Lección 3: Las raíces del descontento | Descanso en Cristo | Escuela Sabática 3T 2021
Lección 3: Para el 17 de julio de 2021
LAS RAÍCES DEL DESCONTENTO
LEE PARA EL ESTUDIO DE ESTA SEMANA: Mateo 10:34–39; Lucas 12:13–21; Filipenses 2:5–8; Lucas 22:14–30; Mateo 23:1–13.
PARA MEMORIZAR:
“Porque donde hay celos y contención, allí hay perturbación y toda obra perversa” (Sant. 3:16).
Los álamos son árboles hermosos, que alcanzan entre 15 y 30 metros de altura. Prosperan en climas fríos con veranos frescos. Su madera se utiliza en muebles, y también para hacer fósforos y papel. Los ciervos y otros animales a menudo se alimentan de álamos jóvenes durante los duros inviernos, ya que su corteza contiene muchos nutrientes.
Sin embargo, los álamos son más notorios por el hecho de que tienen uno de los sistemas radiculares más grandes del mundo vegetal. Las raíces se reproducen por brotes subterráneos y forman un entramado que puede extenderse con relativa rapidez, y llegan a cubrir grandes áreas. Los árboles individuales de álamo temblón pueden vivir hasta 150 años, pero el organismo más grande, ubicado debajo del suelo, puede vivir miles de años.
En el estudio de esta semana, queremos descubrir algunas de las raíces de nuestro descontento. Hay muchas cosas que pueden impedirnos encontrar el verdadero descanso en Jesús. Algunas de ellas son obvias y no requieren mucha atención. Otras pueden ser menos obvias para nosotros y, al igual que con el enorme sistema subterráneo e invisible del álamo temblón, es posible que no siempre seamos conscientes de las actitudes y las acciones que nos separan de nuestro Salvador.
Sábado
Es un espíritu perverso el que se deleita en la vanidad de las obras propias, el que se jacta de sus excelentes cualidades, que trata de hacer aparecer a los otros como inferiores, a fin de exaltarse a sí mismo, pretendiendo más gloria que lo que el frío corazón está dispuesto a dar a Dios. Los discípulos de Cristo oirán las instrucciones del Maestro. Él nos ha ordenado que nos amemos unos a otros como él nos amó. La religión está fundada en el amor a Dios, el cual también nos induce a amarnos unos a otros. Está llena de gratitud, humildad, longanimidad. Es abnegada, tolerante, misericordiosa y perdonadora. Santifica, toda la vida y extiende su influencia sobre los demás.
Los que aman a Dios no pueden abrigar odio o envidia. Mientras que el principio celestial del amor eterno llena el corazón, fluirá a los demás, no simplemente porque se reciban favores de ellos, sino porque el amor es el principio de acción y modifica el carácter, gobierna los impulsos, domina las pasiones, subyuga la enemistad y eleva y ennoblece los afectos. Este amor no se reduce a incluir solamente “a mí y a los míos”, sino que es tan amplio como el mundo y tan alto como el cielo, y está en armonía con el de los activos ángeles. Este amor, albergado en el alma, suaviza la vida entera, y hace sentir su influencia en todo su alrededor… Este amor es el Espíritu de Dios. Es el adorno celestial que da verdadera nobleza y dignidad al alma y asemeja nuestra vida a la del Maestro (Testimonios para la iglesia, t. 4, p. 221).
Procurad ser un árbol de hojas perennes. Llevad el ornamento de un espíritu humilde y tranquilo que a la vista de Dios es de gran precio. Atesorad la gracia del amor, el gozo, la paz, la paciencia, la benignidad, la bondad, la fe, la mansedumbre, la templanza. Este es el fruto del árbol cristiano. Plantado junto a los ríos de agua, siempre da fruto a su tiempo (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 3, p. 1160).
Ante vosotros hay dos caminos —el camino ancho de la complacencia propia y la senda estrecha del sacrificio. Yendo por el camino ancho, podéis elegir el egoísmo, el orgullo, el amor al mundo; pero aquellos que recorren la senda estrecha, deben abandonar todo peso, y el pecado que tan fácilmente nos acosa. ¿Cuál camino habéis escogido, el camino que lleva a la muerte eterna, o el camino que conduce a la gloria y a la inmortalidad?
Nunca hubo otro tiempo más solemne en la historia del mundo que este en el cual vivimos. Nuestros intereses eternos están en juego, y debemos despertar a la importancia de asegurar nuestro llamamiento y elección. No nos atrevamos a arriesgar nuestros intereses eternos en base a meras probabilidades. Debemos estar resueltos a perseverar. Lo que nosotros somos, lo que estamos haciendo, la conducta que adoptaremos en el futuro, son todos asuntos de gran importancia, y no podemos permitirnos ser descuidados, indiferentes y despreocupados. Cada uno de nosotros debe preguntarse: “¿Qué es la eternidad para mí?” ¿Van nuestros pies por la senda que conduce hacia el cielo, o por el camino amplio que lleva a la perdición? (Nuestra elevada vocación, p. 10).
JESÚS TRAE DIVISIÓN
Muy pocos disfrutan de los conflictos. Anhelamos armonía y paz. Incluso impartimos seminarios para promover la paz y resolver conflictos en nuestras iglesias o instituciones.
Lee Mateo 10:34 al 39. ¿Qué tenía en mente Jesús al decir que no vino para
traer paz sino espada? ¿Qué significa esto, considerando que Jesús es “el
Príncipe de Paz” (Isa. 9:6)?
