Lección 6 de Intermediarios
¿QUIÉN SOY YO?
Quizás has sido cristiano por toda tu vida. Tus padres te han llevado regularmente a la Escuela Sabática y a la iglesia. Conoces muchos versículos para memorizar y canciones acerca de la Biblia.
Amas mucho a Jesús. Pero ahora alguien te pregunta por qué crees que Jesús es el Hijo de Dios. ¿Cómo contestarías? Jesús preguntó a sus discípulos algo similar. ¿Cómo crees que contestaron ellos?
Mateo 16:13-20;
El Deseado de todas las gentes, cap. 44, pp. 377-394
“Para que ante el nombre de Jesús se doble toda rodilla en el cielo y en la tierra y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor”
(Filipenses 2:10, 11).
Adoramos a Dios cuando lo ponemos como Señor de nuestras vidas.
“Todo lo que sucedió fue por culpa de esos despreciables espías”, pensó Pedro, refunfuñando para sí mientras caminaba lentamente a lo largo del sendero. Cada vez que Jesús estaba en Galilea, el Sanedrín enviaba espías para hacer su vida miserable. Ahora se encontraban viajando nuevamente rumbo a Cesarea de Filipo. Algunos kilómetros más y llegarían. Pedro tenía los pies cansados y le dolían. Ya estaban por llegar. ¡Qué bueno!
—¡Oh! —murmuró Andrés—. Parece que el Maestro va a descansar por un rato.
—Ya era hora —contestó Pedro entre dientes.
Jesús se desvió del sendero polvoriento y se dirigió hacia un campo verde con algunos árboles que brindaban sombra cerca de un arroyo. “Me sentiré muy bien si nos sentamos aquí —pensó Pedro, mientras tomaba agua—. Hasta nos lavaremos los pies”.
Jesús se sentó, y desató sus sandalias.
“Precisamente la idea que tenía”, pensó Pedro.
Jesús lo miró y se sonrió, casi como si pudiera leer la mente de Pedro. Pedro le devolvió la sonrisa. Le gustaba el hecho de que algunas veces el Maestro parecía saber exactamente lo que él estaba pensando. Bueno, casi siempre le gustaba, pero algunas veces podía ser vergonzoso.
Pedro también se quitó las sandalias. Caminó hacia el arroyo y se paró al lado de Jesús. El agua fría se sentía deliciosa.
—¡Ven, Andrés! —dijo volteando la cabeza.
—Yo estoy muy viejo para entrar en el agua —contestó Andrés desde donde estaba sentado, recostado contra un árbol con los ojos cerrados.
Pedro miró a su hermano con ojos de picardía. Se llenó las manos de agua, se dirigió en puntillas sobre el césped hasta donde estaba Andrés y le derramó el agua sobre la cabeza. Andrés abrió los ojos sobresaltado. Refunfuñó por un minuto secándose la cara con la manga de su túnica. Luego comenzó a reír.
—Eso me hizo bien —dijo—. ¡Muchas gracias!
Jesús caminó por el césped hacia donde estaban sentados sus discípulos en la sombra. Se sentó con ellos y luego se estiró totalmente en el suelo, mirando hacia el cielo. El cielo tenía su color azul brillante de verano. De repente hizo una pregunta.
—¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?
—Bueno —comenzó Tomás—, yo he escuchado que algunos dicen que eres Juan el Bautista.
—Yo he escuchado que la gente dice que eres Elías —contestó Juan.
—Jeremías —dijo Mateo—. Algunos dicen que eres Jeremías.
—Otros dicen que eres uno de los profetas —dijo Santiago.
Jesús suspiró. Todas estas respuestas mostraban que la gente creía que él era un gran hombre. Pero habían fracasado en reconocer que en realidad él era Dios. Jesús volvió la cabeza y miró a sus amigos.
—Y ustedes, ¿quién dicen que soy?
Los discípulos se miraron unos a otros. De pronto todos estaban mirando a Pedro. Él sería el portavoz.
—Tu eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente —contestó Pedro.
Jesús se enderezó y apoyándose en uno de sus codos miró a Pedro y sonrió.
—Dichoso tú —le dijo—, porque eso no te lo reveló ningún mortal, sino mi Padre que está en el cielo.
Jesús comenzó a explicar a sus amigos de qué forma la comprensión de este punto era la llave para entrar al reino de los cielos. Nadie podrá entrar al cielo si no cree que él es Dios y no acepta que él murió por sus pecados y resucitó.
Jesús miró a la distancia. Todavía tenía muchas cosas que enseñar a esos hombres que eran sus mejores amigos en la tierra. Ellos no comprendían aún lo que estaba sucediendo. Él les explicaría ampliamente, detalle por detalle. Tenía que ir a Jerusalén y allí sufriría a manos de los dirigentes, sacerdotes y maestros de la ley. Lo colgarían en una cruz, lo cual era la peor de las muertes. Pero al tercer día resucitaría.
Jesús quedó en silencio por un momento, disfrutando el canto agudo de un
pajarillo posado en una rama de un arbusto cercano. Entonces comenzó a hablar.
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Dios les bendiga!!!
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