Lección 4 de Intermediarios
EL IMÁN DE DIOS
¿Tienes algún familiar favorito? ¿Por qué es tan especial para ti esa persona? ¿Tienen intereses en común? ¿Cuál es tu recuerdo favorito de esa persona?
Rut 1:1-18; Palabras de vida del gran Maestro, pp. 233-242.
“¡No insistas en que te abandone o en que me separe de ti! Porque iré adonde tú vayas [...]. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios será mi Dios” (Rut 1:16).
Dios nos atrae constantemente hacia él.
Los fuertes lamentos de los dolientes iban y venían. Noemí apartó su velo negro y secó sus lagrimas. Era el tercer funeral en la familia desde que se había mudado con su marido y sus dos hijos desde el otro lado del río Jordán, hasta Moab. Ella y su esposo Elimelec, habían dejado su hogar en Belén de Judá, escapando de una terrible hambruna. Habían llegado a Moab para comenzar una vida nueva.
Pero en vez de vida, habían encontrado la muerte. Primero, Elimelec. Había quedado sola con sus dos hijos, Mahlón y Quelión. Noemí no se imaginaba regresando a Judá sin su marido, así que dejó que sus hijos se casaran con Rut y Orfa, las jóvenes moabitas que habían escogido. Sus nueras lograron integrarse fácilmente a la familia, a pesar de venir de una cultura distinta. Pero ahora sus hijos también habían muerto. Noemí colocó de nuevo el velo sobre su rostro. Su voz se unía de nuevo a los estridentes lamentos de los otros dolientes.
Por un tiempo, Noemí, Rut y Orfa dialogaron acerca de cómo sobrevivirían por sí solas, pero poco a poco, comenzaron a llegarles noticias de que la hambruna había terminado en Judá. Noemí convocó a Rut y a Orfa a un concilio familiar, en el que decidieron comenzar a empacar inmediatamente. Las serviciales nueras empacaron la mayoría de sus pertenencias, e hicieron todos los arreglos necesarios para clausurar su hogar en Moab. Finalmente, llegó el día. Las tres mujeres comenzaron la travesía hacia el río Jordán, cada una con sus propias preocupaciones.
Mientras caminaba, Noemí pensaba en lo que el futuro les depararía a cada una de ellas. Por lo que sabía, se dirigía hacia una vida de escasez, y tal vez necesitaría la ayuda de las jóvenes, ¿pero sería lo mejor para ellas? Ella no podría forzar a su pueblo a aceptarlas ¿Cómo haría para que fuesen reconocidas por ellos? Serían extranjeras en una tierra extraña, y ella sabía muy bien lo que eso representaba. Además, eran viudas como ella. De acuerdo a ciertas tradiciones orientales, ella podía mantenerlas como sus esclavas.
Pero, razonó Noemí consigo misma, ellas necesitaban casarse de nuevo, o al menos vivir en casa de algún familiar que las pudiera mantener. Tal vez en Judá nunca se casarían de nuevo, ya que los israelitas despreciaban a los moabitas, y ellas no tenían familia allí. No quedaba duda: Lo mejor para ellas sería regresar a su país, a pesar de que las extrañaría.
Noemí detuvo la marcha y se sentó a un lado del camino para descansar.
—Rut y Orfa, necesitamos hablar —comenzó—. He estado pensando...
Noemí comenzó a expresar su punto de vista a las dos jóvenes, quienes colocaron su equipaje en el piso y se sentaron ansiosamente a su lado, agradecidas por el oportuno descanso.
—Como pueden ver —concluyó—, a pesar de que las amo y he dependido de ustedes durante estos tiempos difíciles, sé que lo mejor para ustedes es que regresen a su país y a sus familias. Allí encontrarán a alguien que las cuide, y tal vez a alguien con quien casarse de nuevo, y así podrán convertirse en las madres que desean ser.
—¿Pero cómo vas a poder sobrevivir sin nosotras? —respondió Orfa rápidamente—. Ni siquiera sabes si tienes familiares vivos con quienes quedarte.
—La gracia de Dios me proveyó de la amistad y del amor de ustedes —replicó Noemí—. A pesar del dolor y la pena que he experimentado, confío en que él proveerá para mi futuro. No tienen que sentirse obligadas, quedan libres de irse. Orfa tenía lágrimas en sus ojos, pero observaba cuidadosamente a Noemí para asegurarse de lo que realmente pensaba. Entonces, le dio un rápido beso de despedida, tomó su equipaje, y comenzó su camino de regreso. Rut y Noemí quedaron sentadas silenciosamente al lado del camino. Noemí finalmente rompió el silencio:
—Ve con ella.
—Madre Noemí —replicó Rut—, no digas eso. Yo estoy decidida, no voy a regresar. A dondequiera que vayas, iré contigo. Donde escojas quedarte, allí me quedaré yo. Tu familia será mi familia —Rut hizo una pausa momentánea, escogiendo cuidadosamente sus próximas palabras—. Y lo más importante, madre Noemí, quiero que tú Dios sea mi Dios. No te dejaré. Moriré y seré sepultada entre tu pueblo.
Noemí miró pensativa a la joven. Sintió que Dios estaba llamando a Rut. A pesar de todo el dolor de haber perdido a su esposo y a sus hijos, Dios hizo uso de la desgracia para traer a otra persona a sus pies. Noemí no le insistió a Rut para que volviera. Lentamente, tomó de nuevo su equipaje y continuó su camino. Rut la siguió, y las dos avanzaron hacia Belén, cualquiera fueran los planes de Dios para ellas.
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Dios les bendiga!!!
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