Lección 11 de Intermediarios
ESTO ESTÁ YENDO DEMASIADO LEJOS
¿Alguna vez trataste de hacer bien las cosas, cumpliendo con tus responsabilidades, tratando de ser aceptado y evitando problemas, cuando de repente alguien comenzó a molestarte y a pedirte que hicieras algo malo? ¿Te tentó seguirle el juego, tan sólo para mantener la paz?
Génesis 39:1-20; Patriarcas y profetas, pp. 214-217.
“Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. [...] Ama a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento más importante que éstos”. (Marcos 12:30, 31).
Respetamos los límites entre nosotros.
Un hombre alto y bien parecido, de unos 27 años, entró a la casa de Potifar. Era apuesto, con músculos acostumbrados al trabajo. Caminaba con orgullo, como si estuviera a cargo de todo alrededor de él.
En realidad, José había sido esclavo en la casa de Potifar durante diez años. Al principio, era sólo uno de los muchos esclavos que trabajaban en la rica y complicada casa. Pero Potifar lo había estado promoviendo hasta el punto de estar ahora a cargo de todo.
José pasó desde el brillante sol egipcio hasta la alfombra tejida a mano en el fresco interior de la casa principal.
Estaba bien familiarizado con los tres pisos y sus pulidos muebles tallados a mano. Conocía cada planta en cada uno de los hermosos balcones. Sabía cuántos esclavos se necesitaban para cocinar una exquisita cena y servirla con un mantel dorado, con un fondo de música tocada en vivo.
José era trabajador y leal, pero más que eso, Dios parecía bendecir todo lo que tocaba.
Potifar se había dado cuenta desde hacía tiempo de los talentos especiales de José.
José tuvo la oportunidad de conocer importantes oficiales de gobierno y educados hombres de ciencia. Se sentía más como un hijo que como un esclavo. Pero todo estaba por cambiar.
Al caminar por las habitaciones familiares del segundo piso, donde tenía un encargo, la esposa de Potifar se acercó a él como lo había hecho antes tantas veces. José esperaba que ella hubiese salido ese día.
—José, ¿a dónde vas tan de prisa?
Desde hacía algún tiempo, la esposa de Potifar había tratado de acercarse a José. Él sabía que debía salir de la casa rápidamente.
—Señora, creo que debo irme.
José tomó rápidamente lo que había venido a buscar y se dio la vuelta, pero la señora de la casa lo apretó contra la puerta.
—José, quédate conmigo un momento. Nadie se va a enterar. No hay más nadie aquí, sólo tú y yo. ¿Qué tiene de malo el tratar de hacerme feliz?
Para ese momento ya ella se encontraba muy cerca de José. —Señora, su esposo me ha puesto a cargo de esta casa. Él ha confiado todo en mis manos, pero usted es su esposa, no una de sus posesiones para que yo me ocupe de usted. Lo que usted me pide sería también un pecado ante mi Dios. José se dio la vuelta para retirarse, pero la esposa de Potifar lo asió por sus vestiduras.
—¿Quién te crees que eres? —murmuró—. No vas a salir de esta casa.
José trató de salir, pero ella se aferró a sus vestiduras. En un instante, José se zafó y corrió tan rápido como pudo hacia su habitación, dejando su túnica en manos de la esposa de Potifar.
Esa noche José se preguntaba qué sucedería. Las cosas habían salido tan bien
por tanto tiempo. Había pasado de ser un simple esclavo extranjero a ser el
mayordomo y administrador de esa gran casa. Pero sabía que todo eso iba a
cambiar, así como su vida había cambiado cuando sus hermanos lo vendieron.
José escuchó pasos que se acercaban.
—Váyanse y déjenme con él —ordenó Potifar a los guardias que lo acompañaban. José nunca había escuchado ese tono de voz en su jefe. Potifar entró a la habitación de José.
—Mi esposa me ha dicho que tú trataste de llevarla a la cama —le dijo Potifar mirándolo a los ojos. Sus palabras estaban llenas de dolor—. Dijo que trataste de atacarla. ¿Es eso verdad?
—Amo, nunca sería capaz de hacer algo que afrente a tu casa o a mi Dios. —Pero ella me mostró tu túnica, y dijo que la dejaste allí cuando comenzó a pedir auxilio.
—Mi señor, le aseguro que nunca haría algo así.
Visiblemente agitado, Potifar bajó su rostro. Si José estaba diciendo la verdad, entonces su esposa era una mentirosa. Potifar sólo tenía dos opciones: matar a José, o meterlo en la cárcel.
—Tendrás que ser llevado a la prisión real.
Potifar le pidió a los guardias que regresaran.
—Lleven a José a la prisión. No lo quiero ver más.
Al salir José del que había sido su hogar por diez años, hacia la prisión del rey, recordó cómo Dios había estado con él en el pasado. Sabía que Dios continuaría estando con él en esta nueva prueba. José continuaría amando al Señor su Dios con todo su corazón y respetando a aquellos a su alrededor.
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Dios les bendiga!!!
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