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Intermediarios | Lección 2: La batalla pertenece al Señor | 1er Trimestre 2022 | Año C

Lección 2 de Intermediarios

LA BATALLA PERTENECE AL SEÑOR

 

¿Recuerdas algún momento en el que una situación difícil te haya hecho pensar en cuánto te ama Dios? Josué también enfrentó una situación similar.


Texto y clase de referencias:
Josué 5:13-6:20; Patriarcas y profetas, pp. 521-532.
Versículo para memorizar:
“Sin embargo, en todo esto somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó” (Romanos 8:37).
Mensaje:
Dios ya ganó la batalla por nosotros.

 

HLa orgullosa ciudad amurallada se encontraba al borde de una hermosa planicie, llena de árboles frondosos y cosas buenas para comer. Se podían ver carrozas de guerra tiradas por caballos que salían y entraban por las puertas ciudad. Adentro, se erigían palacios y templos consagrados a la diosa de la luna. No muy lejos estaba el río Jordán. Los israelitas acampaban cerca del río que Dios recién había detenido para que pudiesen cruzarlo.

Josué, el nuevo comandante de los israelitas, salió de su tienda y atravesó interminables filas de tiendas hasta llegar al borde de la planicie. Ante Josué se erguía la ciudad de Jericó con sus poderosas murallas. Parecía imposible atravesarlas, o pasar a través de sus puertas. Sin embargo, recordaba que Dios le había prometido la victoria. De alguna manera Dios iba a conquistar la tierra para ellos, de ciudad en ciudad, ¿pero cómo?

De repente, Josué notó que alguien lo acompañaba. Alzó su mirada, y un hombre con una espada desenvainada se encontraba de pie delante de él. —Señor —dijo Josué respetuosamente poniendo su mano en el mango de su espada, por si acaso—, ¿eres de los nuestros o de nuestros enemigos? 

—De ninguno —respondió la profunda y placentera voz del hombre—. Me presento ante ti como comandante del ejército del Señor.

Josué retiró su mano de su espada, y cayó a tierra, postrándose. —¿Qué órdenes trae mi Señor para este siervo suyo?

Josué estaba seguro de que iba a recibir instrucciones de batalla de parte de Dios. —Antes que nada —anunció el comandante celestial—, quítate las sandalias de los pies, porque el lugar que pisas es sagrado.

Josué se desató rápidamente las sandalias, sin levantar su rostro. —He entregado en tus manos a Jericó —anunció el comandante—, y a su rey con sus guerreros. Pero tengo instrucciones especiales acerca de cómo lo harán. Josué escuchó atentamente lo que seguía.

Horas después, Josué se reunió con sus líderes y les presentó el plan. —Carguen el arca del pacto del Señor —dijo a los sacerdotes—, y siete de ustedes lleven trompetas delante de ella.

Luego al resto de los soldados, les dijo:

—¡Adelante! ¡Marchen alrededor de la ciudad! ¡Que los hombres armados marchen detrás del arca del Señor.

El pueblo, que fue acomodado cuidadosamente tribu por tribu, comenzó la marcha al sonido de las trompetas de los siete sacerdotes.


—Recuerden —dijeron los soldados unos a otros—, no podemos pronunciar palabra alguna o hacer ruido durante la marcha. Solamente deben escucharse las trompetas de los sacerdotes. 

La ordenada procesión marchó alrededor de la ciudad. La gente que miraba desde las murallas de Jericó estaba confundida por el cuidadoso plan que se ejecutaba afuera. No podían entenderlo.

El segundo día Josué pidió a los israelitas que hicieran lo mismo. De nuevo, la guardia especial marchó delante de los sacerdotes. Los sacerdotes marchaban delante del arca haciendo sonar sus trompetas de cuernos de carnero. El arca también era custodiada por la retaguardia, que a su vez, marchaba frente a una formación especial de soldados de cada tribu. De nuevo, no había otro sonido más que las pisadas y las trompetas. Todos regresaron otra vez a su campamento. Esperaron nuevamente para hacer lo mismo al día siguiente.

El tercer día, el cuarto, el quinto y el sexto ocurrió exactamente lo mismo. El séptimo día también pasó lo mismo, pero una y otra vez, hasta siete veces. La guardia especial, los sacerdotes con las trompetas y el arca, la retaguardia, y todas las tribus, marcharon alrededor de la ciudad de Jericó siete veces. Cuando completaron las siete vueltas, Josué ordenó:

—¡Griten! ¡El Señor les ha entregado la ciudad!

Cuando las trompetas de los sacerdotes sonaron, todo el pueblo gritó. Entonces, por un minuto que pareció interminable, hubo un silencio absoluto. De repente, aunque primero lentamente, y después como un trueno, el muro de la ciudad y los edificios se derrumbaron. Los asombrados israelitas corrieron sobre los escombros de la colapsada muralla y de los edificios en ruinas, adentrándose en la que una vez había sido una gran ciudad. La poderosa ciudad había caído. Solo Rahab y su familia sobrevivieron, como se les había prometido.

Dios había destruido otra ciudad malvada. Era la batalla de Dios; y todo el oro, la plata y el bronce fue tomado como tesoro. La fiel Rahab, que había confiado en el Dios de los israelitas y había salvado a los espías, fue, junto con su familia, un tesoro humano salvado para Dios.

Dios siempre está buscando personas para traer a su familia.

 

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Dios les bendiga!!!

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