Lección 13 de Intermediarios
DE ADENTRO HACIA AFUERA
¿Has conocido alguna vez a alguien que parecería que te puede ver por dentro? ¿Crees que a esa persona le gustó lo que vio? ¿Te gusta lo que ves dentro de ti mismo? Imagina a David, el menor de una familia grande.
1 Samuel 16:1-13;
Patriarcas y profetas, cap. 62, pp. 625-629.
“No te dejes impresionar por su apariencia ni por su estatura, pues yo lo he rechazado”
(1 Samuel 16:7).
Jesús nos conoce por dentro y por fuera.
David se despertó por un toquecito que había sentido en un pie. Su hermano mayor, Eliab, como siempre, lo había despertado.
—¡Levántate, chico del arpa! —le gritó Eliab—. El profeta Samuel está en el pueblo. Nuestra familia ha sido invitada a ofrecer un sacrificio con él.
—¿Y qué hago con las ovejas? —preguntó David, sentándose y restregándose los ojos.
Miró a su hermano musculoso y de elevada estatura.
La cara bien parecida de Eliab se transformó en una mueca.
—Papá dice que te quedes con las ovejas. Aunque yo preferiría quedarme con los rebaños en vez de tener que ir a otro sacrificio —dijo Eliab mientras se iba de regreso.
—¡No debes hablar así! —lo reprochó David muy molesto.
—¿Quién te crees que eres? ¿Un portavoz de Dios? —contestó Eliab. David se sintió mortificado por las palabras de su hermano.
Isaí, seguido por sus hijos en orden, desde el mayor hasta el menor, entró al lugar del sacrificio. Cuando Samuel vio el porte y la apariencia del hijo mayor, sus ojos se iluminaron. Ese se parecía mucho al rey Saúl.
“Este debe ser el que el Señor ha escogido —pensó Samuel”.
El Señor ya le había dicho a Samuel que Saúl no podía seguir siendo el rey.
—Quiero que vayas a Isaí de Belén y unjas a uno de sus hijos como rey—le había ordenado Dios.
—Pero Saúl me matará si lo descubre —protestó Samuel.
—No lo hará. Diles a los ancianos del pueblo que has venido a ofrecer sacrificio e invita a la familia de Isaí —contestó Dios.
Samuel había escogido una ternera para el sacrificio y un cuerno de aceite
para la unción. Él se había reído cuando los ancianos lo saludaron como si
hubiera llevado malas noticias. Sus rostros se despejaron cuando les dijo que
había ido a ofrecer un sacrificio.
Mientras Eliab pasaba ante Samuel,
este escuchó la voz del Señor, quien le dijo:
—No te dejes impresionar por su apariencia ni por su estatura, pues yo lo he rechazado. No me fijo en las cosas que tú miras. Tú miras lo exterior, a su cara y su cuerpo. Yo miro el interior, su corazón.
—Este no es el escogido —dijo Samuel.
Isaí llamó a Abinadab, el que le seguía en orden. Samuel volvió a decir que no era el escogido. Ahora Isaí llamó a Sama, el tercero en orden. Pero Samuel también lo descartó. Después de que el último de los siete pasara delante del profeta, Samuel movió la cabeza una vez más en forma negativa.
—Dios no ha escogido a ninguno de estos —dijo perplejo—. ¿Son estos todos tus hijos?
—Mi hijo menor está cuidando las ovejas —respondió Isaí.
—Envía a buscarlo inmediatamente —ordenó Samuel.
Mientras David observaba a las ovejas que bebían en el arroyo, vio a alguien
que corría a la distancia.
—El profeta Samuel quiere verte —anunció el
mensajero.
—Pero ¿por qué desea verme a mí? —preguntó David—. ¿Y qué hago con las ovejas?
En ese momento llegó su hermano mayor, quien tomó la vara de David. El muchacho se apresuró a ir con el mensajero.
Tan pronto como Samuel vio a David, sintió un rayo de esperanza. El rostro bronceado y hermoso de David estaba sonrojado por la carrera hacia el pueblo. Samuel podía percibir que él era tan fuerte, sino más, que sus hermanos mayores. Había un brillo en los ojos de David que parecía emanar desde su interior. Y David causaba la impresión de estar investido con un aire de pureza, inocencia, valor y bondad.
—Úngelo a él —dijo Dios a Samuel— él es el escogido.
Samuel hizo una seña a David. David miró a Isaí, e Isaí asintió. David se inclinó y saludó al profeta. Los hermanos de David estaban parados mirando con asombro mientras Samuel sacaba el cuerno de aceite. Cuando el profeta mojó su cabeza con el aceite, David experimentó una sensación cálida por todo su cuerpo desde la cabeza hasta la punta de los pies. Fue una sensación como ninguna otra. Se sintió más vivo, más fuerte y con más paz que en cualquier otro día de Belén.
Ahora, mientras David se sentaba en la colina una vez más, compuso otro canto
de alabanza al Señor. No sabía lo que le esperaba, pero sí sabía quién estaba
con él.
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Dios les bendiga!!!
hermanos queridos no suben el material bien y no podemos utilizar tengan la amabilidad ayudenos es de gran ayuda para nosotros que hacemos las clases por zoom. gracias por su ayuda. saluditos desde Ecuador.
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