La declaración de Jesús en Mateo 10:34 al 39 parece sorprendentemente contradictoria. El Salvador, que vino como un bebé indefenso –no como un rey poderoso rodeado de guardaespaldas de élite–, quien predicaba el amor al prójimo y a los enemigos, ahora les dice a sus seguidores que él trae división y conflictos. Los discípulos y la audiencia quizá se hayan preguntado, al igual que nosotros: ¿Cómo puede ser esto?
Mateo 10:35 al 39 en realidad trata sobre lealtades. Jesús cita Miqueas 7:6 y desafía a su audiencia a tomar decisiones por la eternidad. Un hijo debe amar y honrar a sus padres. Ese era un requisito legal de la Ley que Moisés había recibido en el monte; era parte del modo de actuar requerido por Dios. Sin embargo, si ese amor superaba el compromiso del oyente con Jesús, requería una decisión difícil. Un padre y una madre deben amar y cuidar a sus hijos. Sin embargo, si ese amor sobrepasaba el compromiso de los padres con Jesús, requería una decisión difícil. Vayamos por partes, nos recuerda Jesús en este pasaje.
Jesús expresa esta decisión formulando tres frases, y en cada una utiliza el
término digno. Esta dignidad no se basa en normas morales elevadas; ni
siquiera en el hecho de vencer el pecado. Se basa en nuestra relación con
Jesús. Somos dignos de él cuando lo elegimos a él por sobre todo lo demás (lo
que incluye a nuestra madre, padre o hijos). Elegimos el sufrimiento de la
Cruz y seguimos a Jesús.
“No tengo mayor deseo que el de ver a nuestra juventud imbuida por el espíritu
de la religión pura que los conducirá a tomar su cruz y seguir a Jesús.
¡Adelante, jóvenes discípulos de Cristo, gobernados por los sanos principios,
ataviados de vestimentas de pureza y de justicia! Vuestro Salvador os guiará
hacia el puesto que se adapte mejor a vuestros talentos y en el que podáis ser
más útiles” (TI 5:82).
■ A veces nos vemos obligados a llevar una cruz que no elegimos; y a veces, voluntariamente, llevamos una cruz. Cualquiera que sea el caso, ¿cuál es la clave para llevar esa cruz fielmente?
Domingo
El Salvador ordenó a sus discípulos que no esperasen que la enemistad del mundo hacia el Evangelio sería vencida, ni que después de un tiempo la oposición cesaría. Dijo: “No he venido para meter paz, sino espada”. La creación de esta lucha no es efecto del Evangelio, sino resultado de la oposición que se le hace. De todas las persecuciones, la más difícil de soportar es la divergencia entre los miembros de la familia, el alejamiento afectivo de los seres terrenales más queridos. Pero Jesús declara: “El que ama padre o madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama hijo o hija más que a mí, no es digno de mí. Y el que no toma su cruz, y sigue en pos de mí, no es digno de mí”.
La misión de los siervos de Cristo es un alto honor y un cometido sagrado. “El que os recibe a vosotros —dice él—, a mí recibe; y el que a mí recibe, recibe al que me envió”. Ningún acto de bondad a ellos manifestado en su nombre dejará de ser reconocido y recompensado. Y en el mismo tierno reconocimiento, él incluye a los más débiles y humildes miembros de la familia de Dios. “Cualquiera que diere a uno de estos pequeñitos un vaso de agua fría solamente —a aquellos que son como niños en su fe y conocimiento de Cristo— en nombre de discípulo, de cierto os digo, que no perderá su recompensa”. (El Deseado de todas las gentes, pp. 324, 325).
Poco antes de su crucifixión, Cristo les dio a sus discípulos un legado de paz… Esta paz no es la paz que se adquiere a través de la conformidad con el mundo. Es una paz interna más bien que una paz externa. Afuera habrá guerras y luchas, causadas por la oposición de enemigos confesados, y la frialdad y suspicacia de aquellos que pretenden ser amigos. La paz de Cristo no hará desaparecer la división, sino que permanecerá entre las dificultades y la división.
Aunque llevaba el título de Príncipe de Paz, Cristo dijo de sí mismo: “No penséis que he venido para meter paz en la tierra: no he venido para meter paz, sino espada”. Mateo 10:34… Aunque era el Príncipe de Paz sin embargo, era causa de división.
Las familias deben ser divididas para que todos aquellos que invocan el nombre del Señor se salven. Todos los que rehúsan su amor infinito encontrarán que el cristianismo es una espada, un factor perturbador de su paz (Nuestra elevada vocación, p. 330).
En el don incomparable de su Hijo, Dios rodeó al mundo entero con una atmósfera de gracia tan real como el aire que circula en derredor del globo. Todos los que decidan respirar esta atmósfera vivificante vivirán y crecerán hasta alcanzar la estatura de hombres y mujeres en Cristo Jesús.
Como la flor se vuelve hacia el sol para que los brillantes rayos le ayuden a perfeccionar su belleza y simetría, así debemos volvernos hacia el Sol de justicia, a fin de que la luz celestial brille sobre nosotros y nuestro carácter se transforme a la imagen de Cristo (El camino a Cristo, p. 68).
EGOÍSMO
Como en el caso del álamo y su gran sistema subterráneo de raíces, el egoísmo es parte del enorme entramado subterráneo llamado “pecado”, que nos impide hallar verdadero descanso en Jesús. De todas las expresiones del pecado en nuestra vida, el egoísmo parece ser la más fácil de manifestar, ¿verdad? Para la mayoría de nosotros, el egoísmo es tan natural como respirar.
Lee Lucas 12:13 al 21. Describe el problema destacado en la parábola de
Jesús. Planificar el futuro ¿es egoísta y expresa desprecio por el Reino de
Dios? Si no, o al menos no necesariamente, ¿contra qué nos advierte Jesús?
