Lección 13 de Intermediarios
AMIGOS ÍNTIMOS
Piensa en tu mejor amigo. ¿Qué lo hace reír? ¿Qué lo enfurece? ¿Qué lo hace feliz? Cuando conoces muy bien a alguien, también conoces su manera de pensar y actuar; hasta empiezas a pensar y actuar como él.
Juan 17; El camino a Cristo, pp. 93-104.
“Yo les he dado a conocer quién eres, y seguiré haciéndolo, para que el amor con que me has amado esté en ellos, y yo mismo esté en ellos” (Juan 17:26).
Nuestra amistad con Jesús se fortalece cuando oramos.
Juan era el amigo más íntimo de Jesús. Aunque Jesús amaba a todos sus discípulos, Juan y él tenían una relación especial. Tal vez eso se debía a que Juan era el menor de los doce seguidores de Jesús. Tal vez por eso Juan tendía a confiar más en Jesús que los otros hombres de más edad. Tal como uno lo haría con su mejor amigo.
Y él respondió a la amistad especial de Juan, y compartió con él sus sentimientos más profundos.
Desde el mismo comienzo, la amistad de Juan con Jesús pudo haberse clasificado como “atracción de opuestos”. Juan no era una persona paciente ni humilde. En efecto, él y su hermano Santiago eran llamados “hijos del trueno”. Juan era orgulloso. Era ambicioso. Estaba dispuesto a pelear a la menor provocación.
Ser amigo íntimo de Jesús, quien era siempre un amigo sincero y leal, significaba que Juan a veces tenía que escuchar acerca de las fallas de su personalidad. Como hacen los buenos amigos, Jesús le llamaba la atención cuando obraba con egoísmo, cuando era impositivo o impaciente. Pero Jesús siempre apreciaba la disposición entusiasta, sincera y amante de Juan.
Por eso Juan se mantenía cerca de Jesús. Cuando salían en grupo, Juan se mantenía a poca distancia de Jesús.
Cuando se sentaban, Juan lo hacía cerca de Jesús. Estaba decidido a que continuaran siendo amigos íntimos. Y cuanto más cerca de Jesús se mantenía Juan, tanto más se parecía a él.
Esto no significa que Juan repentinamente llegó a ser perfecto. Por ejemplo, cierta vez cuando unos samaritanos no trataron a Jesús con respeto y no le permitieron dormir en su pueblo, Juan y su hermano se disgustaron mucho. Veían a lo lejos el monte Carmelo donde Elías había hecho descender fuego del cielo. Pensaron que eso mismo sería un castigo perfecto para esos insolentes samaritanos. Se apresuraron a contarle su idea a Jesús. Por supuesto que el Maestro no aprobó el plan y se puso triste. En cambio decidió ir a pasar la noche a otra aldea.
No, Juan no aprendió a controlar su temperamento de un día para otro. Tampoco había aprendido a no procurar el primer lugar en todo. Una vez ordenó a alguien que dejara de echar demonios de la gente en el nombre de Jesús, aunque no conocía a esa persona. Pero esa persona no era un seguidor habitual de Jesús. Pero lo que realmente los preocupaba a Juan y su hermano era lo mal que ellos quedaban al no hacer lo mismo. No siempre lograban buen resultado cuando trataban de expulsar un demonio de alguien, y eso que eran amigos íntimos de Jesús.
Juan todavía quería ser el mejor en ocasión de la Última Cena de Jesús. Los demás discípulos no dejaban de hablar acerca del hecho de que la madre de Juan y Santiago había pedido a Jesús que sus hijos fueran los consejeros principales en su reino.
A pesar de sus debilidades, de su temperamento, de su orgullo, Juan se mantuvo estrechamente relacionado con Jesús. El jueves de noche, Juan se encontraba en la sala del juicio cuando juzgaban a Jesús. No pretendió no conocerlo; sólo se limitó a permanecer en un rincón lo más cerca posible de su Amigo íntimo. Mientras conducían a Jesús a la cruz en el Calvario, Juan acompañó y consoló a la madre de Jesús. Y cuando Jesús vio a su madre y a Juan cerca de la cruz, sabía que no habría un lugar más seguro para ella que cerca del corazón de su amado amigo Juan y en su hogar.
Durante el ministerio de Jesús en este mundo, Juan mantuvo con él una relación más estrecha que cualquiera de los demás discípulos. Pero Juan y los demás seguidores de Jesús deseaban y necesitaban mantenerse conectados con él aun después de que regresó al cielo. Necesitaban seguir caminando con él y hablando con él a fin de hacer crecer su amistad con él.
Jesús comprendió esa necesidad cuando hizo su última oración. Entonces oró por el mayor don de todos para sus discípulos y todos los demás creyentes: el don de mantenerse conectados con él. Después de regresar al cielo, envió al Espiritu Santo para hacer que esta conexión fuera posible.
Juan había observado cómo Jesús empleaba una parte considerable de su tiempo en oración hablando con su Padre. Comprendió, después de que Jesús había regresado al cielo, que la oración sería el medio como podría mantenerse en estrecho contacto con su Amigo. Jesús impartió sus enseñanzas espirituales más profundas por medio de Juan.
Juan, al final de su vida, recibió de Jesús los mensajes especiales de Apocalipsis. Jesús pudo confiar esta tarea muy especial únicamente a alguien a quien conocía bien y en quien confiaba. A un amigo íntimo.
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Dios les bendiga!!!
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