Lección 8 de Intermediarios
EL SECRETO DE PABLO PARA EL ÉXITO
Imagina que le has mostrado a alguien cómo hacer algo, solo para regresar y ver que otra persona le ha enseñado una manera totalmente diferente de hacerlo. El problema es que la nueva forma es totalmente incorrecta, y al final del camino resultará en problemas costosos. Imagina lo frustrado que estarías.
Gálatas 1, 2;
Los Hechos de los apóstoles, cap. 36, pp. 285-288.
“He sido crucificado con Cristo, y ya no vivo yo sino que Cristo vive en mí. Lo que ahora vivo en el cuerpo, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios, quien me amó y dio su vida por mí”
(Gálatas 2:20).
Por gracia recibimos a Jesús, poder y nueva vida.
Esa era la situación en los primeros dos capítulos del libro de Gálatas. Pablo había pasado mucho tiempo en Galacia estableciendo iglesias y enseñando el evangelio de la gracia de Jesucristo, diciendo que somos salvos por la muerte de Cristo, y no por nada que podamos hacer. Ahora había recibido noticias de que los gálatas habían comenzado a creer en un “evangelio diferente”. Los judíos cristianos les enseñaban a los creyentes que también debían guardar las leyes judías. Pablo no perdió tiempo en escribir una carta para aclarar las cosas.
“Me asombra que [...] estén dejando la gracia de Cristo para pasarse a otro evangelio. No es que haya otro evangelio” (Gal. 1:6, 7), él escribe.
La palabra “evangelio” significa buenas noticias, y la buena noticia es que la muerte de Jesús nos salva de nuestros pecados. Depender de las viejas leyes de las fiestas, los sacrificios y de la circuncisión, no es ninguna buena noticia, según la opinión de Pablo. ¡Esas cosas no son parte de la gracia!
Además, los nuevos maestros trataban de desacreditar a Pablo, diciendo que no era uno de los discípulos originales de Jesús, y que por eso sus enseñanzas eran inferiores a las de los demás apóstoles. Por eso Pablo siente la necesidad de defenderse.
“Quiero que sepan, hermanos, que el evangelio que yo predico no es invención humana —dice Pablo—. No lo recibí ni lo aprendí de ningún ser humano, sino que me llegó por revelación de Jesucristo” (vers. 11, 12). Pablo explica como él ha guardado celosamente las leyes, al punto de perseguir a los cristianos en un esfuerzo por destruir la iglesia. Pero entonces “Dios [...] me llamó por su gracia” (vers. 15). Los demás creyentes escucharon el informe: “‘El que antes nos perseguía ahora predica la fe que procuraba destruir’. Y por causa mía glorificaban a Dios” (vers. 23, 24). La gracia había hecho lo que la obediencia a las leyes no había podido lograr; Pablo era un hombre transformado.
Catorce años después, Pablo fue llamado a defenderse ante los apóstoles. Acudió a Jerusalén y se reunió con los líderes, “los que eran reconocidos como dirigentes”, es la forma como los presentó (Gálatas 2:2). Aquella reunión convenció a los demás dirigentes de la iglesia que Pablo era realmente una nueva criatura en Cristo Jesús. “Reconocieron que a mí se me había encomendado predicar el evangelio a los gentiles [...] Dios [...] me facultó también a mí como apóstol de los gentiles. Jacobo, Pedro y Juan [...] al reconocer la gracia que yo había recibido, nos dieron la mano a Bernabé y a mí en señal de compañerismo” (Gál. 2:7-9).
Gracia. El mismo poder que nos salva de nuestros pecados cambia las vidas. Los otros apóstoles ven la diferencia que la gracia ha hecho en la vida de Pablo. Ellos vieron cómo la gracia había cambiado a un hombre lleno de odio y asesino, convirtiéndolo en uno de los mensajeros de Dios para el evangelio más digno de confianza.
¿Cómo sucede eso? “He sido crucificado con Cristo, y ya no vivo yo sino que Cristo vive en mí. Lo que ahora vivo en el cuerpo, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios, quien me amó y dio su vida por mí” (vers. 20).
“La muerte de Jesús en la cruz me da vida eterna, pero también hace algo más”, dice Pablo. “Me da la fuerza para vivir ahora por él. Estar crucificado con Cristo significa que le he pedido que entre y viva en mi corazón. Y cuando él llega, me cambia en una persona diferente.” Nada de lo que Pablo hacía hubiera podido cambiarlo. Tampoco nuestros mejores y bienintencionados esfuerzos podrían cambiarnos. Eso es un regalo de la gracia. Viene con Jesús.
Eso es todo. No permitas que nada ni nadie te separe de la gracia de Jesús.
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Dios les bendiga!!!
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