Esta parábola aparece solo en el Evangelio de Lucas y se relata en respuesta a una pregunta anónima de la audiencia. Cuando se le pregunta sobre una herencia, Jesús responde rechazando el papel de árbitro entre hermanos. En vez de eso, opta por señalar con el dedo el problema subyacente más grande; es decir, el egoísmo. Excava más profundo para mostrar la masa de raíces debajo de nuestras acciones individuales.
Piensa en las expresiones de egoísmo en tu vida. ¿Cómo afecta el egoísmo nuestra relación con Dios, con nuestro cónyuge y nuestra familia, con la familia de la iglesia, con nuestros vecinos y nuestros colegas de trabajo? ¿Qué clave se encuentra en Filipenses 2:5 al 8?
Al centrarse únicamente en sus propias necesidades y ambiciones, el rico anónimo de la parábola de Jesús se olvidó de considerar las realidades celestiales invisibles. Más grande, mejor y más no son los principios fundamentales del Reino de Dios. Pablo nos ofrece un vistazo de lo que motivó a Jesús cuando decidió convertirse en nuestro Sustituto.
Filipenses 2:5 al 8 describe el modelo del altruismo, la humildad y el amor. Si el amor a Dios y a los demás no impulsa nuestras decisiones y prioridades, seguiremos construyendo más “graneros” para nosotros aquí y pondremos menos tesoros en el cielo (Mat. 6:20).
■ ¿Por qué es tan fácil quedar atrapado en el deseo de riquezas y posesiones materiales? Aunque todos necesitamos una cierta cantidad de dinero para sobrevivir, ¿por qué parece ser que, sin importar cuánto tengamos, siempre queremos más?
Lunes
Por medio de la parábola del hombre rico, Cristo demostró la necesidad de aquellos que hacen del mundo toda su ambición. Este hombre lo había recibido todo de Dios. El sol había brillado sobre sus propiedades, porque sus rayos caen sobre el justo y el injusto. Las lluvias del cielo descienden sobre el malo y el bueno. El Señor había hecho prosperar la vegetación, y producir abundantemente los campos. El hombre rico estaba perplejo porque no sabía qué hacer con sus productos. Sus graneros estaban llenos hasta rebosar, y no tenía lugar en que poner el excedente de su cosecha. No pensó en Dios, de quien proceden todas las bondades. No se daba cuenta de que Dios lo había hecho administrador de sus bienes, para que ayudase a los necesitados. Se le ofrecía una bendita oportunidad de ser dispensador de Dios, pero solo pensó en procurar su propia comodidad.
Al vivir para sí mismo había rechazado aquel amor divino que se hubiera derramado con misericordia hacia 203sus semejantes. De esa manera había rechazado la vida. Porque Dios es amor, y el amor es vida. Este hombre había escogido lo terrenal antes que lo espiritual, y con lo terrenal debía morir.
“Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico en Dios” (Palabras de vida del gran Maestro, pp. 201-203).
Entre los que serán amargamente chasqueados en el día del cómputo final, estarán los que han sido externamente religiosos, y que aparentemente han vivido vidas cristianas. Pero el yo está entretejido en todo lo que hacen. Se enorgullecen de su moralidad, su influencia, su habilidad para ocupar puestos más elevados que los de otros [y] su conocimiento de la verdad, pues creen que esos atributos les ganarán la alabanza de Cristo. “Señor —suplican—, delante de ti hemos comido y bebido, y en nuestras plazas enseñaste”. Lucas 13:26. “¿No profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?” Mateo 7:22.
Pero Cristo dice: “Nunca os conocí; apartaos de mí”. “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos”. Mateo 7:21 (Mensajes selectos, t. 1, p. 94).
Pablo… estaba convencido de que, con tal que se lograse que los hombres considerasen el asombroso sacrificio realizado por la Majestad del cielo, el egoísmo sería desterrado de sus corazones… Dirige primero el pensamiento a la contemplación del puesto que Cristo ocupaba en el cielo, en el seno de su Padre. Después lo presenta abdicando de su gloria, sometiéndose voluntariamente a las humillantes condiciones de la vida humana, asumiendo las responsabilidades de un siervo, y haciéndose obediente hasta la muerte más ignominiosa, repulsiva y dolorosa: la muerte en la cruz. ¿Podemos contemplar tan admirable manifestación del amor de Dios sin agradecimiento ni amor, y sin un sentimiento profundo de que ya no somos nuestros? A un Maestro como Cristo no debe servírsele impulsado por móviles forzados y egoístas (El ministerio de curación, p. 401).
AMBICIÓN
Estudiar la última semana del ministerio de Jesús en la Tierra ofrece una instantánea de cómo la inquietud y la ambición llevan a la gente a hacer y decir cosas desacertadas.
Lee Mateo 23:1 al 13 y enumera cuatro características principales de un
hipócrita que Jesús menciona.
Rara vez hablamos con otros sobre quién es el mejor en la iglesia, la familia o nuestro lugar de trabajo. Podemos pensar mucho sobre ello, pero ¿quién, en realidad, habla abiertamente de eso?
Esta no era la primera vez que se planteaba esta cuestión en la comunidad de seguidores de Jesús. Mateo 18:1 nos informa que los discípulos presentaron el tema a Jesús y lo formularon de una manera más abstracta: “¿Quién es el mayor en el Reino de los cielos?” La respuesta de Jesús conlleva una lección objetiva. Después de llamar a un niño, lo coloca en el centro del grupo. La acción de Jesús requiere una explicación, y en Mateo 18:3 el Maestro la ofrece también: “De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los cielos”.
