Lección 3 de Intermediarios
PURIFICANDO EL TEMPLO
¿Están siempre tus padres detrás de ti para que limpies tu habitación? ¿Está hecha un desastre, con ropa sucia en el suelo, pilas de cosas “guardadas”, libros regados por doquier y tu cama sin hacerse? Si es así, podrías compararte a la condición del templo antes de que el nuevo rey lo restaurara.
2 Crónicas 29; Profetas y reyes, pp. 245-251
“Yo me alegro cuando me dicen: ‘Vamos a la casa del Señor’” (Salmo 122:1).
Cuando adoramos juntos, reflejamos el amor de Dios hacia nuestra familia de la iglesia.
El rey Joás debe haber dependido mucho de su tío Joyadá. Es posible que nunca haya aprendido a hacer lo correcto por sí mismo, sino porque su tío le decía que lo hiciera. Nunca lo sabremos. Pero sí sabemos que después de que Joyadá murió, Joás permitió que el pueblo adorara dioses paganos, en vez del Dios del cielo.
Las cosas se pusieron tan mal, que cuando su propio primo Zacarías (el hijo de Joyadá), le advirtió al pueblo que Dios no los bendeciría si se apartaban de él, el rey lo mandó a matar. ¡Cuán pronto había olvidado Joás cómo su tío Joyadá había salvado su vida!
Pero como siempre sucede, llegó el “tiempo del pago”. Luego de una gran derrota a manos del ejercito sirio, donde Joás resultó herido, fue asesinado en su propio lecho por dos de sus oficiales. Esto se hizo en venganza por la muerte de Zacarías.
La adoración al Dios verdadero fue rechazada por cuatro generaciones más de reyes. Pero finalmente, Ezequías, el tatara-tataranieto de Joás, se convirtió en rey a los 25 años. Su propio padre había destruido todos los utensilios que se usaban para la adoración en el templo, y había cerrado nuevamente sus puertas. Había erigido altares en cada calle de Jerusalén para que la gente pudiera adorar a Satanás.
Seguramente Ezequías observó cómo su padre hacía todo esto. Una incómoda brecha debe haberse abierto entre ellos, pues pensaban de manera distinta. Su padre odiaba a Dios, mientras que su hijo lo amaba en silencio. El país era un desastre, y las demás naciones se burlaban de ellos.
Jerusalén fue atacada una y otra vez por ejércitos hostiles, los cuales mataban a los jóvenes y capturaban a las mujeres y a los niños para llevárselos como rehenes. Fueron años terribles, todo a causa de que el pueblo de Dios había tratado de copiar la falsa adoración de las naciones circundantes, en vez de mantenerse fieles al Dios verdadero.
Pero finalmente, el buen rey Ezequías llegó al poder. Él se había propuesto hacer las cosas correctamente de nuevo. Lo primero que debía hacer era pedir a los sacerdotes que se dedicaran a la obra del Señor. Luego, juntos rogaron a Dios para que detuviera los ataques que venían sufriendo de parte de otras naciones, y para que ayudara al pueblo a sentirse seguro nuevamente. Lo siguiente fue reparar el templo, a fin de demostrar amor y respeto por Dios. El templo había estado cerrado e inutilizado por años. Todos los utensilios que se usaban para adorar a Dios estaban dañados o habían sido robados. Artículos que se habían utilizado para adorar a dioses falsos yacían tirados en el piso. Sin duda, el techo estaría lleno de telarañas, y el recinto lleno de plagas. Pero al cabo de dos semanas, estuvo listo una vez más para ser dedicado a Dios. El desastre se había esfumado, los pisos estaban limpios, el mármol brillaba de nuevo. Se colocaron muebles nuevos. En el atrio, todo estaba listo para la gran celebración de la dedicación.
¡Qué gran celebración! Una inmensa multitud permaneció allí todo el día. Dentro del templo, grupos de sacerdotes tocaban arpas y címbalos, mientras la gente recorría la hermosa edificación. Llegó el momento de ofrecer el sacrificio, como lo habían hecho sus antepasados en el desierto. Siete novillos y siete carneros fueron sacrificados. Luego, los sacerdotes colocaron sus manos en las cabezas de siete machos cabríos, y transfirieron simbólicamente los pecados del pueblo a los machos cabríos, que luego fueron sacrificados.
Finalmente, se ofrecieron siete corderos al Señor. Estos representaban al Mesías, el Cordero de Dios, quien moriría a fin de salvarlos.
La inmensa multitud comenzó a entonar cánticos de adoración a Dios. Algunos sacerdotes tocaban sus trompetas junto a ellos, además de otros instrumentos. La adoración se extendió por todo el día hasta que la ofrenda fue consumida, y luego, el pueblo trajo sus propias ofrendas: ¡600 novillos, 3.000 ovejas, y 3.000 machos cabríos! El pueblo escogido de Dios lo estaba adorando de nuevo. La sensación de paz que ofrece el honrar y adorar a Dios, y permitirle que dirija nuestras vidas, se sintió de nuevo en Jerusalén.
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Dios les bendiga!!!
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