un poco andrajosas; no he tenido suerte.
—¡Ya veo! ¡Nadie ha tenido suerte en estos días! Esta hambruna nos ha tocado a
todos. Pero no pareces haber pasado hambre por mucho tiempo. Aunque tus ojos
tampoco tienen brillo como los de un granjero. Seguramente has estado bebiendo
mucho. Probablemente tienes un padre en alguna parte que se mantiene despierto
por las noches orando por ti. ¡Está bien, muchacho! Tengo trabajo. Comienzas
desde abajo con el trabajo más difícil. Ja, ja, ja. ¿Ves allí debajo? ¡Ese es
el corral de los cerdos! Limpia todo el estiércol. Toma esta pala. Cuando
termines, quédate allí. Puedes sacudir las ramas de los árboles y alimentar a
los cerdos con ellas. ¿Lo aceptas o no?
—Sí, lo acepto, señor.
El joven obrero con sus orgullosos hombros caídos, caminó pausadamente hacia el corral de los cerdos.
Mientras el joven limpiaba el estiércol del corral, trataba de no prestar atención a aquel lugar que olía tan mal recordando mejores momentos. Recordó la cómoda vivienda que tuvo en la ciudad. También recordó a todos sus amigos. Él había sido en su momento el centro del pueblo. Sus fiestas con abundancia de comida y bebida eran famosas y también costosas. ¿Se había gastado realmente toda su herencia? Bueno, y no había de donde sacar más.
Con un cargo de conciencia que casi lo doblaba de dolor, el joven recordó el día en que su padre le había entregado el dinero. Parecía que había envejecido en una noche.
“¡Ahora entiendo! —gruñó el joven a los cerdos—. ¡Papá sabía que probablemente esto sucedería! ¡Eso era lo que estaba tratando de decirme!”.
Al terminar la limpieza, el joven se subió al árbol cuyas ramas colgaban sobre el corral. Moviéndolo de un lado a otro esperaba que cayeran suficientes frutas para los animales y algunas extras para él. Pero cuando sus doloridas piernas tocaron el suelo, los cerdos ya habían acabado con todo.
Entonces fue cuando los primeros recuerdos de la cocina del hogar afloraron dolorosamente a su memoria. Se preguntó qué estarían comiendo en su casa. Su padre era un empleador decente, poco común, que invitaba a los obreros a comer a su mesa. No como ese mísero granjero.
“Mi padre es un hombre especial —murmuró el muchacho—. Si solo... ¡no! No
podría hacer eso”.
Un día deprimente seguía a otro con la misma rutina
fácil de predecir.
Hasta el momento en que comprendió que había llegado al límite de lo que podía soportar. ¡Tenía que decidirse! ¡No había otra alternativa! Fue entonces cuando se abrió una ventana y se disipó la neblina de su cerebro. ¿Por qué no había pensado en eso antes?
“Volveré a la casa de mi padre donde hay abundante alimento y el mismo respeto para todos. Le diré a mi padre: ‘¡He pecado. Déjame limpiar tu granero!’”.
Antes de darse cuenta de ello, ya iba corriendo hacia su hogar. Por todo el camino recitaba su confesión: “Padre, he pecado contra Dios y contra ti”.
El padre vio a su hijo que venía a lo lejos por el camino y corrió a recibirlo. El anciano pareció no prestar atención a la confesión desgarradora del joven. Luego llevó al muchacho adentro, pidió un manto costoso para cubrir las ropas andrajosas y organizó una espléndida fiesta de bienvenida al hogar.
—Este es mi hijo que estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y es hallado —cantaba el padre una y otra vez.
Ni los celos punzantes del hermano mayor pudieron robar el gozo del
padre.—¡Estaba muerto y ha
revivido; perdido y lo he encontrado!
Esta es una historia de gracia. El pecador llega hasta la situación más
extrema, pero el Padre nunca deja de amarlo. La gracia siempre nos recuerda el
abundante amor de Dios.
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Dios les bendiga!!!
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