La conversión es fundamental para hallar verdadero descanso en Jesús. Reconocemos que necesitamos ayuda externa. De repente, nos damos cuenta de que no podemos depender de nosotros mismos, sino que debemos confiar en Jesús. Experimentamos una transformación de nuestros valores y ambiciones. Jesús les dice a sus discípulos: Confíen en mí y dependan de mí como este niño. La verdadera grandeza está en renunciar a sus “derechos” y adoptar los valores del Reino.
Lamentablemente, parece que los discípulos aún no habían aprendido esta lección cuando Jesús participó con ellos de la Última Cena. Sus disputas y sus luchas internas arruinaron un momento de perfecta comunión, que nunca se repetiría.
¿Todo esto, incluso después de años de estar con Jesús, de servir con Jesús y de escuchar y aprender a sus pies? ¡Qué triste ejemplo de cuán corrupto continúa siendo el corazón humano! Sin embargo, entre los factores más positivos, piensa en la realidad siempre presente de la gracia del Señor, por la que, a pesar de esta patética discusión entre sus seguidores, Jesús no los abandonó.
■ Mantenernos centrados en Jesús en la Cruz ¿por qué debería ser un poderoso remedio contra el deseo de exaltación propia, del que todos somos presa como seres humanos caídos?
Martes
¡Cuán a menudo nuestro servicio por Cristo y nuestra comunión entre unos y otros quedan manchados por el secreto deseo de ensalzar al yo! ¡Cuán presto a manifestarse está el pensamiento de adulación propia y el anhelo de la aprobación humana! Es el amor al yo, el deseo de un camino más fácil que el señalado por Dios, lo que induce a substituir los preceptos divinos por las teorías y tradiciones humanas. A sus propios discípulos se dirigen las palabras amonestadoras de Cristo: “Mirad, y guardaos de la levadura de los fariseos”.
La religión de Cristo es la sinceridad misma. El celo por la gloria de Dios es el motivo implantado por el Espíritu Santo; y únicamente la obra eficaz del Espíritu puede implantar este motivo. Únicamente el poder de Dios puede desterrar el egoísmo y la hipocresía. Este cambio es la señal de su obra. Cuando la fe que aceptamos destruye el egoísmo y la simulación, cuando nos induce a buscar la gloria de Dios y no la nuestra, podemos saber que es del debido carácter. “Padre, glorifica tu nombre” (Juan 12:28) fue el principio fundamental de la vida de Cristo; y si le seguimos, será el principio fundamental de nuestra vida (El Deseado de todas las gentes, pp. 376, 377).
Los discípulos no hacían ningún ademán de servirse unos a otros. Jesús aguardó un rato para ver lo que iban a hacer. Luego él, el Maestro divino, se levantó de la mesa. Poniendo a un lado el manto exterior que habría impedido sus movimientos, tomó una toalla y se ciñó. Con sorprendido interés, los discípulos miraban, y en silencio esperaban para ver lo que iba a seguir. “Luego puso agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a limpiarlos con la toalla con que estaba ceñido”. Esta acción abrió los ojos de los discípulos. Amarga vergüenza y humillación llenaron su corazón. Comprendieron el mudo reproche, y se vieron desde un punto de vista completamente nuevo.
Así expresó Cristo su amor por sus discípulos. El espíritu egoísta de ellos le llenó de tristeza, pero no entró en controversia con ellos acerca de la dificultad. En vez de eso, les dio un ejemplo que nunca olvidarían. Su amor hacia ellos no se perturbaba ni se apagaba fácilmente. Sabía que el Padre había puesto todas las cosas en sus manos, y que él provenía de Dios e iba a Dios. Tenía plena conciencia de su divinidad; pero había puesto a un lado su corona y vestiduras reales, y había tomado forma de siervo. Uno de los últimos actos de su vida en la tierra consistió en ceñirse como siervo y cumplir la tarea de un siervo (El Deseado de todas las gentes, pp. 600, 601).
Jesús dijo: “Yo, si fuere levantado en alto de sobre la tierra, a todos los atraeré a mí mismo”. Juan 12:32. Cristo debe ser revelado al pecador como el Salvador que murió por los pecados del mundo; y mientras contemplamos al Cordero de Dios sobre la cruz del Calvario, el misterio de la redención comienza a revelarse a nuestra mente y la bondad de Dios nos guía al arrepentimiento. Al morir por los pecadores, Cristo manifestó un amor incomprensible; y a medida que el pecador lo contempla, este amor enternece el corazón, impresiona la mente e inspira contrición al alma (El camino a Cristo, pp. 26, 27).
HIPOCRESÍA
Un hipócrita es alguien que actúa, que quiere mostrarse como alguien que no es realmente. El término se usa siete veces en Mateo 23, en un discurso en el que Jesús avergüenza públicamente a los escribas y los fariseos, el núcleo de la dirigencia religiosa judía (Mat. 23:13, 14, 15, 23, 25, 27, 29). Los evangelios muestran que Jesús ofrecía gracia y perdón a los adúlteros, los recaudadores de impuestos, las prostitutas, e incluso a los asesinos, pero demostró poca condescendencia con los hipócritas (ver muchas otras referencias en Mat. 6:2, 5, 16; 7:5; 15:7-9; 22:18).
Lee Mateo 23:1 al 13 y enumera cuatro características principales de un
hipócrita que Jesús menciona.
