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Intermediarios | Lección 3: Victoria en la derrota | 1er Trimestre 2022 | Año C

Lección 3 de Intermediarios

VICTORIA EN LA DERROTA

 

¿Has tenido algún mal hábito que hayas querido romper? ¿Notaste que mientras más pensabas en él, más parecía tomar control de ti? Tal vez descubriste que una vez que admitiste ante Dios que no tenías control de la situación, él lo tomó.


Texto y clase de referencias:
Jueces 16:23-31; Patriarcas y profetas, pp. 603-613.
Versículo para memorizar:
“¡Pero gracias a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo!” (1 Corintios 15:57).
Mensaje:
La victoria es un regalo de Dios, no un producto de nuestra fortaleza.

 

Un hombre fuerte, pero de triste semblante, se recostaba contra una de las paredes del templo de Dagón. La ciudad era Gaza. La ocasión, uno de los muchos festivales y celebraciones que ocupaban la vida de los filisteos. El prisionero invidente permanecía allí, como si analizara el espacio.

Pero el ojo de su mente contemplaba otros tiempos en Gaza. En algún momento de su juventud había levantado las pesadas puertas de la ciudad, junto con sus dos postes y sus cerrojos, y las había llevado a la cima de una colina lejos de allí. En aquel entonces había sido invencible. En aquel entonces, la fuerza de Dios había estado con él.

Ahora estaba allí, tomándose un corto descanso. Desde que los filisteos se habían enterado de su voto a Dios, y habían afeitado su cabeza, había estado moliendo granos en una prisión de Gaza. Su captura representó un gran triunfo para los filisteos, y la celebración se haría en honor del dios Dagón. Sansón podía sentir a la gente, que como de costumbre, se aglomeraba para entrar al templo para participar de las festividades. Sansón recordaba cómo Dios lo había bendecido con una gran fuerza física. Recordaba sus grandes victorias, las veces que había utilizado sus propias manos o la quijada de un burro. No había obstáculo grande para él en esos días.

Pero Sansón también sabía que había tomado decisiones equivocadas. En su búsqueda de amigos y diversiones, hizo lo contrario de lo que deseaban sus padres. Gradualmente, sus elecciones se volvieron más importantes para él que la obra que Dios estaba haciendo a través de él. Ahora se encontraba metido en esta situación, ciego y desamparado, esclavo de sus enemigos. Desde que lo capturaron, los filisteos estaban convencidos de que su dios era más poderoso que el de él.

Sansón suspiró y se movilizó hasta una columna, colocando uno de sus grandes brazos alrededor de ella. Extendió su otro brazo para calcular cuán lejos estaba la siguiente columna. Lentamente, imaginó la escena a su alrededor. La gente cantaba y bailaba, celebrando la manera en que Dagón les había entregado en sus manos a Sansón, el líder del pueblo del Dios Altísimo.


Mucha gente había asistido esa noche al festival en la ciudad de Gaza. Sansón podía escucharlos en el techo. A los jóvenes les gustaba subirse a la terraza y observar desde allí las festividades.
Por lo menos tres mil personas estaban en el techo en una noche como esa. Parecía como que todo el pueblo estaba en algún lugar dentro de esas cuatro paredes.

Sansón dejó de sentir lástima de sí mismo. Sabía que él mismo había traído esos problemas sobre sí. Sentía dolor por la burla que escuchaba a su alrededor. Se burlaban del Dios que lo había escogido a él y lo había hecho fuerte, el Dios que le había pedido que destruyera a los filisteos.

De repente, en medio de la fiesta, Sansón sintió que Dios escuchaba su súplica silenciosa.

—Querido Dios —oró—, cuando me hiciste fuerte, pensé que podía hacer lo que quería. ¡Qué equivocado estaba! No pude derrotar a los filisteos, pues hice mal uso de la fuerza que me diste. Ahora ellos me han derrotado. Por favor, Dios, usa una vez más mi débil y malogrado cuerpo. Gana una última victoria para demostrar que tú eres Dios. De esa manera, moriré tranquilo junto a mis enemigos.

Sansón podía sentir la presencia de Dios con él. Sabía que aún era amado, y que había sido perdonado. Ahora, a través de la debilidad de Sansón, Dios demostraría su poder.

—Ayúdame, por favor —le pidió Sansón al joven que había sido asignado para guiarlo desde la prisión al templo—. Estoy cansado, quiero recostarme en las columnas.

El joven llevó al malogrado Sansón al centro del inmenso salón, en donde pudo recostarse entre dos de las columnas principales. Todo el mundo podía verlo desde cualquier lugar del templo. Sansón cerró sus ojos, y oró nuevamente. Entonces, empujó con todas sus fuerzas.

Lentamente, las inmensas columnas comenzaron a desmoronarse. El templo se agitó cuando las paredes se colapsaron. Todas las personas en el techo cayeron sobre quienes se encontraban abajo. Gobernantes y personas comunes, junto con Sansón, fueron sepultados por las pesadas ruinas.

Una vez más Dios había ganado la victoria. A pesar de la debilidad de carácter que había demostrado Sansón, Dios nunca dejó de amarlo. Y cuando en medio de su impotencia y humillación, le pidió a Dios la victoria, Dios le respondió grandiosamente una vez más.

 

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Dios les bendiga!!!

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