Jesús asocia cuatro características con los escribas y los fariseos. En el espectro del judaísmo del siglo I d.C., los fariseos representaban la derecha religiosa conservadora. Se interesaban por la Ley oral y escrita, y enfatizaban la pureza ritual. En el otro extremo del espectro estaban los saduceos, un grupo de líderes, en su mayoría ricos, a menudo asociados con la clase sacerdotal de élite. Estaban sumamente helenizados (es decir, hablaban griego y se sentían cómodos con la filosofía griega), y no creían en un juicio ni en una vida futura. Los podríamos describir como liberales. Ambos grupos eran culpables de hipocresía.
Según Jesús, somos hipócritas cuando no hacemos lo que decimos; cuando hacemos que la religión sea más difícil para los demás y no aplicamos esos mismos estándares para nosotros mismos; cuando queremos que otros aplaudan nuestro fervor religioso; y cuando exigimos honor y reconocimiento que solo pertenecen a nuestro Padre celestial. Más allá de sus palabras incisivas y directas, el compromiso de Jesús con aquellos a quienes llamaba hipócritas estaba lleno de amor y preocupación, incluso por estos hipócritas.
“La compasión divina caracterizaba el semblante del Hijo de Dios mientras dirigía una última mirada al Templo y luego a sus oyentes. Con voz ahogada por la profunda angustia de su corazón y amargas lágrimas, exclamó: ‘¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!’ ” (DTG 572).
■ ¿Por qué no necesitas ser un líder religioso para ser culpable del tipo de hipocresía que Jesús condena tan rotundamente aquí? ¿Cómo podemos aprender a ver ese tipo de hipocresía en nosotros mismos, si existiera, y cómo podemos deshacernos de ella?
Miércoles
La hipocresía de los fariseos era resultado de su egoísmo. La glorificación propia era el objeto de su vida. Esto era lo que los inducía a pervertir y aplicar mal las Escrituras, y los cegaba en cuanto al propósito de la misión de Cristo. Aun los discípulos de Cristo estaban en peligro de albergar este mal sutil. Los que decían seguir a Cristo, pero no lo habían dejado todo para ser sus discípulos, sentían profundamente la influencia del raciocinio de los fariseos. Con frecuencia vacilaban entre la fe y la incredulidad, y no discernían los tesoros de sabiduría escondidos en Cristo. Los mismos discípulos, aunque exteriormente lo habían abandonado todo por amor a Jesús, no habían cesado en su corazón de desear grandes cosas para sí… Era lo que se interponía entre ellos y Cristo, haciéndolos tan apáticos hacia su misión de sacrificio propio, tan lentos para comprender el misterio de la redención (El Deseado de todas las gentes, p. 376).
Nuestro Salvador presenta ante la gente de ese tiempo el carácter de sus pecados. Sus sencillas palabras despertaban la conciencia de sus oyentes; pero los instrumentos contradictores de Satanás buscaban un lugar para sus teorías para apartar las mentes de la verdad claramente presentada. Cuando el gran Maestro presentaba solemnes verdades, los escribas y fariseos —con el pretexto de estar interesados— se reunían alrededor de los discípulos y de Cristo, y desviaban la mente de aquellos haciendo preguntas para crear disputa, aparentando que querían conocer la verdad. Cristo fue interrumpido en esta ocasión como lo había sido en muchas ocasiones similares. Deseaba que sus discípulos escucharan las palabras que él quería decir, y que no permitieran que nada atrajera y retuviera su atención. Por lo tanto, les advirtió: “Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía”. Fingían el deseo de entrar tanto como les fuera posible dentro del círculo íntimo. Cuando el Señor Jesús presentaba la verdad en contraste con el error, los fariseos aparentaban que estaban deseosos de comprender la verdad, y sin embargo procuraban desviar la mente de Cristo por otros cauces.
La hipocresía es como la levadura. La levadura puede estar oculta en la harina, y no se conoce su presencia hasta que produce su efecto. Cuando se la introduce satura rápidamente toda la masa. La hipocresía actúa secretamente, y si se la tolera, llenará la mente de orgullo y vanidad. Algunos engaños que hoy se practican son similares a los que practicaban los fariseos. El Salvador dio esta advertencia para que estuvieran alerta todos los que creen en él. Velad para que no absorbáis ese espíritu y os volváis como aquellos que trataban de entrampar al Salvador (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 5, pp. 1095, 1096).
CÓMO ERRADICAR LA ANSIEDAD
Lee Juan 14:1 al 6. En medio de nuestra ansiedad, ¿qué podemos hacer para
que nuestro corazón no se sienta turbado? ¿Cuál es la clave para superar la
división, el egoísmo, la ambición, la hipocresía, y hallar el verdadero
descanso?
Para superar la ansiedad, el punto de partida siempre es Jesús. Él es el Camino, la Verdad y la Vida. Él conoce la dirección correcta cuando deambulamos sin rumbo fijo en el desierto de nuestro mundo saturado de medios; como Legislador divino, él mismo es la Verdad personificada, y su Espíritu nos guiará a toda la verdad (Juan 16:13). Cuando estamos heridos, cansados, agotados, enfermos y desanimados, él es la Vida. No cualquier vida. De hecho, nos ha prometido vida en abundancia (Juan 10:10). Esto incluye nuestro hogar eterno y la vida eterna, pero también implica una calidad de vida diferente aquí. El Creador seguramente puede darnos eso en abundancia y sin medida, aun ahora.
“No se turbe vuestro corazón” es una invitación a vivir con expectativas. Cuando nos sentimos deprimidos, él puede ponernos en un plano superior. Cuando luchamos contra las tinieblas y el pecado, él es el que no solo comenzó, sino también terminará la buena obra en nosotros (Fil. 1:6).
Por más que las cosas empeoren aquí (algo que bien podemos esperar), considera la promesa que se nos ha dado en Jesús. Él está preparando un “lugar” para nosotros, un lugar donde nuestro dolor, ansiedad y sufrimiento serán desterrados para siempre. Esa es la esperanza que se nos ha dado en Cristo Jesús, y se nos ofrece a todos, sin importar quiénes seamos, sin importar nuestro origen, sin importar cuán miserable haya sido o sea nuestra vida ahora.
Sin embargo, la clave es que acudamos a Dios en nuestra debilidad de todos modos, con nuestro dolor, nuestro estado pecaminoso en general, destrozados, sabiendo que él nos acepta a pesar de estas cosas. De eso se trata la gracia, y la razón por la que debemos creer que nos fue dada si la buscamos con fe.
Lee Jeremías 3:22. ¿Qué nos pide Dios que hagamos nosotros? Y luego, ¿qué hará por nosotros en respuesta?
■ Piensa en las palabras de Jesús: “Vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Juan 14:3). ¿Qué debería decirnos esto acerca de la importancia de la promesa de la Segunda Venida? Especialmente para nosotros como adventistas (con nuestro conocimiento sobre la muerte), ¿por qué es tan preciosa la promesa de la Segunda Venida?
Jueves
Vivir para sí es perecer. La codicia, el deseo de beneficiarse a sí mismo, separa al alma de la vida. El espíritu de Satanás es conseguir, atraer hacia sí. El espíritu de Cristo es dar, sacrificarse para bien de los demás. “Y este es el testimonio: Que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida: el que no tiene al Hijo de Dios, no tiene la vida”. 1 Juan 5:11, 12.
Por lo tanto, nos dice: “Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee” (Palabras de vida del gran Maestro, p. 203).
¡Alaba, alma mía, al Señor! Él dice que fue a preparar mansiones para mí. “No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis”. Juan 14:1-3.
¡Gracias a Dios! Tengo la mirada puesta en esas mansiones; no en las mansiones terrenales, porque estás antes de mucho serán derribadas por el violento terremoto. Anhelo las mansiones celestiales que Cristo ha ido a preparar para los fieles. “No tenemos hogar aquí; solo somos peregrinos y extranjeros, y estamos en marcha hacia un país mejor, el celestial. Que Dios nos ayude a ganar el don precioso de la vida eterna” (In Heavenly Places, p. 354; parcialmente en En los lugares celestiales, p. 356).
El corazón humilde y quebrantado, enternecido por el arrepentimiento genuino, apreciará algo del amor de Dios y del costo del Calvario; y como el hijo se confiesa a un padre amoroso, así presentará el que esté verdaderamente arrepentido todos sus pecados delante de Dios. Y está escrito: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados, y limpiarnos de toda iniquidad”. 1 Juan 1:9.
La promesa de Dios es: “Me buscaréis y me hallaréis cuando me buscareis de todo vuestro corazón”. Jeremías 29:13…
Cuando Cristo mora en el corazón, el alma rebosa de tal manera de su amor y del gozo de su comunión, que se aferra a él; y contemplándole se olvida de sí misma. El amor a Cristo es el móvil de sus acciones.
Los que sienten el amor constreñidor de Dios no preguntan cuánto es lo menos que pueden darle para satisfacer lo que él requiere; no preguntan cuál es la norma más baja que acepta, sino que aspiran a una vida de completa conformidad con la voluntad de su Redentor (El camino a Cristo, pp. 41, 43, 45).
PARA ESTUDIAR Y MEDITAR:
“No puede haber crecimiento o fructificación en la vida que se centra en el yo. Si has aceptado a Cristo como tu Salvador personal, debes olvidarte de ti mismo y tratar de ayudar a otros. Habla del amor de Cristo, cuenta de su bondad. Haz todos los servicios que se presenten. Lleva la carga de las almas sobre tu corazón, y por todos los medios que estén a tu alcance trata de salvar a los perdidos. A medida que recibas el espíritu de Cristo –el espíritu de amor desinteresado y trabajo por otros–, crecerás y darás frutos. Las gracias del Espíritu madurarán en tu carácter. Tu fe se incrementará, tus convicciones se profundizarán, tu amor se perfeccionará. Reflejarás más y más la semejanza de Cristo en todo lo que es puro, noble y precioso” (PVGM 47).
En cuanto al abordaje de cuestiones entre los miembros de la iglesia, “la conversación se prolongaba por horas entre las partes interesadas, y no solo habían malgastado su tiempo, sino también habían retenido a los siervos de Dios para que los escuchasen, cuando el corazón de ambas partes no estaba subyugado por la gracia. Si se pusieran a un lado el orgullo y el egoísmo, cinco minutos bastarían para eliminar la mayoría de las dificultades” (PE 50).
PREGUNTAS PARA DIALOGAR:
1. En clase, piensen en formas prácticas de superar el egoísmo. ¿Cómo pueden cuidarse los unos a los otros para que estas ideas se conviertan en realidad?
2. Las ambiciones no son inherentemente malas. Sin embargo, ¿cómo podemos anticipar e imaginar grandes cosas de Dios sin caer en la trampa de ser consumidos por la ambición?
3. La mayoría de nosotros no muestra ambición, hipocresía, egoísmo o envidia por fuera; somos muy susceptibles de ofrecer una fachada externa más benigna. Sin embargo, como el enorme sistema de raíces de un álamo, todas estas características negativas se esconden debajo de la superficie. ¿Cómo se ve en la práctica la transformación del carácter guiada por el Espíritu? ¿Cómo podemos vencer la raíz de la ansiedad y hallar verdadero descanso en Jesús?
4. Reflexiona en la respuesta a la pregunta final del jueves sobre la importancia de la Segunda Venida. Después de todo, sin ella, ¿qué esperanza tenemos? Sin ella, ¿de qué nos habría servido la primera venida de Cristo, sabiendo que los muertos duermen hasta la resurrección, que ocurre recién en la Segunda Venida?
Viernes
Cada día con Dios, 2 de julio, “Todos vosotros sois hermanos”, p. 190;
Testimonios para la iglesia, t. 4, “La necesidad de la armonía”, pp. 219-224.
"DESCANSO EN CRISTO"
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Dios lo bendiga!!!
Lección 3
EL SÁBADO ENSEÑARÉ...
Parte I: RESEÑA
Un pastor cuenta la fascinante historia de una visita a un antiguo fortín indígena al noroeste de Nueva York. El pastor preguntó al guía si alguno de los visitantes había encontrado puntas de flecha indígenas alguna vez. El guía sonrió y respondió: “Sí, en la puerta principal del fuerte, justo donde estás parado”. Luego, el guía le explicó que las puntas de flecha estaban precisamente debajo de la superficie. El mejor momento para encontrarlas era justo después del invierno, durante el deshielo de primavera. Estuvieron allí todo el tiempo; bajo las condiciones adecuadas, aparecieron.
En la lección de esta semana, “Las raíces del descontento”, estudiaremos actitudes que a menudo están ocultas a la vista y sacan la cabeza de tanto en tanto. Actitudes como el orgullo, el egoísmo, la ambición enfermiza y la hipocresía caracterizan con demasiada frecuencia la vida de los cristianos y empañan nuestro testimonio. El apóstol Pablo nos aconseja que miremos con diligencia, “no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados” (Heb. 12:15). Las raíces del mal subsisten en todos nuestros corazones. Estas raíces, si no se afrontan, producen brotes, que luego producen frutos malos. Esta semana, examinaremos cuidadosamente algunas de estas raíces y estudiaremos formas de reconocerlas, y luego, por la gracia de Dios, las arrancaremos de nuestra vida.
Parte II: COMENTARIO
Una mirada casual a las declaraciones de Jesús en Mateo 10:34 al 39 puede causar confusión. Si Jesús es el Príncipe de Paz, ¿por qué dijo que no vino para traer paz a esta Tierra, sino espada? (Mat. 10:34). ¿Por qué indicó que “los enemigos del hombre serán los de su casa”? (10:36); y ¿por qué dice: “El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí” (10:37)? Aquí hay tres asuntos importantes. Jesús quería que sus seguidores reconocieran el costo del discipulado. Cuando una persona acepta a Cristo y se compromete a seguirlo, el diablo se enfada. No debería sorprendernos que haya oposición al evangelio. Le hemos declarado la guerra a Satanás y estamos inmersos en una batalla contra todas las fuerzas del Infierno. Jesús está señalando, en estos pasajes, que la paz, la verdadera paz, proviene de seguirlo en medio de la batalla. Los problemas aquí se relacionan con la lealtad. Aunque Jesús nos invita a cada uno de nosotros a respetar a nuestra familia, tenemos una lealtad superior. La paz inunda nuestro corazón cuando ponemos a Cristo en primer lugar en nuestra vida y tenemos la seguridad de su presencia.
La condescendencia de Cristo
El apóstol Pablo revela una de las descripciones más detalladas de la condescendencia de Cristo en toda la Escritura. Algunos teólogos han llamado a esto la “cascada del amor de Dios”. En Filipenses 2:5 al 7, Pablo declara: “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres” (énfasis añadido). Observa el contraste entre estas dos expresiones, la forma de Dios y la forma de siervo. La palabra griega para “forma” es “morphé”, que también se puede traducir como “la esencia de” o tener la “naturaleza de”. Jesús era igual al Padre en la esencia misma de su naturaleza. Cristo existió con el Padre desde toda la eternidad como coigual y coeterno. “Se despojó a sí mismo”, o, traducido literalmente, se despojó de los privilegios y las prerrogativas que lo igualan a Dios, y se convirtió en hombre. No solo se hizo hombre: llegó a ser el más humilde de los hombres, un siervo. No solo se hizo siervo: se convirtió en un siervo humilde y obediente. No solo se convirtió en un hombre humilde y obediente, sino además murió en la Cruz, la más horrible de todas las muertes. Jesús, nuestro Señor eterno, nuestro Creador todopoderoso, al que todo el Universo sirve, se convirtió en el Servidor de todos. La vida de Jesús ilustra gráficamente que una vida de servicio abnegado es una vida de descanso y gozo duraderos.
La vida de servicio amoroso y abnegado de Cristo contrasta directamente con la historia de dos hermanos, que Jesús relató en Lucas 12:13 al 31. Estos dos jóvenes egoístas estaban discutiendo sobre la herencia que iban a recibir de la propiedad de su padre. Vinieron a Jesús y le pidieron que mediara en su disputa. Jesús se negó, al señalar abiertamente que la paz y el gozo verdaderos provienen de dar, no de retener. Somos verdaderamente felices cuando hacemos felices a los demás, no cuando tratamos de manipularlos para que nos hagan felices a nosotros.
La ambición, el orgullo, y el corazón de la cristiandad
Durante la Última Cena, en uno de los momentos más solemnes de la historia de la humanidad, los discípulos aún debatían quién sería el mayor en el Reino. En la víspera de la traición y el juicio de Cristo, todavía creían que él iba a establecer un reino terrenal; y si lo llegaba a establecer, querían el primer lugar en este nuevo reino. Esta no fue la primera vez que hubo rivalidad entre ellos sobre quién sería el más grande en su Reino. Hay una historia en Mateo 20:20 al 28 que revela el núcleo de lo que realmente es el cristianismo. Describe poderosamente la esencia de lo que significa ser un seguidor de Cristo.
Este es el trasfondo de la historia. Jesús está de camino a Jerusalén por última vez. Ha intentado sin éxito explicar a sus discípulos que pronto será rechazado, juzgado, acusado falsamente y crucificado. Por alguna razón, las presuposiciones de los discípulos sobre el Mesías les han impedido comprender la naturaleza de su misión. Filtran lo que Jesús dice a través de las ideas equivocadas de grandeza terrenal que se arremolinan en su mente. Sus ideas de prominencia en un nuevo reino y de grandeza mundana son la base de la solicitud de la madre de Santiago y Juan, que se encuentra en Mateo 20:20 y 21.
“Ella le dijo: Ordena que en tu reino se sienten estos dos hijos míos, el uno a tu derecha, y el otro a tu izquierda” (20:21).
Santiago y Juan, junto con Pedro, formaban parte del círculo íntimo de Cristo. Eran algunos de sus discípulos más cercanos. El mismo Jesús ¿no había dicho poco antes: “De cierto os digo que en la regeneración, cuando el Hijo del Hombre se siente en el trono de su gloria, vosotros que me habéis seguido también os sentaréis sobre doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel” (19:28)?
¿No era lógico que Santiago y Juan pensaran que, si Jesús iba a Jerusalén para establecer su Reino eterno, ellos más que nadie merecían estar cerca de él en su Trono? Eran quienes habían estado más cerca de él durante su ministerio. Eran sus confidentes, sus seguidores más cercanos. Creían que merecían esta posición de honor y privilegio.
Los demás discípulos, obviamente, estaban angustiados por este intento de Santiago y Juan de abrirse paso a codazos para ocupar el primer lugar en el Reino. La respuesta de Jesús es atemporal. Habla al corazón del cristianismo auténtico. Llamando a los discípulos, Jesús les dijo: “Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad. Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo; como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (Mat. 20:25-28).
El principio de este mundo es acaparar; el principio del Reino de Cristo es dar. El principio de este mundo es la exaltación propia; el principio del Reino de Cristo es la abnegación. El principio de este mundo es centrarse en el yo; el principio del Reino de Cristo es centrarse en los demás. Jesús sabía lo que estaba pasando por la mente de los discípulos, y habló al corazón mismo de la vida cristiana. En el mundo, dijo Jesús, es muy cierto que la persona importante es la que controla a los demás. Una figura tan importante es el jefe, y los demás deben obedecer sus órdenes. Con solo una palabra, esta persona puede exigir que la sirvan para satisfacer hasta su menor necesidad. Afuera, en el mundo, estaba el gobernador romano con sus insignias y su séquito; el potentado oriental, con sus esclavos; el comerciante rico, con sus sirvientes; y el terrateniente, con sus propiedades. El mundo los considera grandes, pero en la apreciación de Cristo solamente el servicio es la insignia de la grandeza. La grandeza no consiste en mandar a otros a hacer cosas por nosotros; consiste en hacer cosas por los demás. Esta es la revolución cristiana; este es un trastorno absoluto de los criterios del mundo. Es un nuevo conjunto de valores.
“En los reinos del mundo, la posición significaba engrandecimiento propio. Se obligaba al pueblo a existir para beneficio de las clases gobernantes. La influencia, la riqueza y la educación eran otros tantos medios de obtener el dominio de las masas humanas para el uso de los líderes. Las clases superiores debían pensar, decidir, disfrutar y gobernar; las inferiores debían obedecer y servir. La religión, como todas las demás cosas, era asunto de autoridad. Se esperaba que el pueblo creyera y practicara lo que les indicaban sus superiores. Se desconocía totalmente el derecho del hombre, como hombre, de pensar y actuar por sí mismo.
“Cristo estaba estableciendo un reino sobre principios diferentes. Él llamaba a los hombres no a asumir autoridad, sino a servir, a sobrellevar los fuertes las flaquezas de los débiles. El poder, la posición, el talento y la educación colocaban a su poseedor bajo una obligación mayor de servir a sus semejantes” (DTG 504).
Parte III: APLICACIÓN A LA VIDA
Al contemplar la vida de Jesús, nuestra vida se transforma. Nos volvemos como aquel a quien más admiramos. Somos transformados a su semejanza al contemplar su gracia, misericordia, compasión y bondad en su Palabra. Su vida de abnegación nos inspira a mirar, más allá de nosotros mismos, a las necesidades de los demás. Alguien ha dicho con razón: “Cualquiera envuelto en sí mismo es un paquete muy pequeño”. Para profundizar la impresión de la lección de esta semana, aquí presentamos una tarea práctica para esta semana:
- Busca un lugar tranquilo para estar solo y pide a Dios que te ayude a ver una necesidad específica en alguien cercano a ti.
- Una vez que el Espíritu Santo te impresione con esta necesidad en la vida de esa persona, pregunta a Dios qué puedes hacer para satisfacerla. La necesidad podría ser algo tan simple como invitar a cenar a un vecino anciano solitario, ofrecer a una madre sola cuidar de sus hijos, consolar a una persona diagnosticada con cáncer, animar a un joven o dar clases particulares a un niño.
- Decide concretamente que dedicarás tiempo a bendecir a otra persona dentro de tu esfera de influencia. Al bendecir a otra persona, a la vez recibirás bendiciones sin medida.
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Dios los bendiga!!
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